14 marzo 2026

    VIAJE DE UN TRONCO HACIA LA LIBERTAD

    Llorenç Tous Massanet

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    Llorenç Tous Massanet

    Era un tronco oscuro, desnudo, sin forma concreta. Ya no servía para nada más que para echar al fuego. Pero se encontraba en una playa, sobre la arena. Alguna tempestad, aliada del torrente, lo había precipitado hasta allí. No tenía su tierra vital, ni posibilidad alguna de volver a la vida. Estorbaba a los que pasaban por la playa e impedía que las olas y la espuma la mojasen. Era un trasto inútil.

    Todo empezó por las olas que venían del mar. Estas comenzaron por envolverle de espuma blanca. Hacía tanto tiempo que no habían topado con algo tan raro, tan impropio del mar… Así, las olas se encariñaron con aquel madero y decidieron llevárselo con ellas a su regreso.

    Ante todo había que socavarlo y robarlo a la arena que se lo había apropiado. Por cierto, sin derecho alguno, porque no teniendo tierra, la arena de la playa sólo podía acompañarlo en su muerte, como un sepulcro contiene un cadáver. Pero llevaba allí años, metido, y la playa ya lo consideraba como parte de su propiedad en aquel lugar.

    Las olas iniciaron un largo debate con la arena. Les llevó tiempo. Las olas rodeaban el madero, lo abrazaban hasta cubrirlo, unas veces con suavidad y mansedumbre, otras con ímpetu furioso. Siempre le cantaban la misma canción. Le hablaban de alta mar; de la libertad de una ola en el océano cuando nadie la ve ni la escucha y ella se mece a merced de los vientos; de la belleza de las constelaciones del otro hemisferio de donde ellas procedían; del gusto con que ellas se habían cansado tanto y morían ahora en la arena, con tal de poder comunicarle este mensaje de vida nueva. Le explicaban también lo que pasa en el fondo del mar, donde no llega la luz del sol porque los peces y las plantas no la necesitan. Incluso le dijeron de otra playa, que se encontraba al otro lado del viaje, donde podría desembarcar, crecer y dar fruto.

    No era fácil convencer al madero. Porque éste solo entendía de tierras, montes y leñadores. No comprendía el lenguaje del mar ni de sus olas. Ignoraba la posibilidad de otra vida y amaba a la playa que le había acogido en su vejez, al llegar tan maltrecho de las iras del torrente. Así le había evitado volverse cenizas en manos del fuego. Pero las olas amaban aquel tronco y no cesaban en su trabajo lento y constante de desarraigo.

    Hasta que un día llegó la última ola de la empresa y lo levantó a flote todo entero. Esta contenía un ímpetu especial, como una cierta rabia impaciente. Era el punto final de una primera etapa. Aquella ola recogía los frutos de muchas otras que también habían dicho al madero que el mar le amaba y le quería para sí.

    Así, de golpe, el tronco se sintió flotar y revolverse sobre el agua. Sintió el mareo y los vómitos de una inestabilidad profunda. Él no había oído nada del mensaje de las olas. No tenía oídos. Yacía en la playa. Ahora sentía como si le hubiesen resucitado, pero para sentir más la muerte y la violencia. Protesta y se queja, pero no sabe contra quién. Contra todos, comenzando por la arena de la playa que le ha sido infiel, y contra todo el mar, que lo ha robado.

    Entre tanto, las olas danzan solemnemente en torno a su presa codiciada. Todas quieren asirlo para la danza de la victoria. Se acercan los peces para besarlo, las algas oscilan para saludarle y le sueltan palabras de envidia. Por ellas, el tronco empieza a descubrir el enigma, porque al fin son vegetales como él y hablan la misma lengua. Estas algas humildes, pobres y ocultas acaban de darle la clave de todo lo ocurrido.

    El tronco ya está flotando con más estabilidad sobre el mar y comienza a pensar, atando cabos. Antes de ser entregado a las violentas injusticias del torrente, un fuego maligno había querido comérselo reduciéndolo a cenizas. Una lluvia oportuna le salvó de una muerte total. Cuando creía estar ya a salvo del fuego devorador, se sintió arrastrado entre barro y piedras corriendo por cascadas y precipicios. Este viaje accidentado duró años, con interrupciones esclavizantes entre la avaricia de las zarzas. Por fin llegó a la playa y se dejó acunar por ella. Se enamoró de su paz y se casó con ella; de aquella unión no surgió vida, sino esterilidad y frío silencio. Alguna vez vio pasar las barcas y reconoció en su madera la fisonomía de otros hermanos suyos y sintió envidia. Al menos se movían y tenían compañía, eran útiles para algo.

    Ahora el tronco no siente envidia por nadie porque se siente barca y estrena la libertad. El mar es suyo, sabe que le ama y le espera siempre. Nunca podrían separarse, quiere recorrerlo todo, las olas le llevarán siempre. No quiere volver la vista atrás, jamás, hacia la playa que ha dejado.

    Escucha una canción que le nace dentro, es el canto de los mares. Como si fuera el eco de una caracola transparente. Su corazón nace a una nueva vida. Ama a las olas, no sabe cómo agradecerles tanto amor. El mar es su vida ya para siempre, su libertad y su gozo infinito, sintiéndolo todo como suyo. La danza de las olas le ha penetrado en el corazón, baila sobre las olas, no sabe estar de otro modo. Lo que al principio era vértigo y susto ahora es un estado de felicidad posible sin límites. Perder el rumbo, quedar a merced del viento, que es espíritu. Confiar y dilatarse. Ignorarlo todo, menos el mar, que es Dios que abraza toda la tierra.

    En su camino hacia la libertad, el tronco se detiene ante esta roca solemne y alta, que preside la historia de un pueblo desde el trono de su soledad. Es firme por una palabra de Dios: “Tú eres piedra…” y así quedó y así será, para siempre, inconmovible, sin necesidad de ayuda ni de compañía, sirviendo de meta y de rumbo como una estrella caída al mar. Desde su presidencia, contempla la tierra, la orilla, las barcas, las gaviotas. Nada le inmuta, navega desde hace siglos. Es la piedra más oriental de Mallorca, la primera que saluda el sol cuando se asoma desde el mar. Desde ella, un mensaje de luz y de vida recorre la isla; ha nacido el día.

    Preside la historia de un pueblo y le da su nombre: Cap de Pera.

    El tronco da gracias al Mar, que es Dios, e inicia con él su diálogo libre e imperturbable.

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