14 marzo 2026

    Hechos ocurridos en mi vivencia

    Nicolás Nadal

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    Nicolás Nadal

    El leer y el escribir no consiste en cumplir conocimientos, sino en desarrollar el cerebro como un músculo, y entrenarlo para estas necesidades, que ayudan a comprender lo que se lee o, en su caso, se escribe.
    Lo que yo haya podido leer o, en su caso, redactar —principalmente los textos— no sigue un orden cronológico, ya que me amoldo a las funciones de unos hechos ocurridos en mi vida laboral.

    Lo que voy a relatar empezó en la década de los años ochenta, cuando yo era el Jefe de Ventas de la única expendeduría de tabacos de Cala Rajada. Por aquellos tiempos, recibí una circular que prohibía la venta a los menores de 16 años. Esta orden se volvió muy rígida con el paso de los años, hasta acabar por prohibir el fumar en espacios cerrados.

    Dejando esto aparte, una tarde entraron en la expendeduría unos jóvenes, a los que les hice saber que, si querían artículos de papelería, a unos cien metros había un comercio destinado a estos efectos. Por tal motivo, invité a estos jóvenes a que salieran del establecimiento y, haciendo caso a mi aviso, sin objeción alguna, salieron del local.

    Pasaron los años, y uno de estos jóvenes (omitiré su nombre para evitar malos entendidos) vino a la expendeduría con una bicicleta, para la adquisición de una hoja de sellos destinada a la venta de postales en la recepción del hotel donde trabajaba. Le atendí sin recordar en absoluto lo que había sucedido años atrás.
    El muchacho, que ya no era tan joven, cogió los sellos y se los puso en el bolsillo trasero del pantalón. Se nota que, de vuelta al hotel, pedaleando, los sellos se le salieron del bolsillo sin que él se enterara. Al cabo de una hora, más o menos, regresó a la expendeduría para pedirme que le devolviera los sellos que, según él, se había olvidado.
    Yo, con buenas palabras, le di a entender que los había depositado en el bolsillo trasero del pantalón y que, sin darse cuenta, se le habían caído. El muchacho se exclamó diciéndome que, a pesar de que ganaba poco, se lo descontarían del sueldo. La cuestión es que se fue.

    Pasaron los años. Yo fui expulsado de la expendeduría, pero, al conocer tres idiomas (francés, inglés y alemán), no tuve dificultad en encontrar trabajo. Pasé a la recepción de un hotel en la zona de Canyamel, siendo el director don Bartolomé Massanet Carrió. Sin embargo, mi relación con el Jefe de Recepción no acababa de cuadrar y no iba acorde con mi forma de trabajar.
    Ese jefe era aquel muchacho que años atrás había invitado a salir de la expendeduría y con quien había tenido el percance de la hoja de sellos.

    En una ocasión, y para poner los puntos sobre las íes, me ordenó un trabajo que no me correspondía, y lo hice adrede para que me llamara la atención. El trabajo en sí consistía en trasladar las maletas de unos clientes que tenían su salida a una hora distinta y depositarlas en un cuarto destinado a tal efecto (sabido es que a las 12 del mediodía, el cliente con salida posterior a esa hora debe abandonar la habitación. Esto es una ley internacional).

    El Jefe de Recepción me llamó la atención con un vocabulario poco usual, pero yo, “ni corto ni perezoso”, le contesté:
    —No es desobediente el que tiene que obedecer, si quien manda sabe mandar.

    El director Massanet se jubiló, y vino a suplirle un muchacho muy joven que vivía en Porto Cristo, recién salido de la Escuela de Hostelería. Le hicieron la vida imposible y, ante estas circunstancias, optó por marcharse a dirigir un hotel en Sa Coma.
    Ante estos hechos, el que fuera el Jefe de Recepción pasó a ser el nuevo director y, llegado mi tiempo, yo me jubilé.

    Desde esta “historia” ya han pasado muchos años, y opté por colaborar con el semanario Faxdepera, hasta la fecha.

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