Fui, con mis dos hermanos, a visitar a una pariente muy cercana y a un vecino de toda la vida, en la residencia de ancianos. Ambos con plenas facultades mentales y con la nostalgia reflejada en sus semblantes. Nos demostraron su alegría por nuestra presencia y pudimos departir largo rato con ellos. Estaban sentados uno al lado del otro, como ya lo estuvieron en su vida activa, en sus casas del pueblo, pegadas ambas.
Sin embargo, nuestra familiar, S. S., marcaba la diferencia –aunque no muy acusada– con el convecino, M. F., aunque en más de una ocasión (nos contaba la chica auxiliar de la residencia) reñían por nada, por poca cosa. M. F. parecía no estar muy conforme con cierta actividad que S. S. practicaba frecuentemente, a la que el hombre corregía en más de una ocasión. S. S. escribía sobre cualquier papel que tuviera a mano. Guardaba unos cuantos originales a su vera y, en más de una ocasión, las empleadas de limpieza se los habían birlado creyendo que no tenían ningún valor, tampoco se paraban a leerlos, pues de haberlo hecho –protestaba S. S.– “no me los habrían quitado”.
Ese día, el de nuestra visita, acababa de escribir una cuartilla, con un bolígrafo, apoyando su mano en un libro de notas evangélicas que el sacerdote que iba a rezar la misa en la residencia le había prestado. Al inquirirle sobre ello, la anciana, toda ufana, me entregó el papel para que lo leyéramos.
—Después me dais vuestra opinión y, si os gusta, os lo regalo —añadió.
Era una carta sin destinatario, al menos eso es lo que daba a entender. Era (dijo) el balance de su vida:
—Tengo 82 años, 4 hijos, 11 nietos, 2 bisnietos y un dormitorio de 12 metros cuadrados. Ya no tengo una casa ni cosas que me son queridas, pero tengo a alguien que limpia mi habitación, me prepara la comida y hace mi cama, me toma la presión y me pesa.
Ya no tengo la risa de mis nietos, ya no puedo verlos crecer, besarse y pelearse; algunos vienen a verme cada 15 días, otros cada tres o cuatro meses; otros, nunca. Ya no hago croquetas ni huevos rellenos ni rollitos de carne picada ni punto de cruz. Todavía me quedan algunas aficiones por hacer y el sudoku me divierte un poco.
No sé cuánto me quedará, pero tengo que acostumbrarme a esta soledad. Hago terapia ocupacional y ayudo lo más que puedo a los que están peor que yo, aunque no quiero encariñarme demasiado con ellos; desaparecen con frecuencia.
Dicen que la vida cada vez es más larga. ¿Para qué? Cuando estoy sola, puedo mirar fotos de mi familia y algunos recuerdos que traje de casa.
Espero que las próximas generaciones entiendan que la familia está hecha para tener un mañana (con los hijos) y devolver a nuestros padres el tiempo que nos dieron para criarnos.
Tengo el cansancio y la profunda sensación de que el viaje va terminando. Si vivimos lo suficiente, podemos perder nuestras capacidades físicas; no influyes en nada. El barco zarpa y tú sola navegas. Soy una carga para ellos, todos tienen su trabajo. Eso no es fácil…
Una vez leída esta carta, el compañero de 90 años, M. F., comenta que él se siente ignorado, completamente marginado:
—Yo no soy así, humillación es una palabra demasiado fuerte para decirla, pero casi. No me queda ninguna relación significativa, querida. Todos han muerto y, ¿sabes qué? En el fondo, yo también quiero dejar este mundo.
Inclinándose hacia nosotros, como si nos estuviera contando un secreto, añadió:
—¿Os digo lo que soy? Soy fuerte. Puedo admitir ante mí mismo y ante vosotros que aquí ya no me queda nada. Estoy más que preparado para irme cuando llegue mi hora.
S. S. asiente a las palabras del nonagenario:
—De hecho, no creo que llegue todo lo rápido que me gustaría…
Les puedo asegurar que las lágrimas brotaron de nuestros ojos. Daba la impresión en los semblantes y actitud de estas dos longevas personas que sostenían que la gente se va desprendiendo de la vida hasta que llega a un punto en el que está preparada para apagar el mundo exterior, como un apagón de luz imprevisto. Quizás los mayores, estos ancianos, ya no son venerados como en tiempos pretéritos, por su sabiduría y experiencia.
Cierto es que en las sociedades actuales la medicina ha creado condiciones ideales para transformar el envejecimiento en un largo y lento desvanecimiento. ¿Qué mejor que traspasar el umbral de la muerte hacia desconocidas praderas sin ir acompañados de sufrimiento y dolor, en paz?
S. S. y M. F., sin duda, suscribirían, ahora mismo, esta situación si pudieran hacerlo.
—Aunque preferiríamos poderlo hacer en el calor de nuestro hogar y acompañados de los seres queridos…
Gracias, abuelos, por esta lección de sapiencia. Ha sido una tarde bien aprovechada que pensamos repetir.
