22 abril 2026

    Respeto al mar, una vida marcada por el oficio y las vivencias

    Relacionado

    Comparte

    Nicolás Nadal

    El día 27 de marzo fue cuando publiqué en Faxdepera 1.144 mi última colaboración. Después de un paréntesis vacacional, hoy estamos otra vez de vuelta, en contacto con los lectores. Hace más de diez años explicaba cuando mi madre, en el año 1953, sufrió un grave accidente. En aquella ocasión no sabía exactamente cómo catalogarlo. La verdad es que aún no sé si fue un accidente laboral o, en su caso, doméstico. Ella murió a los 86 años, el día 29 de noviembre del año 2000, de muerte natural. En esta edición, si Faxdepera me lo permite, voy a detallar tal y como sucedió.

    Fue una caída que se podría haber evitado, pero no se puede volver atrás en el camino de la vida, nunca hay una segunda oportunidad. “Quant està fet, ja està fet i no hi ha que donar-hi més voltes”.

    Cada mañana, como otras vendedoras de pescado, mi madre subía al núcleo urbano de Capdepera para la venta ambulante. Era el mes de junio, cuando en las casas particulares se acostumbraba a cebar un cerdo para la matanza casera en otoño. Hoy esto está casi en el baúl de los recuerdos.

    El transportista que llevaba el pescado a la Lonja de Palma había acordado con mi madre que dejaría en “Sa Creu”, frente al bar “Ca’n Patilla”, un cajón de “xerret” y uno de “morralla”. Ella, junto con su compañera Eulalia Pastor (e.p.d.), ambas de Cala Rajada, subían a Capdepera a las 06:30 horas con el camión de “Es Terres”, que se dirigía al tren de Artà, conducido por Salvador Marín o l’amo Jaume Barraca.

    Una vez en Capdepera, se disponían a la venta ambulante haciendo sonar una caracola de mar, “un corn”, como reclamo. Era un tiempo de bajo poder adquisitivo. El precio del pescado estaba tasado por el alcalde, y en muchas ocasiones tenían que rebajarlo o incluso cambiarlo por productos del campo: col, patatas… Aun así, costaba sacar el jornal.

    Mi madre, además, preguntaba por habas para engordar un lechón que mi padre había comprado ese mismo mes a l’amo Mateu Orpí (“de na Gambussina”). Al regresar a casa, comparaba precios para comprar lo más económico.

    El día 26 de julio de 1953, tras vender el pescado, fue a buscar un saco que había apalabrado en “Ca l’amo Jaume Barraca”. Le dijeron que estaba en el porche del primer piso y que lo bajara ella misma. Subió, lo arrastró peldaño a peldaño por una escalera sin pasamanos, y al llegar al escalón número 14 erró el pie. Cayó junto al saco, con tan mala fortuna que se rompió el fémur y un brazo.

    Desde allí, en el taxi de l’amo Tomeu “es Choferet”, la trasladaron a la clínica Mare Nostrum de Palma. La clínica de Son Dureta estaba aún en proyecto. La atendió un médico muy joven, Guillem Reynés, y estuvo ingresada cerca de un mes.

    De vuelta a casa, con 13 años, fui yo quien la atendía. Mientras mis amigos iban a nadar, yo hacía recados y me ocupaba de lo que necesitaba. Mi padre era capitán de un arrastrero: pescaba de noche y descansaba de día.

    Años después, en los sesenta, en el Puerto de Pollença ejercía un gran traumatólogo, el doctor Carlos Llopis Peña. Mi madre acudió a él, pero poco se pudo hacer, ya que la rotura del fémur en aquellos tiempos era complicada.

    A los 18 años me embarqué en el pesquero “Águila” junto a mi padre, sin saber nadar, por todo lo vivido anteriormente. Trabajé en distintos arrastreros como el “María Victoria” y el “Francisco”, ambos de “Es Blancus”.

    El 6 de abril de 1959, el arrastrero “Francisco”, en el que estaba enrolado, se hundió por causas que aún hoy, más de 67 años después, se desconocen. Éramos siete tripulantes y, a pesar de no saber nadar, todos nos salvamos sin sufrir ni un rasguño.

    Ese mismo año, con 19 años, hice el servicio militar en Cartagena. Allí obligaban a los marinos a lanzarse al mar atados con una cuerda para aprender a nadar. Un compañero murió ahogado y aquello cambió las normas. También se eliminó la práctica de rapar a los marinos, salvo en casos disciplinarios.

    Durante la instrucción íbamos a playas cercanas y se ofrecía aprender a nadar, pero no se obligaba. Yo no me interesé en aquel momento. Pasaron los años hasta que, en Cala Agulla, por voluntad propia, aprendí a nadar.

    He titulado esta colaboración “Respeto al mar”. Siempre he tenido, no miedo, pero sí un gran respeto al mar. Como se dice, “la mar fa forat i tapa”. El miedo es un gran aliado, una emoción útil que nos alerta ante el peligro, pero hay que saber gestionarlo para que no se convierta en un obstáculo.

    Después dejé la pesca y me enrolé en el ferry “Menorca”, del armador José Alzina Ferragut, tema del que ya he hablado en otras ocasiones. Y aquí no ha pasado nada.

    Nicolás Nadal

    spot_img