Creada a imagen y semejanza de Dios, en el seno de nuestra madre brotaba otra vida humana con el destino y misión de aumentar el número de esta humanidad con todas su esperanzas, decisiones y responsabilidades. Las ilusiones y esperanzas de nuestros padres iban dando forma e identidad a la que sería nuestra persona y familia, fundamento e historia de un largo acontecer.
En el juzgado correspondiente nuestro padre declaró oficialmente el nacimiento acontecido y recibió el testimonio escrito correspondiente a nuestra identidad. Otra persona había aparecido en el mundo, miembro de esta humanidad. Vida humana corría por sus venas con toda su historia por delante.
En realidad esta afortunada persona con toda su historia ya había sido concebida en el seno del amor de Dios. Esta nueva criatura no aparece en el mundo por voluntad de sus padres, ni por suerte del azar, sino por voluntad explícita del amor Creador de Dios.
Tanta fortuna y dicha nos deja marcados infaliblemente por el amor de Dios. No le motivó necesidad alguna, sólo su infinito amor creador. La referencia esencia a Él nos define y encamina, constituye y responsabiliza. Ningún ser humano es autónomo, todos somos creados y al Creador nos debemos. Cuando no partimos de este fundamento, erramos y nuestros errores nos costarán caros y serán perjudiciales para los demás.
