Por la noche, don Jorge Prubí y Camps se presentó de punta en blanco, con camisa beige y corbata azul, así como la chaqueta cruzada y con botones dorados. Estaba hecho lo que vulgarmente se dice: “un brazo de mar…”. Aquella ropa tan elegante disimulaba un tanto su achaparrada y simiesca figura.
La joven pareja también acudió con la corrección que suelen poner los extranjeros para asistir a esos pequeños y cotidianos actos sociales. Ella vestía de largo y él con una chaqueta clara. El blanco vestido de noche de Erika contrastaba con su bronceada piel y por el amplio escote asomaban, incitantes, los principios de sus turgentes pechos; su rubia y larga melena se mecía, con natural gracia, en cada uno de sus movimientos mientras que una sonrisa, casi perenne, asomaba en el atezado rostro de Klaus.

Después de los saludos de rigor, don Jorge besó con galantería la mano de la muchacha y se sentaron alrededor de la mesa. Ésta, ya estaba preparada bajo unos farolillos de papel y, en su centro, un par de quinqués acababan de dar su tenue nota ambiental al romántico entorno, casi al aire libre. Pequeñas mariposas nocturnas revoloteaban alrededor de las luces, algunas de ellas yacían sobre el rojo mantel con las alas chamuscadas. Ello, le hizo recordar a don Jorge algo que pensó, anteriormente, sobre las frágiles alas de las mariposas. Sonrió, y observó los ojos de Erika.
Por mucho que tratara de disimular los lujuriosos deseos que le embargaban, bajó los suyos y, con fingida timidez, dirigió su mirada hacia el patio del restaurante que con su suave iluminación despedía reflejos ambarinos. Desde allí, desde Ca’n Cardaix no podía contemplarse el mar pero sí llegaban hasta ellos los efluvios que portaba su brisa, y las dulces notas de una música lejana…
Aquella fiesta duró hasta las tres de la madrugada — en el transcurso de la noche una orquestina se sumó invitando a bailar – y el champán, los chistes y las bromas alegraron a los tres comensales. Producto de aquella gran confianza que se estableció entre ellos permitió a Prubí el tomarse alguna que otra libertad con la joven, sentada a su lado, aunque procuraba ir con tiento y, sobre todo, con tacto para no salirse de lo justo, a fin de no perder otros contactos más íntimos, y más completos en un futuro que parecía presentársele asaz esperanzador.

Klaus invitó a don Jorge a bailar con Erika, sin parar de reír y repitiendo su acostumbrado sonsonete: Ja!, ja! Ja! . A don Jorge le suponía un gran esfuerzo portarse con toda la corrección que requería su estrategia ya que la alemanita, al son de la música, con provocativa cadencia, le hacía perder el ritmo. El dueño de Ca’n Cardaix, Toni, sentado sobre una cómoda butaca de mimbre, y más apartado, contemplaba divertido la escena. Para Toni, que desde que se dedicaba, bajo aquel emparrado de ramas de pino al negocio de la restauración, era insólita la actuación del respetable don Jorge, viendo como era manejado por la exuberante criatura, intuyendo que allí se “mascaba” algo. Klaus se hacía el longui, aquello tan sólo formaba parte de un juego al que él, gustoso y de común acuerdo con Erika, se aprestaba y consentía arrumacos y estrecheces de don Jorge con ella. Ja! ja! Ja! …,
Al día siguiente, en el bar de El Recreo , en Capdepera, o Casino del pueblo, como cita habitual casi diaria, solíanse reunir durante todo el año, a excepción de los más calurosos días del estío, algunas de las personas con más relevancia de la Villa. Estos solían ser, principalmente, las llamadas autoridades o “fuerzas vivas”. El alcalde, el secretario del ilustrísimo Ayuntamiento, el médico, el maestro, el veterinario, el telegrafista, el farmacéutico, algún acreditado comerciante o empresario y algún que otro “hijo ilustre” del pueblo, el cual se dejaba caer por allí.

