14 marzo 2026

    El mendigo de «La Sala» que nos contó cosas del antiguo Sant Joan en Capdepera

    Conxa Garau

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    Hubo un tiempo, en Capdepera, en el que los días 23 y 24 de junio eran días de fiesta, sin calendarios laborales ni nada por el estilo. Si bien, en siglos precedentes, el Santo, acompañado de un añil, era el titular de la diminuta capilla del Castell o, más tarde, el patrón de la barriada gabellina de Vilaroja, una conmemoración que la juventud de los años sesenta adoptó, convirtiendo a Sant Joan como su patronímico.

    Recordamos estas efemérides que se celebraban la próxima semana de hace más de medio siglo y que tenían a la plazoleta enfrente de la Iglesia Parroquial como “real de la fiesta”, gracias a lo que personajes, algunos ya desaparecidos, como Pere Colom, Miquel Garau o Gabriel Sant, contaban a sus hijos y nietos, puesto que detentaron durante muchos años la responsabilidad de la gestión de esta fiesta.

    Al situarnos en la mentada plazoleta pudimos hablar con un mendigo que, día sí y el otro también, hace allí acto de presencia. Margarita B., meneando la cerviz mientras pasaba por allí, exclamaba: “¡Qué vergüenza!”. Un matrimonio que transitaba cerca y que no quiso dar su nombre, nos decía: “¡Qué pena de familia!”. Mientras, unos empleados que venían de desayunar, gritaban: “¡Cuánta estulticia entre los que lo consienten!”.

    Ante la misma sede eclesial, recaudando óbolos —nos dice el anciano— para arreglar desperfectos del templo parroquial. Y eso que en la pasada legislatura los recaudaba para compensar la falta de una jaula de palomos, o algo así, que le había incautado la Policía Local. Y es este señor quien nos habla de la fiesta de Sant Joan, su onomástica, donde él mismo era el presidente de los jóvenes de Acción Católica, con centro en el aula de cristal de la calle —ahora— Madones de la Llata.

    Y es que Joan Juan vivió de cerca el Sant Joan gabellí. Nos dice que Jaume Pato era el pregonero y encargado de los “discos solicitados” de Ca’n Creu d’Inca (hoy Casa Consistorial), entre los adolescentes en sus primeros escarceos sentimentales. Se trataba de un “pick-up” (tocadiscos) conectado a un altavoz girado hacia la plaza, a través del cual el locutor mencionado leía las dedicatorias entre la grey infantojuvenil protagonista de los festejos.

    Después de las “completes” (acto religioso) de la víspera santjuanera se encendía una “rodella” muy vistosa de fuegos de artificio en un recodo de la plaza, dando inicio a la “verbena” de discos de cloroformo (como se les llamaba), hasta llegada casi la medianoche.

    Cuenta Joan Juan que por la tarde del 24 había “carreras de cintas”, de “sacos”, una “gimkana” de bicicletas y motorinos, además de “cucañas”. Una servidora, ignorante de todo ello, pidió a nuestro interlocutor que me explicase de qué iba todo esto, no sin antes ser generosa con nuestra dádiva depositada en su cesto de limosna.

    Las “carreres de cintes” consistían en pasar por debajo de una larga cuerda tendida de una parte a otra de la calle, en bicicleta o a pie, agarrando un pequeño punzón e intentando penetrar con éste en el hoyuelo de las cintas multicolores colgadas, elaboradas por madres e hijas unas semanas antes. Muchos chicos no acertaban y otros se llevaban la mejor parte.

    La de “sacos” se hacía dando saltos, metidos hasta el cuello los niños en su interior, en un recorrido de unos cincuenta metros. Algunos se daban de bruces…

    La “gimkana” de mobylettes y bicicletas consistía en recoger, de las mesas instaladas a lo largo de cien metros, los objetos, dulces y regalos allí colocados, sin poder pararse ni poner el pie en el suelo, premiándose la resistencia de permanecer en el vehículo sin caerse ni frenar. Muy pocos lo conseguían. Esta prueba se repetía el 29 de junio en la plaza de l’Orient —más espaciosa— con motivo de Sant Pere y Sant Pau, que eran los patrones de la juventud mayor de 16 años.

    Y, finalmente, las “cucañas”: Eran ollas de barro herméticamente cerradas, colgadas de una cuerda de parte a otra de la vía, que en su interior guardaban cada una arena, o ceniza, agua o regalos, separadamente. Los participantes, con un garrote y los ojos tapados, debían intentar encontrar la olla, dando golpes a diestro y siniestro, y conseguir romperla. Muchos quedaban remojados y con el traje de fiesta hecho un cisco.

    Agradecemos las atenciones recibidas por parte del mendigo —a partir de ahora, nuestro amigo Joan— a quien le aconsejamos, antes de despedirnos, que pensara en abandonar esa fea actividad (quizás lucrativa para alguien, que no debería ser aceptada) frente al Ayuntamiento, que únicamente mala imagen pública ofrece. ¿Y las autoridades qué dicen?

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