16 marzo 2026

    Atendiendo a un general

    Nicolás Nadal

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    Un excelente y humilde personaje

    En el número 1.127 del semanario Faxdepera, fechado el 7 de noviembre, ya relaté una situación cuanto menos curiosa que viví con el general Fulgencio Coll Bucher, a quien traté de tú sin saber quién era, del mismo modo que él hizo conmigo. En aquel mismo texto también hacía referencia a haber atendido, en el ejercicio de mi trabajo, a la entonces presidenta del Consell de Mallorca, Maria Antònia Munar.

    En esta ocasión quiero ocuparme de otro personaje de igual rango —todo un general— que pasaba sus vacaciones en nuestra localidad. Por motivos que no vienen al caso, y por el respeto que siempre me ha merecido, silenciaré su nombre. Fue una persona muy popular en Cala Rajada, especialmente entre los marineros del puerto. En sus paseos cotidianos solía detenerse a charlar con algún calarrajader o con los remendadores de redes, interesándose por cómo iba la pesca, haciendo compañía o entablando conversaciones espontáneas con la gente humilde del pueblo.

    El episodio que me atañe personalmente es digno de ser contado, no tanto por la anécdota en sí, sino por la gracia y el tono humano que tuvo aquel breve diálogo entre ambos.

    Como decía, silenciaré su nombre y su cargo, pero aquel honorable paisano entró una mañana en la única expendeduría de tabacos de Cala Rajada, que por entonces yo regentaba. Con él había tenido poca relación directa, aunque sí conocía a algunos de sus hijos, que pasaban los veranos en nuestra localidad.

    Nada más entrar, me dijo con toda naturalidad:
    —Buenos días, venía a que me vendiera un bolígrafo.

    Conociendo quién era, le mostré una colección de bolígrafos Parker, de buena calidad y reconocido prestigio. El cliente los observó con calma, eligió uno y me preguntó:
    —¿Este qué precio tiene?

    —Este vale 450 pesetas —le respondí.

    Con una sonrisa y mucho ingenio, me replicó:
    —¿Qué tiene, música?

    Siguiendo su tono parsimonioso, le expliqué que no tenía música, pero que era de una marca inglesa muy acreditada y refinada. Mientras tanto, yo disponía también de varios bolígrafos publicitarios de marcas de tabaco, tanto nacionales como de otros países. Finalmente, saqué dos de estos bolígrafos y le dije:
    —Si usted quiere, mi general, olvídese de estos bolígrafos tan caros. Yo le regalo estos dos, que escriben igual de bien que cualquiera de los que le he enseñado, y se acaba la historia. Y si se les agota la tinta, no se preocupe: vuelve y le regalo dos más.

    El cliente los aceptó sorprendido y me respondió:
    —¿Estos escriben de verdad? No llego a comprender que yo venga a buscar un bolígrafo y tú me regales dos. Y si se agotan, me regalarás dos más. Esto no es ser un buen comerciante… Si tienes muchos clientes como yo, mal te irá el negocio, muchacho.

    Y dicho esto, se marchó tan contento con su obsequio.

    Pequeñas escenas como esta, sencillas y cotidianas, retratan mejor que cualquier currículum la grandeza de ciertas personas: la humildad, la cercanía y la capacidad de tratar de igual a igual a cualquiera, independientemente de cargos, rangos o uniformes.

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