Siete eran las casas que conformaban aquella especie de alquería gabellina: Ses Set Cases. Un reducido reducto que en el decurso de la historia acogió hechos y situaciones dispares.
¿Quién no recuerda el luctuoso caso del asesinato de un súbdito extranjero, por motivos pecuniarios, que fue sepultado y emparedado por sus asesinos en el interior de uno de los cinco pozos de agua existentes en aquel lugar, haciendo desaparecer cualquier vestigio o señal que hiciera pensar que allí había habido, alguna vez, una cisterna?

Afortunadamente, Pere Flaquer Terrasa Mosson o de Sa Costa, que había vivido en las “Set Cases” tiempo atrás, desde su más tierna edad y conocía, palmo a palmo la zona, pudo facilitar a los investigadores de la policía el dato definitivo para la localización del cuerpo del infortunado, emparedado con cal viva, en el mismo “coll del pou”, tapiado y cubierto de hojas y leña vieja que disimulaban la existencia de una cisterna.

___” Yo siempre había visto cinco y, solamente, hay cuatro ahora, y aquí (señalando Pere el punto donde tenía que estar la quinta) había otra”, sentenciaba el de Sa Costa con rotundidad.
Las “Set Cases” eran un pequeño pueblo, hace un siglo, habitado por siete familias. Las de Juan Flaquer Petit, Juan Garau Maïa, Pep Terrasa Mosson, Miguel Flaquer Manteller, Sebastián Flaquer de sa Costa, Maria Reus de can Riera y de Isabel Melis de can a Malda.
Hay quien asegura que Capdepera tiene una parte de sus orígenes en este llogaret de ses set cases, De hecho, fundamentado en la numerosa cantidad de vecinos portadores de estos apellidos, se considera que los Flaquer y los Melis fueron los apellidos de algunos de los primeros habitantes de la villa.
En otro orden de cosas, cuentan que Isabel Melis “madó Bet de can a Malda”, al igual que su vecina Maria Reus “na Maria de can Riera”, elaboraban, allí mismo, en las Casas, unas deliciosas ensaimadas que parece ser que ya jamás se han degustado por Capdepera. Explicaba la primera a su hijo Bartomeu Vaquer Melis “d’es Sindicat” que cuando ella era jovencita su madre le contaba que a una Diosa púnica, en uno de sus viajes por el mar latino Mare Nostrum (el mar Mediterráneo), cuando pasaban cerca de Mallorca, le hicieron probar el néctar de una cierta pastaflora, y que cuando, los marineros la probaban, entonaban alabanzas a sus dioses y diosas.

También Maria de ca’n Riera comentaba que a la ensaimada la han querido hacer emigrar a otras latitudes y no han podido. Han trasladado la harina, el azúcar, el horno, el agua, la grasa, los que la elaboran y los que velan su desarrollo, la han pastado los mismos hombres y mujeres, la han cocido con pino de Formentor y, lejos de Mallorca, han fracasado. La forma y la pasta estaban, pero el fondo, el espíritu, se habían volatilizado.
En las reuniones de vecinos de Ses Set Cases, conocidas por Vetlleries, donde concurrían los payeses de Cutrí, sa Tafona, Son Terrassa y Ca’n Pastera, además de los de Sa Costa y Son Barbassa, puesto que, todos juntos, iban a recoger palmas de los garballons para, después, ensofrar.los, y hacer la llata típica de Capdepera, no la de Artá, que es otra clase denominada “llatra”, pontificaban que: “el secreto de la ensaimada radica en la proximidad con el mar, con el hecho isleño, como una cajita cerrada”. Así cualificaba a la dulce ensaimada aquella gente.

Algunos de los hombres, como mestre Pep Mosson o l’amo en Joan Maia decían: ___”Mientras tanto, comamos ensaimada, si tenemos. Olisqueémosla como una flor y rebañémosla si es para mojar. Y, eso sí, comeos la de Mallorca, que se trata de alimento de espíritu regional. La ensaimada es una substancia que no puede ser sindicada. El obrero podrá comerla si es que le plazca, aunque élla en sí no será nunca lo que se dice una cuestión sindicalista, ni internacional ni obrera”, esgrimían apelando a su origen mallorquín, ahora llamado denominación de origen.
Dicho esto, los contertulianos pasaban de endulzarse la boca con la sabrosa ensaimada a entusiasmarse con temas de política en aquellas reuniones invernales de Ses Set Cases, con temas que para algunos resultaban más dulces y gustosos que la misma ensaimada…
Se trataba de gente muy devota de la Virgen del Castillo, tenían una imagen de la Inmaculada guardada en una habitación de una de las siete casas. Cuando llegaba el mes de mayo, colocaban en una especie de ancha rendija, cual capillita ex profeso, la Madre de Dios portando a su Hijo y allí, después de la “vetllería” rezaban y cantaban los versos de los “Goigs a la Mare de Dèu”. Y no faltaba ningún habitante de aquel predio a la misa de siete de la mañana en la parroquia del pueblo, por lo que debían levantarse de la cama sobre las seis, vestirse con la ropa los domingos y asistir al culto católico. Al finalizar el mismo, de vuelta a casa, cambio de vestimenta y dar el desayuno a animales de toda especie, incluídos humanos, los cuales para poder ir a comulgar tenían que ir en ayunas, sin poder comer, al menos, tres horas antes de recibir la Sagrada forma.
Algunos se levantaban a medianoche a tomar algo, engañando así al estómago que reclamaba alimento, ajeno ( el susodicho estómago) al cumplimiento de la norma para la recepción de la blanca hostia.
