12 febrero 2026

    Según el testimonio de un matrimonio amigo… ¿Tengo un hijo «hacker»?

    Maria Juan Funtilla

    Relacionado

    Comparte

    Me pide, mi amiga Laura – no tanto, su marido – que la escuche y que, si lo deseo, convierta en artículo todo cuánto ella me cuente. Son muchos años de confianza mutua y no puedo sustraerme a escucharla y atender su petición: __” El término técnico es “hacker”, algo intraducible al castellano, aunque a él, a mi hijo, le trae sin cuidado que se traduzca o no”.

    El vástago de Laura tiene 16 años y lleva fatal los estudios, aunque no es un chico conflictivo. No lo es, al menos, en el sentido convencional. Resulta tranquilo y retraído, casi tímido, con su aire absorto, distante. Lejos de ser un prodigio de simpatía, se relaciona poco,  no sale con amigos ni con chicas y pasa la mayor parte de su tiempo libre encerrado en su habitación: un televisor portátil, cajas de disquetes, libros, herramientas y manuales de informática. Presidiendo el panorama, un ordenador PC de esos muy potentes, con modem telefónico e impresora. 

    Según cuentan sus preocupados padres, desde que le regalaron su primer PC, hace 4 años, ahorra como un avaro para modernizar el equipo, que completa con los últimos avances técnicos. Su sueño, ahora, es un 486. Ignoro por completo qué diablos es semejante artilugio – comenta su madre, y su padre lo ignora también– pero por la expresión que el chico pone al referirse a él, su forma de entornar los ojos y esbozar una media sonrisa, de esas que no llegan a definirse del todo, íntimas y frías, eso del 486 tiene que ser una pasada…

    Duerme poco, 4 o 5 horas al día, nutriéndose durante sus largas veladas nocturnas de Coca-Cola y algo parecido a aspirinas. Cuando baja la escalera y se relaciona con el resto de su familia lo hace entre nieblas, como desde el interior de una nube. Al filo de la madrugada, cuando los otros duermen, él teclea inclinado en el tablero de su ordenador, en silencio, viajando a través de la línea telefónica conectada a éste. Se mueve como Pedro por su casa, entrando en las centrales de teléfonos, a través de las líneas internacionales por las que se introduce de modo subrepticio, pirata, falseando impulsos para que le salgan las llamadas gratis, rebotándolas de una ciudad a otra de distintos países, vía satélite. Por la inmensa tela de araña que constituyen los sistemas informáticos entrelazados a las redes de comunicaciones internacionales, ese chico de 16 años viaja con una audacia increíble, que nadie que conozca la pinta que tiene podría imaginarle nunca.

    Deberían observarlo. Todo eso lo hace por puro placer, por la emoción del juego, por rizar el rizo, desafiándose a sí mismo en un más difícil todavía. Pero a él solamente le interesa mirar, quizás sea demasiado joven. Se limita a ser un turista fascinado, un pirata informático inofensivo y misántropo. A veces, a esa hora de la madrugada, cuando el silencio es absoluto, perfecto, se cruza en el curso de sus viajes con hermanos de culto, con camaradas lejanos que deambulan, como él, por los fríos caminos de las líneas telefónicas y las comunicaciones por satélite. Fantasmas que solo se materializan bajo la forma de impulsos electrónicos, y con quienes su único contacto consiste en unas palabras escritas en la pantalla del ordenador, en breves diálogos, a menudo llenos de referencias técnicas. 

    Gente entre las sombras que cabalgan la soledad y descienden al abismo de la noche informática en busca de un sueño, de una confusa quimera, recreando y acercándose a sí mismos con ese mundo virtual donde pueden instalarse, en pocos segundos, pulsando las teclas de un ordenador. Futuros adictos, quienes todavía no lo son, yonquis de la informática… 

    Después, al alba, nuestro joven protagonista – nuestro hijo – se frota los ojos enrojecidos, y tras beber el último sorbo de Coca-Cola apagará el ordenador con la presión del dedo índice. Y se va a dormir sin franquear el umbral difuso del sueño real y del mundo soñado, donde se mueve como a cámara lenta, amortiguados los sonidos del exterior.  Extranjero de 16 años, ajeno a cuanto no sea esa leyenda tejida por él y para sí mismo, ese mundo hecho a medida, cierto y ficticio al mismo tiempo, donde es único dueño de su destino y allí vive la aventura que le interesa, la única aventura posible en su edad y su tiempo.

     __” Y ya de día, cuando acudo a despertarlo para el colegio, debo permanecer inmóvil e inquieta, unos segundos, junto a su cama, con indefinible angustia, preguntándome en qué nos hemos equivocado”.

    Pobre, triste y terrible héroe solitario. Observando su rostro, el de ese extraño a quien ya le costará conseguir reconocer…

    spot_img