13 febrero 2026

    Renovarse o sucumbir: La odisea del local VIVA en Canyamel

    NICOLÁS NADAL

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    En esta edición, exploramos la historia de un icónico local en la zona de Canyamel, que durante años fue un referente social y cultural. Entre 1995 y 2015, el local VIVA fue un vibrante punto de encuentro, atrayendo tanto a jóvenes como a veraneantes de la región. Hoy, rememoramos su apogeo y su declive a través de una experiencia personal vivida en sus años de gloria.

    En julio de 2010, Nicolás Nadal, jefe de recepción de un hotel cercano, decidió visitar el local VIVA. Era una noche tranquila en el hotel, con todos los clientes en sus habitaciones y sin pendientes urgentes hasta la madrugada. Aprovechando un momento de calma, Nicolás se dirigió al VIVA, un lugar en auge que siempre estaba abarrotado de gente.

    Al llegar, Nicolás notó la presencia del hijo del director del hotel, quien estaba allí con su esposa. La sorpresa fue mutua, ya que el joven se extrañó de ver a Nicolás fuera de su puesto de trabajo. Después de un breve tiempo en el local, el hijo del director se retiró, pero no sin antes orquestar una travesura.

    De vuelta a su casa, situada a unos veinte metros del hotel, el joven decidió demostrar que Nicolás no estaba en su puesto de trabajo. Con astucia, se llevó una estatua de la recepción, obra del famoso escultor de Artá, Pere Pujol. Nicolás, tras unos diez minutos en el VIVA, regresó a su puesto sin notar la ausencia de la estatua.

    Al día siguiente, al iniciar su turno nocturno, Nicolás fue convocado al despacho del director del hotel. Con cortesía, el director le preguntó dónde había estado a las 02:30 de la madrugada. Nicolás explicó que había ido al VIVA a estirar las piernas, sin mayor detalle. Fue entonces cuando el director le informó sobre la “desaparición” de la estatua.

    Nicolás, manteniendo su integridad, explicó lo sucedido: la estatua no había sido robada. En realidad, el hijo del director la había llevado a su domicilio para evidenciar que Nicolás no estaba en su puesto de trabajo. La sinceridad de Nicolás quedó clara cuando explicó al director que nadie había robado nada, y que todo era una simple travesura.

    El local VIVA continuó siendo un centro de atención hasta que las ordenanzas locales impusieron un límite a la música y al ruido, debiendo cesar a medianoche. Esta restricción, en una zona residencial conocida por su tranquilidad, contribuyó al declive del local. Eventualmente, VIVA cerró sus puertas, quedando prácticamente abandonado.

    Así concluye la historia del local VIVA, un lugar que una vez vibró con vida y energía, pero que no pudo adaptarse a las cambiantes normas y expectativas de su entorno. Una historia de auge y caída, contada con sinceridad por Nicolás Nadal, testigo directo de su apogeo y declive.

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