9 mayo 2026

    Un instante de eternidad en Cap Vermell

    Miquel Bestard

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    Por Albán Aubard

    A Noemí Dalmau, que sabe más de la música que acaricia el alma que yo del silencio, va dedicado este canto, casi trágico, de la nada.

    Era un bello domingo de primavera. El azul del cielo tenía ese color imaginario del paraíso: celeste, vaporoso, casi mariano. En ese ambiente, la sala del Cap Vermell se iba llenando poco a poco hasta rozar el lleno. Yo permanecía sentado en la semipenumbra, con la mente cruzada de pensamientos pasajeros, de imágenes efímeras que aparecían y desaparecían sin dejar rastro.

    Entraron entonces, de la mano. Una pareja de ancianos, con un gesto sereno y una tristeza apenas disimulada. Sus ojos, de un azul muy parecido al cielo de Mallorca, parecían buscar algo más que el sol en ese invierno tardío de sus vidas. Miraban hacia delante, hacia un horizonte íntimo que solo ellos podían ver, como si observaran una luz tenue al final de un camino que se apaga. Alemanes, sin duda. Se sentaron cerca de mí y me regalaron una sonrisa amable.

    Comenzó el concierto. El programa incluía la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler, interpretada por un talentoso conjunto de jóvenes músicos. Desde las primeras notas se percibía que estaban habitados por la pasión de la obra, por esa fuerza onírica que la convierte en algo más que música.

    Y llegó el adagio.

    Esa parte que penetra en el alma como una saeta, que roza lo místico, que envuelve y transforma. En ese instante, acudieron a mi memoria imágenes de “Muerte en Venecia”, la película de Visconti. El tiempo pareció detenerse.

    El hombre que estaba a mi lado también lo sintió. Una lágrima recorrió lentamente su mejilla, iluminada por la luz del escenario como si fuera una estrella fugaz. Al darse cuenta de que yo había visto su emoción, me sonrió con una tristeza serena y se secó el rostro. Aquella lágrima fue como una ondina escapada de la fuente de sus recuerdos, una perla salada de un pasado que ya no volverá.

    Nunca había visto a esa pareja. Y probablemente nunca volveré a verla. Pero en ese instante comprendí que formaban parte de mí. Que, sin saberlo, me estaban mostrando un camino: el que conduce a ese lugar del que nadie regresa, ese territorio desconocido que ni siquiera sabemos nombrar.

    Aplausos intensos cerraron la interpretación. Mis vecinos se levantaron, se despidieron con un gesto amable y desaparecieron como sombras silenciosas. Los seguí con la mirada unos instantes. Luego salí.

    Caminaba con la memoria llena de los últimos ecos del adagio, que parecían disolverse en el sol del atardecer. El espíritu —ese pájaro migratorio— se liberó, voló, planeó y acabó perdiéndose en el horizonte, allí donde otros mundos, otras gentes, otros sueños se entrelazan.

    Quizás sean los mismos sueños.

    Fue un hermoso concierto. Un instante en el que el tiempo pareció detenerse. Un breve momento de eternidad. El tiempo del sueño.

    Pasa el tiempo, ese viejo con rostro de niño.

    ¿Era él el que estaba sentado a mi lado? No lo sé.

    Pero me gusta pensar que la música, en algunas de sus obras, es la llave de ciertos misterios. Los de un templo íntimo, invisible y sublime. La morada última. Allí donde reposan los secretos y donde la esperanza duerme en el silencio de las almas.

    Allí donde ya no se escucha nada… salvo el silencio de Euterpe.

    Extracto del libro: “Mallorca: sueños en el azul”

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