Nicolás Nadal
El mar marcó mi vida desde muy joven, casi sin darme opción a elegir. Fue en la década de los años cincuenta cuando, a raíz de un accidente en mi familia, me vi obligado a ponerme a trabajar junto a mi padre, Bartolomé Nadal Moll, que por entonces era el patrón del único arrastrero que tenía nuestro puerto de Cala Ratjada.
La embarcación se llamaba Águila, una balandra con distintivo PM 220, equipada con un motor sueco marca LAVAL de 50 caballos de potencia. Tenía 16 metros de eslora, 5 metros de manga y 1,50 de puntal. Un barco sencillo, pero más que suficiente para una época en la que la pesca era muy abundante y el mar parecía no tener límites.
Mi padre fue el primer patrón dedicado a la pesca de arrastre en nuestro puerto. Corría el año 1945, tiempos muy distintos a los actuales. No existía ningún tipo de control ni normativas como las que hoy impone la Comunidad Europea. No se sabía lo que era la veda ni nada por el estilo. El descontrol en el mar era total y absoluto, aunque con el paso del tiempo he llegado a entender que había que ponerle coto. El mar es la despensa de la Tierra y, a este paso, se está agotando.
Salíamos del puerto de Cala Ratjada sobre las cinco de la tarde para faenar al arrastre en fondos no muy profundos, entre el canal de Mallorca y Menorca. Había señas que hoy son irrepetibles, como aquella de “Es Faro de Capdepera, per Es Coll d’es Vidrier”. A las tres de la madrugada ya estábamos de vuelta en puerto, después de haber agotado los cien cajones que llevábamos a bordo. La pesca era, sobre todo, “caramel” y “gerret”, además de algo de pescado de roca, aunque este último siempre fue más escaso.
He de reconocer que el trabajo en la pesca nunca fue de mi gusto. El balanceo constante de la embarcación me producía mareos, pero no quedaba otra que hacer frente a las adversidades que se presentaban, fueran de la índole que fueran. Como bien dijo Basilio Otero, patrón y armador con más de veinticinco años de experiencia: “El mar no solo nos da trabajo, el mar nos enseña quiénes somos”.
En los años cincuenta y sesenta, las redes eran de hilo, de algodón, para entendernos. Mi padre tenía un miedo atroz a los delfines. Tras una corrida de arrastre, que solía durar alrededor de una hora y media, al izar la red a bordo nos encontrábamos muchas veces con que había sido abierta de arriba abajo. Tanto pescado como entraba en la red, los delfines hacían de las suyas mientras arrastrábamos.
No sé cómo se las apañó mi padre para conseguir cartuchos de dinamita con la intención de espantar a los delfines en el momento de sacar la red. La verdad es que poco efecto les hacían aquellos petardos, ya que los animales se saciaban con lo que entraba en la red mientras se arrastraba.
Con el paso de los años llegaron otras embarcaciones al puerto. Entre ellas, Es Rafelet, que por ser propiedad de unas familias “xuetes” de Artà fue bautizada con el mote de “la sinagoga”. También apareció el bou Francisco, con folio BA 1964, conocido como “El Tercio”, que acabaría hundiéndose en Son Xerra el lunes 6 de abril de 1959. Todas estas embarcaciones se dedicaron a la pesca de arrastre y observaban atentamente dónde pescaba el Águila para seguirla después.
El proceder de mi padre no siempre fue del todo correcto. Tenía por costumbre pescar con las luces de situación del bou apagadas para no ser visto por los demás arrastreros. Solo las encendía cuando se aproximaba algún pailebote que hacía la travesía de Argel a Marsella, mostrando la luz verde a estribor y la roja a babor para evitar un abordaje. Precisamente uno de estos pailebotes franceses presentó una reclamación ante la Comandancia de Marina, denunciando que encender las luces únicamente ante su proximidad no era lo más correcto. A raíz de este episodio, mi padre fue amonestado por pescar en el canal de Mallorca-Menorca con las luces apagadas.
Este tipo de pesca cambió radicalmente con el descubrimiento de la pesca de la gamba a mucha más profundidad, unas 400 brazas. También cambió el tipo de red: si antes eran de hilo, hoy son de plástico, como el corline y sus derivados. A los delfines este material les da dentera y ya no les resulta tan fácil abrir la red, ni tampoco se atreven a bajar a esas profundidades.
Mallorca se asienta sobre un talud y es muy fácil aumentar la profundidad en pocos metros. Incluso en el Mediterráneo hay zonas que alcanzan los 4.000 metros de profundidad. Una muestra más de la inmensidad y el respeto que siempre me ha inspirado el mar.


