14 marzo 2026

    Diálogos en Invierno 

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    Nicolás de Nadal y Ferrer

    José Rocha Mera: un gallego que encontró su lugar en Cala Ratjada

    No es fácil encontrar a alguien que conjugue la serenidad del diálogo con una vida tan rica en experiencias como la de José Rocha Mera. Este gallego nacido en Vigo en 1956 ha recorrido mundo, literalmente, antes de asentarse en Cala Ratjada. Su historia, tejida entre los mares y la tierra firme, refleja no solo un espíritu aventurero, sino también una capacidad única para adaptarse a su entorno, siempre con respeto y un profundo sentido común.

    De Galicia al mundo, con escala en los océanos

    José Rocha es, ante todo, un hombre de mar. En Vigo comenzó su vida laboral, y a los 21 años, embarcó por primera vez en un «bul carrier», un petrolero que transportaba crudo y mineral. Desde ese momento, sus días se dividieron entre los puertos de Arabia Saudí, Japón, Australia, Nueva Zelanda y las costas de América, tanto en Houston como en Filadelfia, San Francisco o Los Ángeles. Rocha no tenía una ruta fija; iba donde la compañía armadora lo enviaba.

    Sin embargo, gran parte de esa etapa de su vida se perdió en un incendio en su casa de Vigo, donde se destruyó su archivo personal. Aunque carece de documentos que respalden su extensa experiencia como marino, Rocha no necesita papeles para narrar los lugares recorridos y las vivencias acumuladas en sus años en el mar.

    El salto a Mallorca: una casualidad convertida en destino

    La llegada de Rocha a Mallorca fue tan fortuita como decisiva. En la década de los setenta, un amigo de su padre le habló de la isla y de la expansión de la construcción en la época del «boom» turístico. Fue así como Rocha desembarcó en Mallorca, primero como trabajador en la empresa de su conocido y más tarde como constructor independiente.

    Entre sus primeros trabajos, recuerda el embaldosado del Hotel Formentor, un símbolo de la Mallorca de lujo que despuntaba en aquellos años. Pronto, su experiencia y su habilidad en el sector le permitieron montar su propia empresa de construcción, con la que vivió de cerca la transformación turística de Cala Ratjada y de toda la isla. Rocha no solo trabajó en los grandes desarrollos turísticos, sino que también fue testigo del impacto que este crecimiento tuvo en la sociedad y el entorno mallorquines.

    Un hombre de diálogo, no de ruido

    Hoy, ya jubilado, Rocha dedica su tiempo a disfrutar de los pequeños placeres de la vida en Cala Ratjada, una localidad que, según él, ha sabido integrarlo como un vecino más. Allí, entre conversaciones en el local de la Tercera Edad, Rocha destaca por su capacidad para dialogar y reflexionar sobre los temas cotidianos, siempre con la prudencia y serenidad de quien ha vivido mucho y sabe valorar el peso de cada palabra.

    En nuestras charlas, evitamos los temas de política y religión. “No es necesario hablar de lo que divide, cuando hay tantas cosas que nos unen”, dice Rocha con una sonrisa. Y, en efecto, nuestras conversaciones giran en torno a la cultura, la vida cotidiana y los recuerdos, especialmente los de una Cala Ratjada que ya no es la misma, pero que sigue teniendo la esencia que lo enamoró cuando llegó por primera vez.

    El gallego que se hizo mallorquín

    Rocha es un ejemplo de cómo alguien puede llegar desde lejos, con un bagaje cultural y vital completamente distinto, y amoldarse a una nueva sociedad sin perder su esencia. Aunque su corazón sigue latiendo al ritmo de las olas de Vigo, su vida está en Cala Ratjada, donde ha encontrado un lugar para reflexionar, recordar y disfrutar del tiempo que, como las mareas, nunca deja de avanzar.

    Es un placer compartir conversaciones con alguien que, más allá de su experiencia como marino o constructor, es un hombre que ha aprendido a escuchar y a compartir. Rocha nos recuerda que, al final, lo que define a una persona no son los lugares que ha recorrido, sino cómo ha sabido construir su vida allí donde ha elegido quedarse.

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