En Canarias no estudian los ríos y en Cataluña ignoran a los Reyes Católicos. Un niño de Logroño oye hablar más de California que de Ciudad Real. En Albacete omiten que una vez fueron Murcia. Nadie sabe dónde está Palencia.
La educación no es un cachondeo pero sí un hartazgo de reír que magnifica sucedidos locales y obvia los hitos y gestas del vecino, que es un compatriota que vive a tres acelerones de distancia. Basta contemplar – sin ir más lejos, aquí en casa – los concursos de nuestra inefable televisión, donde abunda, por desgracia, la supina información de los concursantes (y ahí duele) más jóvenes, en contraposición con la destacada sapiencia de los participantes de mayor edad.
¿De quien o de quienes debe ser la culpa? Porque, hay que decirlo todo, los conductores de estos programas necesitan una “tablet” para dar por sentada la veracidad de la respuesta y si ésta es correcta y no está en la “tablet”, (¡señor Ángel Aguiló! ) no existe.
Flaco favor a la cultura hacen esos presentadores poco preparados, a los que – por lo que se vé – sólo les interesa el “show”, la música, el esperpento, camuflado entre halos de cultura. Y, sobre todo, colocarse en “prime time”. ¡Vive Dios!, son los de más audiencia…. ¿¿??
“Los jóvenes no son capaces de atender a las explicaciones de más de cinco minutos”, asevera la educadora y fundadora del portal “Adolescencia positiva”, Diana Al Azem. Es muy difícil memorizar las muchas provincias de Castilla- León y más beneficioso para la élite política de turno incitar a saberse de memoria a los heroecillos locales, más locales por lo general que héroes en sí. El “cabezaratonismo” tiene esas cosa. El nacionalismo adoctrina por los libros de texto, inventa historias, fuerza lo que nos desune y desata y minimiza lo común.
Dice José Maria de Loma que el Gobierno central, el de turno, cede, afloja, mira para otro lado, amaga y los sucesivos ministros o “consellers” de Educación intentan pasar a la historia modificando las siglas de las leyes educativas y el calendario lectivo pero sin meter mano a la desunificación.
La historia también es una ciencia y podría haber unos contenidos comunes que respetaran la rica diversidad y pluralidad de España, que algunos confunden con la legitimidad de enseñar a los chavales que en la Comunidad de al lado se limpian el culo con piedras (y perdonen la expresión). No pocos pedagogos están poniendo el grito en el cielo. Cada uno en el de su comunidad autónoma, claro, barriendo “pa casa”, no vayan a descubrir que existe un cielo común, salvo cuando se gana un Mundial o Eurovisión.
Tergiversar la historia no es patrimonio español, ni catalán añadimos, – no sé si alguien nos entiende -, pero en pocos países existen diecisiete formas y modalidades de hacerlo. No todo está perdido, Europa nos dará una mano en eso de las lenguas vernáculas. El patriotismo sí lo está, es tan admirable como repugnante resulta el patrioterismo. Lo mal que está la situación quizás sea síntoma de lo mayor que viene haciéndose uno, que estudió poco menos que cuando el legislador aún dudaba si meter a Cantabria en Castilla.
Nos importa un carajo por donde pasa el Ebro – un joven estudiante de “ciencias”, no de “letras” (así va la cosa) con énfasis, decía que el río en cuestión desemboca en Portugal -. Y no importa — ¡qué pena! – ya que ahora nuestras vidas no son los ríos que van a parar al mar, y sí lo que acontece o llega por el teléfono móvil. Los libros de texto vienen a veces peor que los panfletos, denuncian algunos. Tampoco es descartable que a veces les falle la comprensión lectora.
