12 febrero 2026

    Leonor Servera: Una benefactora gabellina 

    UNA MIRADA ATRÁS Pep Maria Moll/ Maria Juan

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    Una mujer de memorable recuerdo para Capdepera y Cala Rajada 

    Juan March Ordinas estaba exultante cuando contabilizaba los beneficios extraordinarios que le reportaba la guerra, cuenta Pere Ferrer Guasp.

     ”Una tarde de 1942, estaba acompañado por su esposa Leonor Servera Melis y el padre Gabriel Palmer. Dirigiéndose March al presbítero, dijo: ”Gabriel, estoy contentísimo y admirado del fortunón que he ganado durante estos tres años. Les anuncio que estos ingresos me permitirán poner anualmente a disposición  de mi esposa un millón de pesetas para obras de caridad y ayudas a congregaciones religiosas”..

    La mujer de March, Leonor, mantuvo una relación  muy estrecha con los franciscanos, especialmente con el padre Antonio Bauzá, a quien la gente de la calle conocía como el Padre dólar. 

    Doña Leonor contribuyó con importantes donaciones a la construcción  del colegio de Sant Francesc. El prior de la congregación, cuando tenía dificultades pecuniarias para llevar adelante el proyecto, acudía al padre Bauzá para que le pidiera a la mujer de March nuevas ayudas.  Ésta, para él, jamás tuvo un no. Por eso, los frailes lo bautizaron como el Padre Milagros. 

    Cuando se inauguró el colegio, doña Leonor y el cardenal norteamericano Spelman ocuparon la presidencia de los actos de celebración. Aún hoy,  los retratos de ambos personajes cuelgan de las paredes de la sala noble del convento de los franciscanos en Palma.

    Leonor Servera, también hizo importantes donativos para la reforma del monasterio de Randa, donde estudió y vivió Ramón Llull. Encargó un paso de Semana Santa de Nuestra Señora de la Esperanza que los Jueves Santos es la admiración del público que acude a presenciar la procesión. Una Virgen de belleza idealizada, cubierta con una capa bordada con hilo de oro y plata, y rodeada de objetos de plata de gran valor. Por todas estas obras, recibió la Cruz Pro-Ecclesia et Pontífice, la más alta condecoración que otorgaba el Vaticano sin carácter caballeresco ni título nobiliario. 

    La existencia de una Virgen de la Esperanza en el Castillo de su pueblo natal, Capdepera, estimuló a doña Leonor a sufragar la imagen de la capital.

    PALACIO MARCH SA TORRE CEGA CALA RAJADA
    Pere Ferrer Guasp
    Juan March Ordines

    Pere Ferrer Guasp explica que: ”Doña Leonor pasaba los veranos en el palacio de Sa Torre Cega, en Cala Rajada y en el patio del casal todos los sábados se proyectaba una película. Al cine al aire libre estaba invitado todo el pueblo. La señora casi siempre estaba acompañada de algún cura y ambos ocupaban un lugar preferente, sentados en una buena butaca. La  gente mayor del pueblo iba con una silla plegable, mientras que los más jóvenes se sentaban en el suelo”. 

    Esta manera de ser de la mujer de March, muy diferente de la de su marido, pone de manifiesto una mentalidad aristocrática compartida en el seno de las buenas familias, que ignoraba las causas de la problemática social, por ello creía que la sociedad palmesana debía seguir estando tutelada por unos cuantos ricos con supremacía sobre una mayoría de gente pobre. 

    Pero sentían el deber y la obligación cristiana de ejercer la caridad entre aquellos que no disponían de lo necesario para sobrevivir. Mientras Leonor Servera, gran benefactora entre sus paisanos de Capdepera por su condición gabellina de nacimiento en la casa de “Ca’n Piricus, en la falda de la “Costa d’en Capet” a quien se le dedicó la principal y más larga arteria urbana de Cala Rajada, hacía obras de caridad, Joan March, su marido,  seguía diversificando sus inversiones, producto del capital acumulado durante la Segunda Guerra Mundial. 

    El 5 de marzo de 1945, se fundó el monopolio de venta de tabaco en todo el territorio español, con el nombre de “Tabacalera”. 

    En 1955, Leonor Servera y Juan March eran accionistas muy importantes con 16,840 acciones, el ocho por ciento del total.

    Juan March nunca fue un hombre religioso, no así su esposa. March era demasiado materialista para consolarse con la resignación  y el sacrificio que predicaba la Iglesia católica, a pesar de ofrecer, en contrapartida, una felicidad eterna en la otra vida. Era demasiado impaciente e impulsivo para estar dispuesto a cambiar los apetitos sensuales y los placeres terrenales por otros que podrían disfrutarse en un futuro lleno de incertidumbres.     

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