En el Bar de “El Recreo”, o Casino del pueblo, se solían reunir casi todo el año — exceptuando los calurosos días del estío– algunas de las personas con más relevancia de la Villa. Estos solían ser, principalmente, las llamadas autoridades: El Alcalde, el Secretario del Ilustrísimo Ayuntamiento, el médico, el maestro, el telegrafista, el farmacéutico, algún acreditado comerciante o empresario y, de vez en cuando, un Hijo Ilustre del pueblo, que se dejaba caer por allí.
A veces, al igual que el cura, acudía el Sargento de la Guardia Civil…, los cuales no solían ser muy asiduos a las reuniones. El primero para no aguantar chistes algo subidos de tono, y el otro para hacerse respetar y guardar las distancias que requería su egregio cargo. Es decir: que no siempre estaban al completo las tertulias, pues no eran todos los que estaban, el día anterior, ni estaban todos lo que eran, en el día de hoy, (con perdón).
En los meses de verano, debido al calor, preferían sentarse, algunos de ellos, en la Plaza de l’Orient, y en las sillas del Café que ostenta el nombre de dicha plaza. En las reuniones solía hablarse de política, sucesos locales — que solían ser pocos – anécdotas y recuerdos. O se dilucidaban temas, o proyectos del Municipio. En fin, tertulias como otras cualesquiera, pero que servían, por lo general, para tomar el pulso al pueblo, sopesar las opiniones, y los pareceres, de sus más preclaros representantes. O bien explayarse con los recuerdos de otros tiempos que siempre, suele decirse, fueron mejores.

También era una buena ocasión para criticar a los no presentes. Era este un caso aplicable al Sargento, por poner un ejemplo… Don Basilio Corralete era el Comandante del Puesto desde hacía muchos años. Su respetabilidad era debida a su probada rectitud y bonhomía, virtudes ambas a las que había que añadir el gran cuidado que dispensaba al enorme bigote que lucía, todo orgulloso, bajo su aguileña nariz. Ese bigote, unido a la gravedad de su porte, y la parquedad de su habla, evitaba el trato asiduo, o excesivas confianzas, con las gentes del pueblo; estas características le ayudaban a mantener, en alto grado, su autoridad. Las pocas veces que venía a la reunión y hablaba, lo hacía con mesura, reposadamente, y mirando fijo a su interlocutor.
El Sargento tenía un ojo de cristal. Un día, a uno de la tertulia, un tal Binimelis, se le ocurrió decir que tenía un ojo muy clínico, debido a un caso, un robo cometido en la Villa, que el funcionario había investigado, y resuelto. El Comandante de Puesto en cuestión, al que le sonó a indirecta lo del ojo clínico, miró de tal manera a Binimelis, con el ojo sano, que dicho sujeto jamás volvió a alabarle, ni el uno, ni el otro… Aquella era una más de las anécdotas que podían contarse siempre que Don Basilio estuviera ausente…

Por lo demás era un círculo, casi cerrado, al que algún curioso se podía acercar, siempre que fuera prudente, se mantuviera a cierta distancia, y que tuviera la boca cerrada. Cualidades éstas que, por cierto, tampoco concurrían en don Jorge Prubí i Camps, que en sus tiempos de ocio solía dedicarse a la pesca submarina y, las más de las veces, a criticar a sus vecinos, en el pueblo, con los que convivía y de los que vivía, ya que tenía montado un negocio en el centro de la Villa. También era aficionado a la espeleología, coleccionando todo aquello que pudiera tener cierto valor documental: piedras raras, fósiles, e incluso estatuillas, o figuras de metal, por lo general bronces de las épocas romanas, fenicias o púnicas, que solía hallar en sus excavaciones. Presidía su botica un cuadro-dibujo sobre Don Quijote y Sancho Panza.
Aunque para cualquier remiendo, don Jorge, era un “manitas”. He podido localizar, de 1956, una fotografía de un “diskette” musical al que, la mayoría de las veces, se le atrancaba la cinta en el gramófono o “pick-up” y tenía que volverse a montar. Dicha foto me recordaba la de veces que el señor Prubí, con sólo un lápiz o bolígrafo, conseguía retornar a su posición original la cinta abigarrada del interior y como bien reza la foto en cuestión: __”Nunca nuestros hijos sabrán la relación entre los dos objetos que en la imagen se ven… “ Pero, ahora ya sí, si me leen. El señor Prubí visitaba, a diario a la madona Sebastiana que regentaba, frente a su botica, una tienducha de “queviures”, de la que sacaba alguna tajada extra a granel ( como se despachaban en aquellos tiempos los comestibles) envuelto en papel de estraza…
A Jorge, el sufrido pueblo le concedió hasta el tratamiento de “don” pero sus representantes, los más representativos, le negaban, en aquellas reuniones, hasta el “don de la palabra”. Se convirtió, pues, y de mala gana, en un puro y pasivo espectador, u oyente, que no tenía ni voz ni voto entre tan distinguida gente. Su esfuerzo, empero, no dejaba de ser altamente meritorio pues en otros ambientes — fuera de aquel selecto, preclaro, predilecto, y reducido grupo — era un insufrible bocazas que no hacía más que despotricar del pueblo que le daba de comer y que tuvo la gentileza de admitirlo en su seno; y de concederle, aun siendo un foráneo, y casi un desconocido, el muy noble tratamiento de señor, y con “don” incluido, sin que, para esto último, tuviese que intervenir, para nada, el boticario.
Lo cual era toda una palpable muestra de la hospitalidad y generosidad del pueblo mallorquín y, también, de la corta amplitud de miras de algunos de sus regidores.

