12 febrero 2026

    Sobre defensores de animales y cosas por ese estilo

    OPINIÓN. Pep Maria Moll

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    A mí suelen caerme bien los defensores de los animales, y  comparto con buena parte de ellos la idea de que casi todas las bestezuelas son, a menudo, más dignas de salvación que muchos de los seres humanos que vamos por ahí marcando paquete.  

    He hecho mío aquello que dice un amigo escritor de que cuanto más conoce a la humanidad más quiere a su perro. Él dice tener la absoluta certeza de que si la especie humana se extinguiera sobre la tierra y sólo quedaran animales, ésta seguiría girando sobre sí misma como si tal cosa, con vida a bordo, más feliz y sin problemas, durante una buena porción de siglos.

    Hablando en una tertulia de compañeros  a los que se les quema la sangre contemplando la barbarie de mozos borrachos que, en una becerrá, torturan una vaquilla o a una cabra, con pretexto de la tradición y de la fiesta, o que apuestan organizando peleas de perros o gallos. Detestan, dicen, a quien dispara sobre un animal indefenso con motivo de su propio divertimento o dejando al animal semi-herido. Ellos, los compañeros de tertulia en el bar de enfrente, sin embargo, aseguran gustarles mucho las corridas de toros, no ven con malos ojos que el morlaco empitone, de vez en cuando, a un torero, porque tales son las reglas del juego; y los toros traen muerte en los cuernos, pero también gloria, cortijos y fotos en “Diez Minutos”. Y si no, de qué.

    Lo que pasa es que todo tiene un límite – explica el amigo escritor – . Uno de ellos es ese punto, no siempre bien definido socialmente, donde empieza a deletrearse la palabra “estupidez”. Dice que, quizás, por ello no le quitó mucho el sueño, le provocó más bien la risa, aquel episodio de hace un par de años, cuando una “guiri”, defensora de los animales, que protestaba contra las corridas de toros en España, se fue a un encierro con una pancarta, se plantó delante de toro y se puso a acariciarlo: bonito, chiquirritín.. y, el marrajo, tras alucinar unos segundos con la prójima, la puso mirando a Triana de una cornà.  Debía haber visto muchos dibujos animados, la señora.

    Yo creía que ése era el límite, pero resulta que no. Que, el otro día, pongo la radio y me sale la presidenta de una asociación española de defensa de animales protestando, muy seria, sobre el hecho de que a lo cerdos se les cuelgue de las patas traseras y se los degüelle en las matanzas tradicionales de los pueblos. ”Es necesario – afirmaba convencida la antedicha – que se haga algo para frenar esa barbarie y esa crueldad. El cerdo debe anestesiarse previamente o aturdirse  mediante electrocución, para ahorrarle la penosa agonía…, las morcillas, la sobrasada, la longaniza, van a saber lo mismo al paladar”.

    ¿Por qué no hacer feliz al cerdo, dulcificándole el sacrificio?, me preguntaba a mí mismo.  Propongo se le dé una última cena – al cerdo, digo – a base de bellota selecta, retozando después con una cerda “pata negra” . 

    Y así feliz como un pajarito, con la conciencia tranquila de que pasará el animal a otras latitudes con la sonrisa en los labios, el matarife procederá a degollarlo con toda delicadeza.

    Puede ser éste un método que conforme a los defensores de los animales, que bien seguro – salvo algún vegetariano mordaz , que deguste tocino ecológico – prueban las morcillas, se ponen hasta arriba de gorrino y de buen vinillo y así apagan los remordimientos que no les dejan dormir. 

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