9 mayo 2026

    El silencio y los sonidos de lo que fue antes Cala Ratjada

    Nicolás Nadal

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    En anteriores ocasiones me he ocupado de lo que fue Cala Ratjada en otros tiempos. He tratado temas que han transcurrido desde mi infancia, en la década de los años cuarenta, hasta nuestros días, en pleno siglo XXI.

    Cala Ratjada en sí era un remanso de paz, sosiego; todos nos conocíamos en lo que era una aldea. Tratando de la locomoción, en todo el vecindario había como máximo tres o cuatro automóviles, aparte de los camiones de los transportistas del pescado a Palma. Un camión marca Berliet de “Es Blancus”. Únicamente existía un surtidor en la esquina de “Ca’s Bombu”, que abastecía a los escasos vehículos de entonces (aparte del gasoil para la escasa flota pesquera de Cala Ratjada).

    En verano la cosa cambiaba, no mucho por excesos de ruidos. Únicamente había unos pocos vehículos. Era el típico Ford “Tomasín” de Casa March, conducido exclusivamente por “l’amo Jordi”, al que se le podía ver conduciendo el auto y fumando el típico puro “Farias”.

    Hubo otro vehículo propiedad de unos hermanos de Artà conocidos por “es Jussapet’s”, que de jóvenes se fueron a América, hicieron una, llamémosle, “fortuna”. Eran propietarios de toda una manzana, donde hoy está ubicado el edificio Atalaya. Estos hermanos poseían un vehículo y durante los meses de verano pasaban el estío en Cala Ratjada; luego, en otoño, retornaban a la localidad de Artà. El solar era toda una manzana, que fue vendida al industrial de Manacor don Luis Llull (epd), distribuidor de la firma Philips, pero esto es otra historia en la que me extendería demasiado.

    También pasaba los veranos en nuestra localidad don Pedro Moragues, que igualmente era de Artà. No sé si el señor Moragues disponía de vehículo alguno, pero tenía una hermosa embarcación, con una línea de construcción digna de admirar, su nombre era “Nuestra Señora de San Salvador”, folio 501 L 3 PM, en honor a la patrona de Artà. Cuando era varada en la playa de Cala Ratjada era un jolgorio entre los pescadores; hoy el cemento se ha adueñado de aquella emblemática zona. La nave invernaba en un “garaje” y, al regresar el verano y volver la embarcación a la playa de Cala Ratjada, siempre hubo la mano de ayuda para don Pedro, que era un “saco de bondad”, gozando de buenas y sólidas amistades entre la gente marinera.

    Hablando de “Ca’n Moragues”, recuerdo que era un solar con bastante pinar. En primavera se podía notar el canto de un ruiseñor, que debía reclamar una hembra para aparearse. En este solar se construyeron unos apartamentos y las aves, al verse desplazadas de sus hábitats, debieron emigrar hacia otras latitudes, ya que hoy no se pueden percibir los sonidos armoniosos de aquellas aves.

    En los años cincuenta y sesenta, Cala Ratjada disponía solamente de una calle asfaltada: la calle Monjas, por la sencilla razón de que los viajes que efectuaba l’amo “Jordi” con su Ford de Ca’n March, hacia el trayecto desde el palacio al convento de las religiosas franciscanas, eran muy frecuentes, existiendo una gran colaboración. Me viene a la mente una religiosa de nombre Sor Trinidad, que para pedir audiencia y entrar a saludar a la esposa del financiero, primero se tenía que consultar con la mencionada monja. Un vehículo que se hizo bastante popular fue un Citroën, propiedad del doctor don José Balaguer Alonso, con matrícula PM 2629.

    Cala Ratjada era un encanto; como anotaba antes, todos nos conocíamos. Un tanto escuetamente voy a explicar los sonidos que yo podía percibir en mi infancia. Como iba explicando anteriormente, mi madre iba a Capdepera para vender pescado ambulante; desde mi casa a la localidad de Capdepera habrá una distancia de unos tres kilómetros. Para hacer saber que vendía pescado, hacía sonar una caracola de mar, y desde mi casa, con la distancia antes mencionada, podía percibir el sonido de la caracola.

    Por otra parte, en el año 1947, desde la calle Llevamans podía oír el silbato de la locomotora del tren, sobre las doce del mediodía, cuando este llegaba a Artà procedente de Palma. Eran otros tiempos y, como dice el refrán: “renovarse o morir”. Esta es la cuestión.

    Un ruido característico era cuando Argelia era una provincia francesa de ultramar. Navegaban cargueros franceses que hacían el recorrido desde alguna ciudad argelina hacia la metrópoli, en algún puerto francés, o en caso de niebla se oía el sonido de la sirena.

    Por las tardes se podía oír el sonido de algún “sabal·lí” (búho), alguna abubilla o, en su caso, el sonido de algún cuervo y el típico ferrerico. Estos sonidos hoy son imposibles de percibir, ya que la evolución los ha desplazado, ocupando su hábitat y obligándolos a emigrar a otras latitudes.

    Hay mañanas en que acude a mi jardín un mirlo para recoger algunas migas de pan o algo para su alimento. Es un ave protegida que campa por sus propios derechos, sin que nada ni nadie interfiera en su libertad.

    Nicolás Nadal

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