22 abril 2026

    Vivir con la basura en la puerta de casa 

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    Una familia de Cala Rajada denuncia una situación límite en la plaza del Carme

    Hay problemas que no se miden solo en datos, sino en cómo se viven cada día. En Cala Rajada, en la calle Dones de la Mar, a la altura del número 27, varias familias llevan tiempo conviviendo con una realidad que, según explican, ha dejado de ser puntual para convertirse en parte de su rutina diaria: salir de casa y encontrarse con la basura acumulada en la puerta.

    Las imágenes hablan por sí solas. Bolsas amontonadas fuera de los contenedores, cajas abiertas, restos de comida, muebles abandonados, colchones apoyados en la pared, líquidos derramados… Todo ello ocupando el paso peatonal hasta el punto de dificultar el tránsito. En algunos momentos, incluso, obligando a los vecinos a esquivar o pisar residuos para poder entrar o salir de sus viviendas. Durante más de una semana, cada día, cada día, cada día, unos vecinos nos han enviado las fotos de cómo están los contenedores frente a su casa (con la porquería y la basura, después de ser retirado y limpiado todo por el servicio de limpieza, y vuelta a empezar). Es como el día de la marmota pero este caso con una una pesadilla en bucle. 

    Pero detrás de esas imágenes hay una historia que va más allá de la incomodidad.

    En una de las viviendas reside una familia con un bebé de cinco meses. Junto a ellos, otros vecinos en el mismo edificio y en las casas colindantes. En total, al menos cuatro familias que comparten una sensación que repiten varias veces: “es invivible”.

    “El problema empezó cuando se inauguró la plaza del Carme y colocaron aquí los contenedores”, explican. Antes, recuerdan, estaban ubicados en otra zona donde no había viviendas cercanas, lo que evitaba este impacto directo sobre la vida diaria de los residentes.

    Desde entonces, la situación no ha dejado de empeorar.

    Los vecinos no señalan tanto a la infraestructura como al comportamiento de quienes la utilizan. “El Ayuntamiento hace su trabajo, pero la gente no colabora”, aseguran. El incivismo es, para ellos, la raíz del problema: bolsas depositadas fuera de lugar, residuos que no caben y se dejan en el suelo, vertidos inadecuados como aceite de cocina y, en los meses de verano, escenas que van más allá de la suciedad.

    “En verano es una locura. No solo es la basura, es que la gente orina, vomita… incluso hace sus necesidades aquí”, relatan con impotencia. El resultado es un olor que describen como “fétido”, persistente, que se intensifica con el calor y que convierte la entrada a sus casas en un lugar desagradable.

    La situación, sin embargo, no se limita a la temporada turística. “Es todo el año”, insisten. Aunque reconocen que en verano alcanza su punto más crítico, la acumulación de residuos y el mal uso de los contenedores es constante, a cualquier hora del día. Especialmente por la noche y al amanecer, cuando se encuentran “montañas de basura” frente a sus puertas.

    La convivencia también se ha visto afectada. En más de una ocasión han tenido que enfrentarse verbalmente a personas que dejaban residuos de forma incorrecta, llegando incluso a requerir la presencia de la policía. “No es agradable tener que vivir así ni tener que discutir por algo tan básico como mantener limpio el entorno”, explican.

    A todo ello se suma una sensación de frustración creciente. Los vecinos aseguran que han acudido en tres ocasiones al Ayuntamiento para trasladar formalmente esta situación y reclamar una solución. Sin embargo, denuncian que, pese a haber sido escuchados y a que sus quejas han sido recogidas, hasta el momento no se ha adoptado ninguna medida efectiva que cambie la realidad que viven a diario.

    La propuesta que ponen sobre la mesa es clara: reubicar los contenedores. “Sabemos que el incivismo no se va a acabar, pero al menos que no lo suframos siempre los mismos”, argumentan. Consideran que el problema no desaparecerá, pero sí podría aliviarse si no se concentra justo en el acceso directo a varias viviendas.

    Mientras tanto, la vida continúa en esa estrecha franja entre los contenedores y la pared, convertida en un improvisado vertedero en demasiadas ocasiones. Un espacio que debería ser de paso, pero que para estas familias se ha convertido en un obstáculo diario.

    Porque al final, más allá de la imagen, lo que está en juego es algo mucho más básico: poder salir de casa sin tener que mirar al suelo.

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