Siempre he pensado que poner el acento en el compromiso, la disciplina y el buen gusto por el trabajo que una realiza, son valores que toda la vida tendríamos que tener en cuenta. Especialmente, tendrían que formar parte de la educación de los jóvenes. Eso les haría más fuertes y persistentes y mejores personas enfrente de los difíciles retos de la vida.
Tengo el convencimiento que a los niños y niñas no se les ha de privar de su infancia; seguramente todos los padres estamos convencidos de que nuestros hijos poseen excepcionales dotes, aunque nada hay más dañino, nocivo y perjudicial que ponerlos prematuramente en el camino del trabajo intelectual y perturbar su desarrollo personal.
Estas reflexiones me las he hecho después de haber pasado una tarde en un parque infantil, con otras tres mujeres, todas observando a nuestros hijos/as con orgullo, desde un banco. Una niña recogiendo un montón de piedrecitas, las cuales parecía estar contando una a una hasta veinte. Un niño de no más de cuatro años que llevaba en sus manos un libro, que su madre aseguraba que sabía leer perfectamente. Una tercera progenitora que exclamaba que la libreta que maneja su hija no es para pintar en ella garabatos, que lo que hace es escribir una redacción sobre el estado de aquel parque.
Y aquí fue que pensé que la estimulación primeriza de los niños puede tener consecuencias desastrosas. Totalmente de acuerdo que hemos de promover y apoyar los aprendizajes excepcionales, aunque me manifiesto contraria totalmente a las medidas que proclaman que se debe tener eficacia para alcanzarlos antes de hora.
Los padres de ambición excesiva tienen especial propensión a considerar superdotados a sus hijos, cuando lo cierto es que está suficientemente demostrado que, a la larga, no suelen serlo tanto, ni por asomo. Tan pronto como nacen ya empiezan a darles coraje y apremiándoles de manera desequilibrada para que cultiven las facultades intelectuales en detrimento del desarrollo del cuerpo y del alma.
Los dirigentes de la guardería a la que asistió mi hija o de la “escoleta” de preescolar, donde acaba de aterrizar, se duelen de que existan padres que quieran transformar las aulas en laboratorios de experimentación pedagógica, de donde los críos salgan sabiendo leer, escribir y hacer operaciones aritméticas. Estos padres ven con escepticismo el hecho de que sus hijos no hagan otra cosa que cantar, dibujar o jugar, y piensen que estas actividades les hacen perder enseñanzas más importantes.
Tendríamos que pararnos a pensar un poco en nuestra infancia y reflejarla en nuestros hijos/as, y en la importancia de sus primeros días en la escuela que es donde ponen los cimientos de la futura integración hacia nuevos ambientes.
