En el transcurso de la vida, a veces se fragua una historia. Es muy triste eso de que mientras unos preparan una fiesta, otros se dediquen a amargarla. Pero así es nuestra vida, momentos de luces y otros de sombras que se alternan para crear situaciones que nos marcarán durante nuestra existencia. Lo que voy a relatar no tiene nada que ver con lo explicado, pero sí para reflexionarlo con todo detalle.
En los 86 años de mi vida me he visto en situaciones de todo tipo y todo tamaño. Son cosas que, por mucho que pase el tiempo, siguen en mi mente, sin que lo explicado interfiera a nadie. Mi gran defecto es que tengo por norma mencionar las cosas por su nombre, sin nombrar a nadie en concreto que pueda interferir o herir la sensibilidad del interlocutor. Como dice un antiguo refrán: «Hay que nadar y guardar la ropa».
Era el año 1965 cuando un industrial de Capdepera, con el cual me unía una cierta amistad por motivos o causas que silenciaré, me dice:
—Nicolás, ¿tú que tienes una pensión podrías alojar a una señorita inglesa? Tengo que abrir un bar y ella tiene que ser la camarera.
Yo le dije que sí, que no había ningún problema.
Al cabo de unos pocos días, por lo que deduzco que el industrial debió poner un anuncio en algún diario inglés, llegó una señorita, muy joven por cierto y, a decir verdad, de muy buen ver, tanto en el aspecto físico como en el trato social.
En este tiempo yo me dedicaba a la pesca de la gamba con mi padre, la época dorada en el puerto de Cala Ratjada. Cuando regresaba a casa o al salir de ella, me fijé que tenía la luz de su habitación encendida constantemente. Le pregunté el motivo de la luz encendida toda la noche y ella me contestó que tenía miedo a la oscuridad.
Estuvo durmiendo en mi casa unos siete días, sin causar ninguna molestia para nada. Solamente venía para dormir; por lo demás, poco me interesaba lo que hacía o dejaba de hacer. Pero una tarde, al llegar a casa, me encontré a mi madre algo temblorosa. Le pregunté:
—¿Qué os pasa?
Ella me respondió:
—Ha venido la Guardia Civil y se ha llevado a la clienta. Les habían explicado que era menor de edad y se había fugado de su casa en Londres.
Pasó un cierto tiempo y el industrial no me decía nada de abonar el tiempo que la señorita había pernoctado en mi casa. Al ver que se hacía el «longuis», le pregunté:
—¿Cuándo tenemos que aclarar cuentas, muchacho, de la estancia de la señorita?
Él me respondió:
—Ya veremos más adelante.
Al cabo de cierto tiempo, mi padre me preguntó:
—¿Ya has aclarado la cuenta de la estancia de la señorita inglesa?
Yo le respondí:
—Todo parece indicar que no cobraré.
Mi padre me preguntó:
—¿Dónde vive este amigo tuyo para ir a cobrar yo mismo personalmente?
Le dije que lo encontraría en un local de Capdepera y le indiqué dónde lo podría localizar.
Una tarde, ya más bien anocheciendo, mi padre se marchó a Capdepera, «xino-xano», para que el paisano que se había hecho acreedor le liquidara la cuenta. Sin hacer ruido de ninguna clase y muy discretamente, lo localizó y le hizo saber que había ido para cobrar, ni más ni menos. Sin más, le liquidó la cuenta y todos contentos: el deudor por haber liquidado la cuenta y mi padre por haber cobrado lo que le debía, y así poner fin a la situación.
Situaciones como la que he descrito las he tenido de todo tipo y tamaño. Capear contra viento y marea, siempre he procurado salir adelante con la cabeza bien alta, sin que nadie me pueda amonestar por los hechos acaecidos con anterioridad.
Nicolás Nadal
