JOANA GOMILA
La moda y los tiempos
En Canyamel, moda y lujo se compaginaron por doquier en estos pasados días. El “Cap Vermell Fashion Show” combinó el desfile de ropa fabricada en España “casual” y “looks”, destacando el “glamour” en su primera edición, donde dos marcas del panorama nacional brillaron con luz propia. Las firmas mallorquinas Moyá y Ca’n Aixartell triunfaron, asimismo, en este desfile.
La diseñadora Carolina Lizzanna, con la colección “Aurora”, presentó colores vivos y vibrantes, detalles con plumas como signo de su identidad, y desplegó las tendencias de moda que han aparecido con conjuntos anaranjados formados por “top palabra de honor” con pantalones de pata de elefante, que dejaron boquiabiertos a los asistentes al desfile multicolor.
Bajo el título de “Hijos de otros mundos”, la marca ibicenca Johnny Mascq presentó la colección de entretiempo con diseños relajados y estampados inspirados en nativos americanos.
Una noche especial, con música en directo de calidad, que enalteció el espacio “Ses Oliveres” del Park Hyatt, en esta primera de una serie que “Cap Vermell” pretende organizar en el tiempo, dando realce a la zona donde está el establecimiento ubicado y, por ende, a Capdepera.
En el transcurso de la fiesta departimos con algunos profesionales de la moda, incluso con chicas modelo y jóvenes debutantes en la pasarela. El resultado de nuestras variopintas conversaciones lo resumimos a continuación:
No hay duda de que el concepto de moda está íntimamente vinculado al tiempo. Hoy, como antaño, estamos sometidos a una constante transformación, la cual va acompañada de un estado de novedad permanente. Las modas tienen aparentemente una vida corta y rápidamente acaban en el baúl de la historia. A pesar de ello, el progreso tiñe de avanzados tejidos, estampados y modelos que resultan bien identificados con los que se usaron dos generaciones antes.
___ “No hi ha temps que no torn”. Así, como el vaivén del péndulo, se nos presenta lo que es viejo y nuevo al mismo tiempo. Como dice el poeta Antonio Machado: ___ “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar”.
Cuando hablamos de la moda, parece que hacemos referencia al vestir, cuando puede extenderse a todo el consumismo en general. Para no ir más lejos, podemos verlo asimismo con la conversación, donde se han introducido palabras como tío, vale, venga…
Como decimos, el fenómeno de la moda generalmente se estudia en torno al vestir, el cual no nos enseña solamente lo que uno es, sino lo que uno quisiera ser o parecer. Quien dice uno, dice una… Aunque fue en el siglo XVIII cuando se inició la fabricación de moda dentro del mundo textil, o sea, con la transformación industrial, a lo largo de diez lustros se produjeron unos cambios tan espectaculares como impensables. En concreto, la Segunda Guerra Mundial fue la que ocasionó los grandes cambios en Europa.
Después de los prolongados años bélicos, se fue haciendo realidad lo que demandaban constantemente los grupos feministas, que intentaban hacer entender la igualdad entre hombres y mujeres. Así, los pantalones pasaron a ser también femeninos, un simple hecho sinónimo de la incorporación masiva de la mujer al trabajo fuera del hogar y conseguir que el voto femenino fuese ya una de tantas realizaciones. De esta manera, se fue rompiendo el absurdo de educar a las mujeres solamente para la natalidad y para las labores del hogar.
La protesta es propia de los impulsos y la impetuosidad de los jóvenes, dispuestos a romper con todo por el hecho de ser algo establecido. Resulta curioso que estos jóvenes revolucionarios no pertenecieran a desheredados o clases bajas, sino que en su mayoría lo que les pasaba era que estaban hastiados de su bienestar y confort. Y, sobre todo, que tuvieran todo a su alcance, dándoselo todo hecho. En este contexto tuvimos el movimiento hippy que, aparte de su sana filosofía, adoptaron unas vestimentas ligeras y sencillas. Una parte de su popularidad fue que se trataba de una moda de bajo coste. Eran los años de los inicios de los tejanos, cuya difusión todavía perdura.
