Encontrarse, en plenas fiestas navideñas, con las puertas (mejor dicho, persianas) cerradas a cal y canto, cuando decides ir a tomarte un chocolate o alguna bebida tonificante, o aquello que el cuerpo te demande, a uno de los más emblemáticos, carismáticos, tradicionales, etc. bares de Capdepera como es Ca’n Patilla, te desmonta todos los esquemas y más, si eres un cotidiano, constante, cliente de aquella casa, en la que, un día sí y otro también, te encuentras con amigos con los que compartes tertulia y arregláis el mundo.
Te quedas como un ferrer sense carbó… Porque, el de estas últimas semanas, se ha tratado de un cierre demasiado prolongado para el gusto de sus asiduos… Y no es que, quienes regentan últimamente el establecimiento desde la jubilación de Xisco Vives, no tengan derecho al descanso aunque haga escasísimo tiempo que están al frente del negocio. Sin duda, es una nueva moda que se ha operado entre los jóvenes comerciantes de cafés y bares de la localidad, especialmente en estas calendas festivas de final de año. ¡Hay que vivir!


Aquellos maratones que, tiempo atrás, se imponían quienes dirigían un local de estas características (levantarse y abrir antes del alba y acostarse más allá de la medianoche, ha quedado obsoleto), aunque a decir verdad el padre del mencionado Xisco, durante gran parte de su periplo dedicado al servicio de las personas, alargaba la jornada a la espera de la llegada de las huestes de camareros, personal de hoteles, trabajadores que terminaban su trabajo a altas horas de la madrugada y, para todos, ellos Ca’n Patilla tenía preparado chocolate con ensaimadas calientes que el forn de Ca’n Àngel le proveía, porque, eso sí, también las panaderías iniciaban su quehacer horas antes de apuntar los primeros rayos de sol.

Cuando hablamos de Ca’n Patilla nos viene a la cabeza que este lugar tuvo sus ancestros. En un libro, editado recientemente, cuyo autor es Jaume Alzina y que se titula La capsa vermella, de editorial Rapitbook se habla deSa Fonda, primer establecimiento de estas características de Capdepera, que acobijó a visitantes y personas de paso, situada en el piso superior, sobre el actual bar Ca’n Patilla, cuyos propietarios eran Antonia Ferragut y Antoni Marió, que contaba con un entrada de acceso por la escalera de la pequeña plaza denominada Sa Creu. La Fonda Paz — eran tiempos de guerra — tenía su menú del día: “Cuinat de faves, conill amb cebe i menjar blanc. Tot per 2’ 75 pesetas”.
Los herederos de la pareja siempre llevarían como apodo común de la villa, por provenir de la citada, el nombre de Sa Fonda. José Alzina Ferragut, padre del autor del libro La Capsa vermella, y el hermano de aquel, Paulino, destacaron en distintas actividades económicas que les confirieron carácter entre los habitantes gabellins, como ya tuvo su personalidad Antonio Alzina Mercant en sus singladuras comerciales por el mar balear. También su hijo José fue el pionero que, a través de los barcos de su naviera” – el primero fue el Menorca – realizaron la travesía Cala Rajada-Ciudadela y otras rutas del mediterráneo.
Siempre consideraron los vecinos, especialmente de Cala Rajada, que no se hubiera podido conservar este trayecto entre las islas hermanas, algo que nunca se entendió puesto que los organismos oficiales coadyuvaban en el desenvolvimiento de estas empresas. Isleña de Navegación de Pep Ferragut, marcó un hito importante que benefició, con la presencia de turistas y visitantes mallorquines y foráneos, el desarrollo económico de la costa gabellina.
Bien, pero hoy de lo que tratábamos era de Ca’n Patilla. Ese nombre que proviene del predio o possessió del mismo nombre, propiedad que fue de Mateu Melis “Patilla”, dueño de aquel latifundio, que colaboró en la pujanza económica de Capdepera, y cuyo mal nom (apodo) ha trascendido a lo largo de generaciones que jamás borraron el nombre de su preclaro antepasado.
Larga vida a Ca’n Patilla bar. Es una de las esencias comerciales gabellinas que ha querido conservar su estructura tanto en su fachada como en su interior.
