Jorge Prubí, nuestro protagonista, no podía reprimir el escándalo que habían provocado aquellas fotografías esparcidas por todo el término municipal, donde se veía al maestro bailando con Erika en la terraza del Camping de Font de Sa Cala. En su fuero interno, se reía cínicamente. Vió a los contertulios de “L’Orient” y fue a saludarles. Alguno de aquellos señores respondió con vaguedad, de mala gana, aunque en el ambiente, y a pesar del calor reinante, se intuía una gran frialdad, más que eso: hostilidad, aunque muda, suficientemente traslúcida en los adustos rostros de aquellos hombres. Sin embargo, nadiele reprochó nada, no tenían prueba alguna contra Prubí, por muy seguros que estuvieren de que el mismo era la mano ejecutora del corte de orejas del perro del boticario y de las fotografías del serio maestro que, descocado, arremetía con fuerza contrala escultural figura de Erika. Prubí se alejó.
___” ¿ Qué se habrían creído, esos imbéciles, ¡cullons! ¿ ¿ Que se iba a quedar él cruzado de brazos mientras ellos lo escarnecían poniendo en entredicho su intachable moralidad y entrometiéndose en su vida privada hasta el punto de enviarle un espía en forma de maestro nacional?, pensaba al regresar a su casa, donde le esperaba Nuria, su mujer, la cual se limitó a decirle a don Jorge: __” Si eso del maestro te llega a suceder a ti, te juro, por la Virgen de Montserrat que te corto….. ¡ las orejas! ”. Prubí salió rechinando hacia la habitación.

Al día siguiente, encontramos a Prubí dando las acostumbradas clases de submarinismo. Erika, semidesnuda bajo un tamarindo, contemplaba el mar. De cuando en cuando emergía, sobre el agua, la cabeza de Klaus, o la de Prubí. Una boya roja hacía de flotador y aguantaba, con un sedal que colgaba de ella, las presas capturadas y ensartadas en él. Esa boya les servía también de referencia para indicar el lugar en que buceaban los dos submarinistas, el veterano don Jorge y el bisoño aprendiz Litmann.
Erika se echó al mar y se zambulló. A escasos metros, y al mismo tiempo, Prubí salió del agua, todavía no había visto aquel día a la chica, pues empezaron las clases temprano. Don Jorge creyó que ella no había venido. Una vez fuera del agua, se encaminó hacia la cueva…
Cuando Erika sacó la cabeza fuera del agua contempló a Orubí alejándose por la orilla. No lo llamó. Vio como el catalán, a un trecho de camino entre las rocas, subía la ladera de un montículo rocoso…¿a dónde iría?

Hubo un momento en que don Jorge hizo ademán de girarse pero Erika se sumergió en las verdes aguas para que no la viera. Cuando emergió tampoco vio al catalán por ningún lado… ¡ Qué raro!, pensó la joven, aquella ladera era muy despejada, casi lisa, con sólo piedras y matojos, sin grandes matas ni rocas tras las que pudiera ocultarse. Era casi imposible que…, sin embargo, en un par de segundos, los que ella estuvo sumergida, el “señor don Gorgue” había desaparecido por completo.
Aquello parecía cosa de magia. Sacudió su cabecita y la introdujo, otra v ez, en el agua, a fin de espabilarse. ¿Lo habría soñado? Miró de nuevo y de Prubí no se veía ni rastro. Ante aquel insólito hecho consideró que podía haber sido una simple sensación óptica debido a falta o insuficiencia de descanso. Quizás aquel fuerte sol mediterráneo trastocó su mente o, tal ves, lo más probable, es que necesitara dormir un par de horas más y no salir de juerga hasta altas horas de la noche.
Al salir del agua sacó de la bolsa una toalla que extendió sobre el cemento que conformaban las guías del varadero, junto a las rocas, y se echó sobre ella. Estaba completamente desnuda bajo un tamarindo y la única prenda que llevaba puesta sobre sí eran sus gafas oscuras, para protegerse de la fuerte luz. Pero, al poco rato, notó que ese anaranjado que suele percibirse de cara al sol, aún teniendo los párpados cerrados, se ensombrecía, y la joven pensó si sería don Gorgue el que estaba, otra vez, ante ella interceptándola del sol.

Se estiró, coqueta, elevando el busto con el fin de excitarlo. Ya no le temía y no creía que el catalán – pues la joven desconocía las dolencias de éste – le hiciera ciertas proposiciones. Últimamente, también n otó que parecía algo más frío, más distanciado, o más indiferente hacia ella que en aquel primer y movido encuentro, cuando se conocieron en “Ca’n Cardaix”.
En el fondo le hubiera a ella gustado inflamarlo de nuevo, jugando con él, ja…ja…ja..! Se desperezó y se acarició los tersos senos, mientras entreabría los ojos para ver el efecto que causaba en don Gorgue, como ella le llamaba,
¡Y cual sería su enorme sorpresa al ver ante ella a don Mario, el maestro…!
Volvamos a don Jorge: Lo primero que hizo al entrar en la gruta del Puig d’en Rabassó fue ir a por el botijo. Éste, chorreando humedad por sus poros, mantenía el agua fresca. Agua que procedía, y que había dido recogida, de la fuente que manaba en el interior de la cueva. Elevó el botijo sobre su rala cabeza y se despachó un largo hilo de líquido sobre su reseca garganta. Con cínica sonrisa saludó a la calavera de don Sebastián, el veterinario, que con el vaivén de las fuertes olas, había penetrado en la cueva, quedando anclada en un vericueto de la misma, y se echó sobre el catre. ___”Pronto te traeré compañía, sí!. Un viejo amigo tuyo está opositando para figurar en esta sagrada gruta de mi propiedad. ¿Te acuerdas de don Mario? ¡Claro que te acuerdas…! .El maestro del pueblo, el muy idiota se ha enamorado de una jovencita, mi socia, que además de llevarlo por el camino de la amargura, también me lo traerá aquí. Mis buenos cangrejos harán lo mismo que hicieron contigo y, una vez mondado su cráneo, lo colocaré a tu lado. Así podréis continuar haciendo tertulias…
El catalán reía y siguió hablando con la calavera del – para todo el mundo — desaparecido veterinario. El cráneo no le contestó, Prubí cerró los ojos y pensó si no sería mejor dejar vivir al maestro para que sufriera un poco más…
Unos metros más abajo el herrn professor Mario, que no había aprendido la lección del escándalo de las fotografías esparcidas por la Villa, obnubilado por la desnudez de Erika y ayudado por los efluvios de la botella de whisky que portaba en una cesta, a punto estuvo de abalanzarse sobre ella, aunque la presencia de Klaus lo evitó, desapareciendo Mario del lugar de los hechos.
Aunque ella, poco antes de llegar Klaus, había acordado con el maestro una cita para las siete…
CONTINUARÀ…//
