El litoral del levante mallorquín era arenoso, las matas y arbustos crecían hasta el límite del arenal. El mar era una vía de entrada del comercio ilegal. El contrabando, una actividad que se practicaba desde tiempos remotos en Mallorca. La costa era muy propicia para los desembarcos de género prohibido. La proximidad del monte bajo favorecía el ocultamiento inmediato de los bultos en los escondites excavados en la zona boscosa.
Desde antiguo, se producía alguna que otra vendetta por diferentes causas: rivalidad entre los hombres que dirigían compañías rivales, o debido a robos a la compañía contrabandista para la cual trabajaban, pero especialmente por hablar de más. Cuando la gente del pueblo se refería a estos “accidentes fortuitos”, comentaba: ”Fulano resbaló y cayó barranco abajo, cuando lo encontraron, hacía días que estaba bien muerto”.
Los contrabandistas también “daban calza de arena”; con un talego o saquito lleno de arena, asestaban golpes en la espalda de quienes los habían traicionado hasta dejarlos malheridos o muertos.
La calza de arena no dejaba marcas, pero reventaba por dentro. En los pueblos del litoral, donde más se contrabandeaba, se podía ver a algún que otro vecino cojeando por la calle, con los hombros encogidos, arrastrando su discapacidad. Un día lo habrían golpeado fuerte por haber hablado de más. Y dentro de la desgracia aún había tenido suerte, porque muchos, después de la paliza, se iban al otro barrio.
Muchos hombres de pueblos costeros “iban de tabaco”; unos cuantos ponían el dinero y los demás se ocupaban del trabajo. Los lugartenientes transmitían las órdenes de los capos y vigilaban que se cumplieran. Los marineros y los patrones eran los encargados del transporte de las mercancías prohibidas. También estaban los encargados de descargar y transportar los bultos de tabaco de la barca al “secret”.
Cuando el desembarco se producía en un lugar de la costa al que se podía acercar la caballería, los carreteros se ocupaban de transportar el género con los carros hasta las proximidades de los “secrets”.
Los “secreters” eran los especialistas que construían los “secrets” y se ocupaban de vigilarlos. Los leñadores, pastores y cazadores se dedicaban a misiones de vigilancia. Los distribuidores repartían el género por doquier, a pie o con animales, y los vendedores de toda clase ofrecían los productos a los consumidores, en su casa, en las tabernas, en los cafés, en las tiendas, incluso en la calle.
De vigilar la costa para prevenir los desembarcos de mercancía prohibida se encargaba el Cuerpo de Carabineros, cuyos miembros solían ser gente humilde y sencilla. La mayoría eran forasteros y algunos se casaron con mujeres mallorquinas.
Los carabineros no tenían ningún medio de locomoción, y para ir de un lugar a otro marchaban a pie. Se les podía observar al atardecer caminando por las playas o por el borde de los acantilados. Iban a relevar a la pareja que acababa la guardia.

A principios del invierno, y en los días de más frío, caminaban con una manta sobre los hombros y con el fusil colgado. Vigilaban para evitar que desembarcaran bultos de tabaco, mientras los contrabandistas los controlaban para descubrir el lugar donde iban a pasar la noche, para bajar a tierra la mercancía lo más lejos posible.
A principios del siglo XX, los carabineros estaban mal retribuidos y, como el resto de los matrimonios jóvenes de la época, debían sacar adelante una prole numerosa.
Eran otros tiempos, no existían los controles de natalidad y los métodos utilizados para evitar que la mujer se quedara embarazada eran poco fiables. El cabeza de familia tenía que apañárselas para dar de comer a los suyos. El estado de permanente necesidad convertía a los guardias en presas fáciles de los capos del contrabando. Los sobornos eran un bálsamo para una economía familiar con escasos recursos.
Por otro lado, los contrabandistas repetían constantemente y por doquier, para que se les metiera en la cabeza a los habitantes de la isla y a los propios encargados de la represión, que colaborar y participar en el contrabando no era delito.
A veces, la Comandancia de Carabineros enviaba a los pueblos un pelotón a hacer una batida para descubrir escondites o llevar a cabo una redada de contrabandistas. Nunca eran bien recibidos y en alguna ocasión la gente del pueblo se amotinaba, ya que gracias al contrabando ganaban un dinero que los ayudaba a ir tirando.
Una mañana llegó a un pueblo, cuyo nombre debemos omitir, un grupo de agentes que se dedicó todo el día a registrar casas y casetas fuera de la villa, con la determinación de hallar género de contrabando y poder arrestar a los vecinos que lo guardaban.
Al anochecer, cuando los carabineros volvían con las manos vacías, desde una explanada que había delante de la iglesia parroquial, un numeroso grupo de vecinos comenzó a apedrearlos. Las piedras comenzaron a caer sobre los agentes como granizo. El oficial al mando resultó ser un hombre prudente y en vez de enfrentarse a tiros dio la orden de retirada: ”¡Muchachos, vámonos de aquí, que hasta los santos nos apedrean!”.
