Ya ha llovido desde aquellos días en los que comencé mi educación en el Colegio de las Religiosas Franciscanas de Cala Ratjada. Un centro que, en las décadas de 1940, 1950, 1960 y 1970, jugó un papel fundamental en la formación de los jóvenes de nuestra pequeña comunidad. En aquel entonces, Cala Ratjada apenas era un núcleo con escasa población, y la labor de las monjas franciscanas resultaba esencial para la educación y el apoyo social.
El convento estaba habitado por cinco monjas, cada una dedicada a una tarea distinta. Entre ellas destacaba Sor Catalina, quien se ocupaba del bienestar y la evolución de quienes necesitaban su ayuda. En la docencia, la encargada era Sor Antonia, una joven monja de carácter firme y exigente, de la que se decía que había tomado los hábitos tras un desengaño amoroso. Su disciplina en la enseñanza y la catequesis dejaba huella en quienes pasábamos por sus aulas.
Otra figura inolvidable era Sor Trinidad, nacida en Motilla del Palancar, que mantenía una relación cercana con doña Leonor Servera Melis, esposa del financiero Juan March. Su conexión con la influyente familia la convertía en una pieza clave para conseguir audiencia en el Palacio March, un detalle que no pasaba desapercibido en la comunidad.
Maestros y escuela en tiempos de posguerra

A finales de los años 40, Cala Ratjada contaba con pocos maestros. Uno de los primeros fue don Antonio Masot, llegado de Artà, cuyas clases eran reducidas y en las que figuraban alumnos como Bartolomé Moll Balaguer (EPD), Antonio Fernández Orts (EPD) y Antonio Llull Esteva (Toni Tòfol) (EPD).
En 1945 llegó a Cala Ratjada el maestro nacional Vicente Nadal Bosch, destinado inicialmente a Alaró. Sin embargo, tras un pacto con el docente asignado a nuestra localidad, ambos intercambiaron destinos. Nadal Bosch asumió la enseñanza en la Escuela de Orientación Marítima y Pesquera, un reflejo del crecimiento de la comunidad pesquera de la época. Además de su labor docente, también se encargó de la Delegación del Instituto Social de la Marina y fue contable en la central eléctrica Electra.
Mi educación con el maestro Nadal Bosch comenzó después de mi Primera Comunión, celebrada el 13 de abril de 1947, oficiada por el sacerdote don Juan Femenías Nebot. Durante años, fui su monaguillo hasta que fue trasladado a Artà y reemplazado por el reverendo Bartolomé Gomila Vallespir. Junto a otros compañeros como Francisco J. Terrasa Femenías (EPD), Bartolomé Morey Melis (EPD) y Jaime Vallori (EPD), compartimos innumerables horas en la iglesia, en tiempos marcados por la austeridad y la escasez.
Sobrevivir en tiempos difíciles
La posguerra fue una época de necesidad. La falta de recursos llevó al establecimiento de las cartillas de racionamiento, un sistema que, aunque buscaba garantizar el acceso a alimentos básicos, también dio lugar a prácticas fraudulentas. En ese contexto, figuras como el austríaco Daniel Strauss y el polaco Perlowitz vieron una oportunidad con la creación del sistema de juego clandestino conocido como Straperlo. Una de estas ruletas estuvo ubicada en el Hotel Formentor, símbolo de cómo algunos lograban sacar ventaja en tiempos difíciles.
Pero la vida cotidiana en Cala Ratjada también tenía momentos de anécdota y camaradería. Recuerdo cuando el maestro Nadal Bosch, tras casarse con doña Isabel Suñer, tuvo una hija, María Antonia. Para garantizar su alimentación, contrató la producción de leche de una vaca de Ca’n Patilla, y la tarea de recogerla recayó en mí y en Jaime Vallori.
Cada tarde, tras las clases, nos dirigíamos a la casa de campo con nuestra botella de vidrio, ya que en aquel entonces no existían los envases modernos. Durante el trayecto, Jaime, siempre bromista, ideaba situaciones imaginarias para hacer el camino más ameno. “Me esconderé detrás de unos matorrales y saldré de repente. Tú te asustarás, se te caerá la botella y tendrás que explicarle al maestro lo que ha sucedido”, decía. Pero al final, nada de eso pasaba, y llegábamos con la leche intacta.
Jaime Vallori era un personaje singular. Proveniente de Palma, su padre era el encargado de las obras del puerto de Cala Ratjada, donde los temporales de levante solían destrozar el dique, obligando a reconstruirlo una y otra vez. Jaime, además, sabía francés, lo que le daba cierto prestigio entre nosotros.

El paso del tiempo y la pérdida de los amigos
Los años pasaron, y con el tiempo quise organizar una cena anual con los nacidos entre 1939 y 1940. A esos encuentros solía asistir el doctor Balaguer, quien falleció recientemente. Un día, decidí contactar con Jaime Vallori para invitarlo a una de estas reuniones, pero me informaron de su fallecimiento.
Así es la vida. Cada generación deja su huella, pero con el paso del tiempo nos vamos despidiendo de aquellos que compartieron con nosotros la infancia, las aventuras y los pequeños momentos que conforman nuestra historia.
Y hasta aquí llegan mis recuerdos de hoy.
