14 marzo 2026

    Coverbos gabellins

    Pep Maria Juan

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    En Capdepera, en 1956, a principios de febrero (el año de la gran nevada), existía un agricultor que tenía un asno muy alto de estatura y una gran cabeza, incluso fuera de lo normal. Era joven y juguetón y, debido a su volumen, era peligroso jugar con él, especialmente si uno se acercaba por su parte trasera. Su amo deseaba desprenderse del asno o cambiarlo por un pequeño caballo, no tan alto y loquillo, que le ofrecieron. El trueque pasó adelante y el payés y un trabajador suyo se encargaban de su mantenimiento y de la labranza y otros quehaceres propios de la payesía. Resultó ser, para sorpresa de los dos cuidadores, un animal perezoso, cansino en su forma de andar, y no la bestia noble que ellos esperaban. Aunque si le achuchaban, el caballo partía a toda velocidad y era más difícil pararlo que ponerlo en marcha. No era juguetón como el asno, pero si le pegaban para que se desperezase de su lento quehacer, arremetía con sus potentes coces a quien a él se arrimara. En cierta ocasión, arrastrando el carro lleno de productos del campo, — en la brecha que se había abierto entre Cala Rajada y Capdepera para poder pasar las personas y vehículos por la gran cantidad de nieve caída — el caballito patinó y se paró en seco, quedando atrapado con las patas traseras dentro del carro, aguantándose todo – productos, pasajeros y enseres — con las patas delanteras del animal. Demasiado trabajo fue aquel para hacer volver a la normalidad el asunto, pues tener que desencallar las piernas del caballo por entre las maderas del carromato y conseguir que no se dañara, supuso toda una odisea, con el frío y la nieve allí presentes. Incluso el pobre labriego, al ponerse tan nervioso por la situación, sufrió gran dolor de muelas que, al llegar a su casa, le hizo añorar el asno paciente y silencioso que había tenido… 

    Aunque aquel dolor muelas le hizo rememorar, y así lo contaba, que en aquella época en Capdepera no existía dentista, sino un peluquero que se paseaba por el pueblo con unas tenazas en el bolsillo y la emprendía, sin manía alguna, con dientes y piezas carcomidas de quienes sufrían el dolor y se acercaban a él para que se lo mitigara. Dicho peluquero se instalaba en el café de “La Palmera”, en la plaza de l’Orient, y antes de empezar a cortar cabellos, afeitar y arrancar muelas, se aprovisionaba de coraje a base de varias copas de cazalla. Tenían que ser personas valientes las que se sentaran en el sillón de aquel barbero que servía tanto para un zurcido como para un descosido. Mientras esperaban su turno, apaciguaban el dolor mordiendo un grueso pañuelo que les facilitaba el “maestro”. Y una vez, a punto de faena, abría la boca y el aquejado, con un dedo, señalaba la pieza o piezas que le dolían. El barbero, poco hablador pero gran entendedor, localizaba de inmediato el punto doloroso del cliente, ya que nunca jamás persona alguna se quejó de haberle extirpado un diente sano en lugar del otro. Dientes, muelas o clavos iban a parar, una vez sacados de su habitual hábitat bucal, a un cubo. El “profesional” le endilgaba, a continuación, una copa de hierbas secas que la hacía enjuagar gorgoteando en la boca y ésta y el paciente quedaban anestesiados, medio dormidos… aunque, al despertar, los vocablos gordos y, algunos blasfemos, trascendían la tranquilidad de las calles adyacentes. 

    A veces una blasfemia, un feo palabro, da paz al que la pronuncia. En tiempos de cuaresma, el fumar, pecar y decir palabrotas estaban prohibidas, aunque tuvieran pagada la “santa bula” que dispensaba el rector parroquial. Existía un hombre muy blasfemador que no se avergonzaba de vituperar y sacar serpientes por su boca. Un sacerdote le conminó a que atemperase su actitud a lo que él contestó que rebajar la cualidad de las palabras gruesas y malsonantes no le saciaba y, por aquel motivo, aunque fuera cuaresma, había recobrado el repertorio que su cuerpo le pedía. El personaje en cuestión le decía al cura que la Santa Madre Iglesia decía que la palabra “vatúa” venía a ser una deformación de “voto a”. Más tarde la Iglesia entendió que aquella palabra podía contener un mar de fondo que, como mínimo, suponía una irreverencia. Así que se intentó encontrar una forma de quitar hierro a la cosa. La realidad era, y es, que a eso de blasfemar no hay quien lo pare. Por tanto, convenía inventar una manera de renegar más adecuada a la corrección, muy necesaria para mejorar la convivencia. La experiencia ha hecho ver a la gente que, hoy, no existen tan buenos blasfemadores como tiempo atrás. Actualmente, se vierten palabrotas y vituperios por pura rutina, como frases hechas, con poca imaginación. En ese aspecto, también, cualquier tiempo pasado fue mejor… 

    ¿Quién no recuerda las historias de la “Liga del bien hablar”, la frase de “Parlau bé, que poc costa”, impresa ésta, durante casi un siglo, en el frontispicio del Salón Parroquial (hoy, hotel Creu de Tau), que las reverendas hermanas franciscanas hacían leer a diario a sus alumnos de escuela católica, so pena de tener que irse a confesar con un iracundo pastor católico, amargado, de infeliz recuerdo, que exigía, no tan solo a la grey juvenil sino, incluso, a los padres de estos, a ir al confesionario, cada sábado, a presentar ante él la lista de pecaminosas blasfemias y malas conductas que, como penitencia impuesta por el clérigo, exigía la “quasi“ expulsión temporal de la escuela, anatemizar al sujeto impuro y hacerlo arrodillar en el pasillo central eclesial, ante los asistentes a misa, para escarnio de los fieles. Potenciaba un extraño “amor al prójimo”, el señor párroco. Terminó como terminó, pero esa es otra historia… 

    Afortunadamente, con aquellas palabras de una angelical monja franciscana muy estimada en Capdepera: __ “Dios haga que nos libremos de este señor con buen nombre!”, consiguiendo la defenestración del capellán, para nunca más volver a pisar suelo “gabellí”. 

    Coverbo contado por el barbero Roca y Antoni Barruá. ¡Gracias! 

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