OPINIÓN — Joana Gomila
En un mundo de apariencias y de prejuicios sociales, donde todo parece tener el color del cemento y del asfalto, ha resultado reconfortante el buen regalo que nos ha otorgado la naturaleza, que además de continuar con las buenas costumbres, este año de una manera especial y abundante, nos ha hecho una invitación para salir al exterior de nuestro encierro malhumorado por la escasez de lluvia y la fuerte calor de la canícula a exhalar la blancura de un paisaje singular donde los sembrados clamaban al cielo sedientos de esa fuente del cada día más escaso y, por tanto, preciado líquido que consigue hacer reverdecer campos, campiñas y montes capaces de embargarnos de íntimas inspiraciones.
Era una muchedumbre la que estaba ávida de poder contemplar desde diversas colinas y montículos de la geografía isleña el vestido engalanado de ese blanco cautivador que tiene gusto de eternidad y constituye un bálsamo para el cuerpo y el espíritu. No puede hacerse mejor elogio que saber que existe gente que llega a nuestros lares, a propósito, para recrearse en este espectáculo; se trata de viajeros de lugares fríos que no buscan el “boom” del verano y que vienen ávidos de otras cosas más auténticas.
Blanco, verde, negro o de cualquier color (que para eso todo se despacha), la vida sigue como si fuera un círculo de nunca acabar. En nuestro tejido todo da vueltas y más vueltas, sin pararse, como si fuese una noria. Un año acaba y otro empieza. Se va para regresar a su lugar de partida, aunque en el caso de los humanos no suceda exactamente de esta manera. Con lo que sí suele pasar es con los trabajos del campo, ya que ese es portador de un orden natural y, por tanto, lleva a feliz término su desarrollo en el tiempo apropiado. En el “Libro de los Libros” podemos encontrar que hay un tiempo para reír y otro para llorar, tiempo para nacer y tiempo para morir, pudiendo asimismo añadir que existe una época de siembra y otra de recogida del fruto que nunca deja de corresponderse con la simiente vertida en el terreno.
Bienaventurados quienes, enfrente de las confusiones de nuestra sociedad, son lucecitas que nos hacen vislumbrar una pizca de esperanza. Gente que no se deja arrastrar por partidismos localistas y sabe buscar soluciones a cada problema, aunque sea a través del necesario y encomiable consenso con los opositores. Quiere decirse, buscando el bien por encima de todo. Y a pesar de las deficiencias humanas, todos hemos podido conocer o estamos conociendo algún sembrador de paz. Ha llegado un momento, en especial en la política, que aspirar a eso parece una utopía… No es con frases ni prolongados y tediosos discursos como se tendría que enseñar a futuros regidores de la ciudadanía a ser honestos y trabajadores. Porque es la sinceridad de los hombres aquello que causa impacto en otros hombres, es la fuerza de lo que se vive lo que cuenta. Todo gira alrededor del verdadero valor de la persona, cada una es consciente de su propio ser.
Se nos repite frecuentemente que la voluntad hace milagros, que querer es poder, aunque eso suele creerse cuando la vida nos sonríe. Enfrente de las dificultades fisiológicas que, más o menos, pronto que tarde van llegando, la visión optimista siempre suele cambiar y todo aquello que era de color va cogiendo una panorámica gris. Querer conseguir aquello que creemos que será la llave para proporcionarnos un estado mejor es de pura lógica, puesto que en el fondo de cada uno surgen ansias de felicidad. Y es este impulso lo que hace movernos y proseguir, inventando días de paz y serenidad, a pesar de que la realidad esté impregnada de sombras que eclipsan las ilusiones. Uno se pregunta si ello responde a la frase de “querer es poder”.
No nos damos cuenta y ya somos los más mayores de la familia. Nos sorprende el tono de “Vos” o “Usted” cuando algún joven que todavía conlleva la educación del tratamiento tradicional se acerca a nosotros. Mientras, las mudas piedras contemplan los turnos de gente ostentosa que cree que tiene que comerse el mundo, llena de salud, y que lucha o discute por una silla, un escaño u otros desatinos y vive inconsciente escapando de la realidad, que en todos sitios y para todos es la misma. Y las piedras, callan y escuchan.
Aunque si pusiéramos un poco de tino, nos daríamos cuenta de que cada piedra también tiene su propio lenguaje, ellas hablan con latidos muy especiales, hasta el punto de que parece que nos hacen un guiño. Y de qué manera nos comunican montañas de nombres cargados de mensajes de tiempos pretéritos que desoímos, al igual que las monumentales piedras talayóticas. En aproximadamente 3.500 años, cuando los pobladores de Mallorca eran unos diez mil, se inició la urbanización de la isla y, muy cerca, en “Es Claper dels Gegants”, un poblado de un centenar de personas levantó una especie de complejo residencial amurallado de enorme magnitud. Todo un lujo para la época talayótica. Se empezaban a construir los primeros chalets de Mallorca, un hecho similar a los que también se producían en los cercanos enclaves de Son Servera y Artà.
Con cuánta paciencia y dedicación cuidaban e iban descubriendo, bajo los montículos de piedras —unas ordenadas y otras no tanto— enterradas dentro de esos recintos misteriosos de los yacimientos, los profesores Giovanni Lilliu, Enrico Arzeni, Lourdes Mazaira, como lo va haciendo actualmente con gran entusiasmo Javier Aramburu, de la Universitat de les Illes Balears. La contemplación de estos monumentos arqueológicos nos evoca cómo debía ser la vida de aquellos extraordinarios hombres primitivos, los cuales, ignorando toda clase de comodidades, en medio de aquellas rocas y piedras portadoras de un silencio sepulcral, allí nacieron, vivieron, sufrieron, amaron y murieron.
Así, entre el trinar de los pájaros que habitan los encinares de aquellos parajes insólitos, es fácil sucumbir a las incógnitas que suscitan aquellos entornos que fueron —concretamente el poblado de “Ses Païsses”— fuente de inspiración para el eminente poeta Miquel Costa i Llobera, que desde aquí compuso la leyenda lírica La deixa del geni grec, que reposa impresa en una lápida de nuestras mitológicas cuevas.
Sin duda, el valor de nuestro “Claper dels Gegants” es muy importante para la cultura de Capdepera y su imagen merece ser cuidada en provecho del buen nombre que caracteriza a los gabellins, lo mismo que a los artanencs y serverins. Aquí se alzan las voces de los siglos que piden a los responsables consistoriales una seria toma de conciencia de la necesidad de arreglar con urgencia la mala imagen que ofrece a los visitantes que en verano, especialmente, concurren en “Es Claper” y lo admiran como joya característica de nuestro pasado.