Siempre atentos a aprovechar las circunstancias que se nos presentan, alguien tuvo la ocurrencia de ir a tomar medidas a la Venus de Milo, afirmando que no se encontraría ropa adecuada para ella en los grandes almacenes. De esta anécdota surgió la idea de ampliar las medidas para aprovechar al máximo el número de clientes, y con ello empezó el prêt-à-porter —traducción francesa del ready-to-wear— y la aparición de nuevas fibras en el mercado que pusieron en marcha la confección en serie.
Predispuestos por el estudio de mercado comenzó la carrera de alta producción de ropa, que supone millonarias inversiones. Para conseguir la rentabilidad prevista se acudió a toda clase de eslóganes, con la más eficiente publicidad para hacer realidad los objetivos que se habían marcado.
Los consumidores aceptamos formar parte fundamental de este mundo tan planificado de la moda, convencidos de que “el que se usa, no tiene excusa”.
Parte importante fueron y son los telares. Aunque ya poco o nada queda de aquellos artesanos tejedores que, con santa paciencia y un saco de ilusión, trabajaban sin robar tiempo al quehacer para poder conseguir una obra maestra. Para ello, contaban solamente con la herramienta que la naturaleza les había regalado: sus propias manos. En muchos pueblos de Mallorca eran habituales los tejedores, que tenían su taller o telar en la entrada de la casa, a partir del cual hacían realidad la elaboración de los tejidos.
La industria de la hiladura en Mallorca tuvo siempre un carácter muy casero y una técnica muy primitiva. En las casas, las mujeres hilaban con una “filosa” y un “fus”, que es la manera más rudimentaria de hacerlo y que data de una época muy antigua. Hay que recordar que hasta finales del siglo XIX las personas podían comer, vestir y calzar los productos que ellas mismas producían. La primera fase de mecanización fue la “filosa de torn”, la cual no fue conocida en Mallorca hasta el siglo XVIII.
Con el telar, la producción pasó a tener una cierta calidad y, sobre todo, fue posible conseguir mayor cantidad y, en consecuencia, abrir el camino de la exportación. Los tejedores se agrupaban en gremios y tenían por patrona a la Virgen de la Esperanza, que lo es también de Capdepera.
Se puede decir que la historia del textil mallorquín empezó como complemento de la agricultura. La tierra ofrecía algodón, cáñamo o lino. A mediados del siglo XIX muchos de estos tejedores desaparecieron y aquella labor, que constituía todo un arte, dio paso a la mecanización de los telares. Entonces, la industria textil entró en un período evolutivo. En Sóller empezó a funcionar la fábrica denominada “La Solidez”, que llegó a contar con 80 telares. Trece fueron las fábricas que llegaron a instalarse en tierras solleriques, trabajando con un solo torno.
Fueron las épocas doradas de esta industria, aunque llegaron dificultades que se impusieron de tal forma que la mayoría de fábricas fueron cerrando paulatinamente sus puertas. Además de las fábricas de Sóller, también lo hizo “Ca’n Guixa” de Llucmajor, la de la calle del Dau de Montuïri y Ca’n Ribes, con sus populares “flassades”. En general, la producción de estas fábricas se centraba en las “llistes” y en el “xéster”, tan popularizados por la confección de pantalones para hombre: el azul de mecánico y el de cuadritos blanquinegros para albañiles y cocineros.
Este declive, sin embargo, tuvo sus supervivientes. Hoy, uno de los pocos fabricantes que todavía perduran es Sampere Bas, de Santa Maria, aunque los acabados de sus obras se realicen en Barcelona. Por otra parte, tienen gran demanda los tejidos de lenguas mallorquinas, suficientemente apreciados incluso a nivel mundial. Entre los fabricantes de estas “llengües mallorquines” destacan Ca’n Vicens, de Pollença, y Ca’n Bujosa, de Santa Maria. Así y todo, la poderosa industria catalana también realiza imitaciones bien conseguidas, aunque las que se consideran auténticas tienen el sello de la originalidad.
Este mundo de la artesanía textil significa parte de nuestra historia, y no solo en el sentido de mantener la tradición sino, asimismo, de aprovecharla para impulsar el desarrollo de una nueva industria —como Ca’n Aixartell, que concurrió en el desfile de Canyamel (Capdepera)— porque la elaboración de todos estos productos que, en aquella gala, pudimos paladear con nuestros ojos, consiga ir unida a las transformaciones económicas y sociales.



