En estos meses veraniegos, todo el mundo dedica más tiempo a estar guapo, se gasta una cantidad larga de money en el asunto en aras de las modas, diseños, el cuerpo danone y esas cosas.
Sin embargo, cuando uno decide darse un garbeo tanto por playa como por ciudad, avista a mucha gente sentada en terrazas de bar o paseándose como tú, y aprecias el muestrario dantesco de pantorrillas peludas, sandalias infames, camisetas de tirante, pantalones ceñidos a ancas descomunales, camisetas fofas que enseñan ombligos, zapatillas multicolor, bañadores de pata larga y otros horrores varios.
Con aditamentos de este tenor ya puedes salir a pasear tranquilo con la familia, con las mollas bien prietas, con sandalias color butano de un palmo de suela, un piercing en el mentado ombligo o en cualquier punto del body, riñonera, gafas de sol aerodinámicas y zapatos de suela anatómico-forense.
Antes era sólo en las localidades playeras, pero ahora te los encuentras por todos sitios. Quien me iba a decir a mí que iba a terminar añorando, con más de cincuenta tacos, no ya los zapatos veraniegos de rejilla, el pantalón de raya fina, el panamá de pajas y la honesta camisa blanca de manga corta de mi abuelo, desabotonada a medias, entre la que relucía una gruesa cadena de oro con la Virgen del Carmen.
Si hoy te topas con estos singulares personajes y, también, con personas no ya tan singulares, que no te conocen ni conoces de nada, de buenas a primeras te endilgan un “tú”, como si fueras de la familia, de buenas a primeras.
Somos el único país de Europa donde entras, por primera vez en un restaurante, en compañía o más sólo que la una, y el camarero pregunta: “¿qué vais a tomar?”. La dependienta de la tienda aconseja “pruébatelo”, en lugar de “¿quiere usted probárselo?”. El joven aburrido de la calle te pide la hora o un cigarrillo, algunos una limosnita, y todos ellos, lo hacen con el sonoro “dime la hora”, “dame un cigarrillo” o “hermano, estoy más tieso que la mojama”. A éste último le das un bocadillo y te lo devuelve a la salud de tu santa madre.
Todos ellos con el “tú” por delante, sin respeto, sin el “usted” u otro tratamiento que denote educación, etc. etc, Al mismo cura, a los maestros, al médico—“oye, Paco, mira…”, niños en edad escolar.
Todo es un inmenso tuteo, quienes saben guardar las formas en este aspecto se sienten bichos raros. Todo eso, que parece anecdótico, no lo es. Y así nos va. Supone un signo evidente de la degradación del respeto entre los españoles — en Francia, verbigracia, aún se saben guardar ciertas distancias –, del escaso aprecio en que nos tenemos a nosotros y a nuestras instituciones: “oye, ministro”, “eh!, alcalde, escúchame”, “Felipe, rey, fenómeno!. Es.la peligrosa facilidad con que confundimos cordialidad y grosería.
Afortunadamente – y no son todos “pijos”—aún queda gente que al profesor, al médico, al cura, le guarda un respeto; a las personas de una cierta edad la tratan de usted, de “vos”, porque tienen en cuenta, — quienes obran así, con educación — que algún día no serán jóvenes como ahora. Me decía una vecina que la habían educado así, desde niña, y a su venerable abuelo de casi cien años, lo tuteaba con todo el descaro, al igual que a su hermana menor. No lo sabía hacer de otra manera. O séase, que el desarreglo le provenía ya de sus ancestros.
En fin, las costumbres de hoy han roto los moldes del ayer. La forma de vestir y del tratamiento entre personas quizás sean ya cosas obsoletas. No tienen remedio, tal vez.
