12 febrero 2026

    Pequeño homenaje a unos seres de limpio corazón

    OPINIÓN. Maria Juan Funtilla

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    Un perro ovejero pequeño, feo y valiente, nos tuvo detenidos, una vez, a varios automóviles durante un rato, porque una oveja de su rebaño estaba rezagada, mordisqueando hierba en la cuneta. Y el chucho seguía quieto, en medio de la carretera como un impasible don Tancredo, con un ojo en los automóviles y otro en la mala pécora, sin moverse, hasta que la tipa cruzó por fín. Entonces le tiró una rutinaria dentellada a los cuartos traseros y se fue detrás, con un trotecillo chulito y la satisfacción del deber cumplido. Fueron dos o tres minutos en que no se oyó ni un solo bocinazo. Impresionados a pesar nuestro, arrancados por un momento a la prisa y la impaciencia, ninguno de los diez o doce conductores detenidos pudo evitar rendir ese pequeño homenaje al valor concienzudo del animal. Aquel chucho era un profesional.

    Hay muchas historias propias y ajenas con perros como protagonistas. En un hospital, uno, cuyo dueño murió hace siete meses, sigue viviendo en la puerta, después de recorrer varios kilómetros persiguiendo la ambulancia en la que su amo agonizaba. Llegó exhausto, con las patas heridas por la carrera,  y allí continúa, esperando verlo salir. Las enfermeras y los vigilantes del hospital, que ahora le dan comida y lo cuidan, ignoran su nombre y lo llaman Calcetines. Ésa es una historia con final feliz, pero otras no lo son tanto.

    Mi perro me recibe moviendo el rabo y gimiendo complacido, se me acerca para frotarse contra mis piernas y a tumbarse en el suelo, patas arriba, para que le acaricien. Ya es viejo – tiene doce años – y morirá pronto, supongo. Es un buen perro y lo echaré de menos. Y estoy seguro de que a mí, este hecho me hará soltar más de una lágrima.

    Estamos en pleno verano, a punto de iniciar las vacaciones de agosto. Estoy segura que por las carreteras de nuestra isla vagan numerosos perros desconcertados, exhaustos, siguiendo la línea de asfalto por la que fueron los dueños, o irán, que los abandonan en la canícula estival vacacional. Pues el perro supone un cierto incordio para el descanso veraniego. Una cosa es el cachorro gracioso para los niños, que se mete en cualquier parte, y otra el grandullón al que hay que vacunar, alimentar, albergar, y que te fastidia, con su presencia incómoda, el viaje en automóvil a la costa, o al pueblo.

    ¿Se acuerdan de aquel anuncio estremecedor? Un perro, abandonado en mitad de una carretera, bajo la lluvia, sus ojos cansados y tristes, bajo el rótulo: «Él nunca lo haría”. Es cierto, él nunca lo haría, pero una buena parte de nosotros, sí.  Hay para que se desee a este tipo de personas que se les indigeste esa paella por la que van a clavarle un ojo de la cara en el chiringuito, o se le pinche el flotador del pato y le cueste salir de bajo el agua.

    Porque ya quisiéramos los humanos tener un ápice de lealtad y el coraje de esos perros de limpio corazón. No recuerdo quién dijo aquello de que cuanto más conozco al ser humano más quiero a mi perro; pero es cierto. Al suyo, al mío, a cualquier perro.

    Desde aquí mi dedicatoria a las personas que formaron esa Asociación para la defensa de los animales y a los galenos veterinarios que, desinteresadamente, contribuyen a curar los males de estos chuchos. A pesar de lo que se diga.

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