Nicolás Nadal
Fue en la década de los sesenta, concretamente en 1963, cuando realicé mi primer viaje a tierras germanas. En aquella ocasión acompañaba de vuelta a España a una familiar, y el recorrido incluyó varias ciudades del sur, especialmente en Baviera. Desde entonces, no sabría precisar cuántas veces he regresado a Alemania, ya que allí reside, desde 1959, una hermana de mi esposa con su marido, lo que ha convertido mis visitas en algo frecuente a lo largo de los años.
En aquellos primeros viajes descubrí el valor de una etiqueta que en aquel tiempo tenía un prestigio incuestionable: el “Made in Germany”. Cualquier artículo que llevara impreso ese sello era sinónimo de calidad, de renombre y de fiabilidad universal. Un ejemplo lo viví en primera persona: a mi regreso adquirí un magnetófono de la marca Löwe Opta, cuyos resultados fueron más que óptimos para mis necesidades.
Con el paso de los años aquel aparato quedó desfasado, y decidí sustituirlo por un nuevo modelo, esta vez de la firma Grundig. Era un soberbio reproductor y grabador estereofónico, dotado de tres sistemas de velocidad —4,75 cm/s, 9,5 cm/s y 19 cm/s— que representaba lo mejor de la tecnología alemana de la época. En aquel momento, el prestigio de la industria germana estaba fuera de toda duda, y quienes apreciábamos la calidad técnica sabíamos reconocerlo.
Hoy el mercado ha cambiado. La aparición de marcas japonesas en décadas posteriores y, más recientemente, la irrupción de productos asiáticos de precios muy competitivos han ido desplazando aquel prestigio que un día tuvo Alemania. No pretendo hacer publicidad de ninguna marca, pero basta con observar la versatilidad de un teléfono móvil actual: cámara fotográfica, reproductor de música, lector QR, sistema de pago y, además, teléfono. Todo en un solo dispositivo, algo inimaginable en aquellos años sesenta.
No quiero decir con ello que el emblema “Made in Germany” haya perdido por completo su valor, porque sigue siendo garantía de calidad en muchos sectores. Sin embargo, la realidad es que ya no ocupa el lugar de supremacía que tuvo en décadas anteriores, cuando el sello alemán era referente mundial indiscutible.