A veces, al igual que el cura, acudía el sargento de la Guardia Civil, aunque éstos no solían ser muy asiduos a las reuniones de las tardes, después de comer. El primero, para no aguantar chistes algo subidos de tono, y el otro para hacerse respetar y guardar las distancias que requería su egregio cargo. Es decir: que no siempre estaban al completo las tertulias pues no eran todos los que estaban, el día anterior, ni estaban todos los que eran, en el día de hoy (con perdón).
En los meses de verano, debido al calor, preferían sentarse, algunos de ellos, en la plaza de l’Orient, y en las sillas del café que ostenta el nombre de dicha plaza. Todavía estaban, ahí enfrente, la histórica cisterna y el abrevadero, los cuales, desde su negocio el señor Prubí podía contemplar a diario. En estos encuentros, solía hablarse de política, sucesos locales, que solían ser pocos, anécdotas y recuerdos, o se dilucidaban temas o proyectos del municipio. En fin, tertulias como otras cualesquiera pero que servían, por lo general, para tomar el pulso al pueblo, sopesar las opiniones y los pareceres de sus más preclaros representantes. O bien, explayarse con los recuerdos de otros tiempos que, siempre, suele decirse, fueron mejores…
También era una buena ocasión para criticar a los no presentes. Era éste un caso aplicable al sargento, por poner un ejemplo, don Basilio, que era el Comandante de Puesto de la Benemérita desde hacía muchos años. Su respetabilidad era debida a su probada rectitud y buenhomía, virtudes ambas a las que había que añadir el gran cuidado que dispensaba al enorme bigote que lucía, todo orgulloso, bajo su aguileña nariz. Ese bigote, unido a la gravedad de su porte, y la parquedad de su habla, evitaba el trato asiduo, o excesivas confianzas con las gentes de la localidad, ayudándole estas características a mantener el alto grado de su autoridad. Las pocas veces que acudía a las reuniones y hablaba, lo hacía con mesura, reposadamente, y mirando fijo a su interlocutor.
El sargento tenía un ojo de cristal. Un día, a uno de la tertulia, un tal Binimelis, se le ocurrió decir que el guardia civil tenía un “ojo muy clínico”, debido a un caso, un robo cometido en la Villa, que el sargento había investigado y resuelto. Éste, a quien le sonó a indirecta lo del “ojo clínico” se miró de tal manera, con el ojo sano, al tal Binimelis que éste jamás volvió a alabarle ni el uno, ni el otro (a los ojos, se entiende). Aquella era una más de las anécdotas que podían contarse siempre que don Basilio estuviera ausente.

Por lo demás, era un círculo , casi cerrado, al que algún curioso se podía acercar siempre que fuera prudente, se mantuviera a cierta distancia, y que tuviera la boca cerrada. Cualidades éstas que, por cierto, tampoco concurrían en don Jorge Prubí y Camps. El sufrido pueblo le concedió hasta el tratamiento de “don” , pero sus representantes, los más representativos, le negaban, en aquellas reuniones, hasta el “ don de la palabra “. Se convirtió, pues, y de mala gana, en un puro y pasivo espectador, u oyente, que no tenía ni voz ni voto entre tan distinguida gente.
Su esfuerzo, empero, no dejaba de ser altamente meritorio, pues en otros ambientes, fuera de aquel selecto, preclaro, predilecto y reducido grupo, era un insufrible bocazas que no hacía más que despotricar del vecindario que le daba de comer y que tuvo la gentileza de admitirlo en su seno, y de concederle, aún siendo un foráneo, y casi un desconocido, el muy noble tratamiento de señor y con don incluído, sin que, para esto último, tuviese que intervenir, para nada, el boticario…
Lo cual era toda una palpable muestra de la hospitalidad y generosidad del pueblo mallorquín y, también, de la corta amplitud de miras de algunos de sus regidores.
Continuará….
