El pailebote “San Bartolomé”
“La Palmera” siguió su marcha. Se compró un barco-pailebote, el “San Bartolomé”. Se pagó por él 8.000 duros (casi el doble de su valor), porque entonces los barcos de vela se encontraban en su agonía, acosados por el buque impulsado a máquina y por cuatro chavos se podía adquirir un velero, sobre todo de porte como el “San Bartolomé”, que no cargaba más allá de 60 toneladas, y cuya clase de buques no sirven para nada
Los fletes no alcanzan nunca lucrativas ganancias, puesto que los gastos resultan tan crecidos como los de un barco de 200 toneladas. Dio a mandar, Vaquer el gerente, el barco a un joven inexperto, en recompensa de favores que tenía recibidos de su madre. Lo que sucedió pronto lo veremos: los marineros del puerto, todos asociados a “La Palmera”, pronosticaron que pronto no existiría “San Bartolomé”. Después de unos viajes a Barcelona y Valencia tuvo Vaquer el atrevimiento de mandarlos a Argel, cargándolo de efectos coloniales de contrabando para el consumo de “La Palmera”.
En sus estatutos constaba que solamente podía esta entidad comerciar con negocios lícitos. El “San Bartolomé” fue apresado por un guardacostas y presentado, como buena presa, a la comandancia de la Marina de Palma. Se pudo conseguir que no fuese declarado presa irregular y se le impuso una multa, cuyo importe desconoce aún el pueblo de Capdepera, pero que es seguro que se elevaría a más de 35.000 pesetas, según manifestaciones del Administrador de Aduanas del Puerto de Cabo-de-Pera.
Liberado el “San Bartolomé”, hizo otro viaje, que fue el último. De regreso fondeó en Cala Gat. Fue cargado de obra de palmito, aceite y orujo con destino a Barcelona. Aquella noche entró un temporal de viento del sur. Al día siguiente, amaneció el barco hecho astillas sobre las rocas, con pérdida total. Luego se averiguó que estaba amarrado con una sola ancla y con la chaveta del cepo sin colocar, por lo que jarreó con suma facilidad. Las pérdidas ascendieron a más de 60.000 pesetas. Todo por los caprichos de Vaquer, a quien nadie cuidaba, mientras que los socios, en desbandada, compraban donde más barato vendían, incapaces de poner freno a tantos desmanes del gerente. Y, entre tanto, los logreros e incondicionales suyos vivían y se enriquecían en medio de las desdichas de “La Palmera” que tuvo que contemplar como el 4 de marzo de 1913, su “San Bartolomé” se hundía en Cala Gat.

La disolución de “La Palmera”.- Estando un servidor en espera del ingreso en el Cuerpo de Oficiales de Faros, fijé temporalmente mi residencia en Cabo-de-Pera y, como no había perdido la calidad de asociado acudía a una Junta General en que se tenía que tratar sobre la disolución de “La Palmera”.
Abierta la sesión, Antonio Vaquer tomó la palabra y amontonó en destartalado tropel, las desgracias que habían puesto en trance difícil la asociación: descalabros por aquí y por allí, tropezones por la derecha y pérdidas por la izquierda.
En fín, salí corriendo, loco de coraje, al ver aquel cuadro de desolación en que yacía aquella bella niña que se le encomendó para su educación y custodia, a quien había pervertido, aniquilado, deshonrado y, desnuda, la entregaba a su descuidada madre, la cual, fiada de su tutor, olvidó sus más sagrados deberes.
Pero unos camaradas me advirtieron que no hay que dar la espalda al enemigo; hay que enfrentarse con las realidades. Tenían razón, pues pude observar que la mayoría aún tenían alguna confianza con otra determinación mía y regresé al salón de sesiones, encontrándome con un barullo que me descorazonó. Todos querían hablar a la vez y no se entendían. __”Pido la palabra!”, dije con voz acentuada para imponer silencio; pedí al tenedor de libros, don Juan Melis, si podía darme, siquiera, una sucinta idea del activo y pasivo de “La Palmera”. Respondiome que, de momento, le resultaba imposible contestar a mi pregunta. __” Entonces, señores, — proseguí – no es procedente convocar asamblea general para tratar de disolver la entidad, cuando faltan los datos más precisos. Antes es necesario efectuar un balance escrupuloso y, cuando sepamos nuestra situación, podremos hablar con completo conocimiento de causa para determinar lo que mejor convenga”. Se formó una comisión, en la que se me incluyó a mí, compuesta por don Bartolomé Prats, don Enrique Mercant, don Bartolomé Melis de Son Guiem y el secretario del Ayuntamiento, don Pedro José Vaquer. Se encontró un quebranto de 15.000 pesetas. Lo cual evidenciaba que “La Palmera” iba a disolverse de inmediato, una empresa que tantos sueños había despertado en las masas vecinales de Capdepera.
Tras lo cual, Antonio Vaquer compró el predio de “Ca’n Cardaix”, donde había nacido; lo parceló en cuarteradas que vendió en pequeños lotes a vecinos del pueblo y pagó por estos terrenos el doble de su valor, aunque resultó ser un buen negocio para él, con una valiosa casa y un viñedo enorme.
Pues bien, el 7 de noviembre de 1928 fallecía Vaquer de una hemorragia interna y lo hizo misérrimamente. El Banco de Crédito Balear vendió, por la vía judicial, todos sus bienes y los de su virtuosa esposa Antonia Ferrer Melis, fallecida el 19 de febrero de 1929 de cáncer de útero, pero también de disgustos, después de haber pedido la luz de su entendímiento; no había motivos para menos. Su hijo, gracias a los prestigios políticos de su padre, logró ser Juez Municipal, no supo contener a su progenitor el chorro de desdichas que en vida sembró.
FIN DE LA SERIE
