26 mayo 2026

    Volver a Capdepera a través de las palabras: la historia de Cristina Vidal y un cuento que nace del silencio emocional

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    Hay proyectos que no solo nacen de una idea, sino de una vivencia. De una mirada que se ha ido construyendo con el paso de los años entre aulas, experiencias personales y, en este caso, también desde la maternidad. Es el caso de Cristina Vidal Vicario, gabellina de nacimiento, profesora de idiomas y creadora de recursos educativos, que acaba de publicar Quino y el valor de las palabras, un cuento infantil que pone el foco en algo tan cotidiano como invisible: las emociones que los niños no saben expresar.

    Aunque actualmente reside en Málaga, Cristina no ha dejado nunca de mirar hacia Capdepera. “Sigue siendo mi lugar, mi paraíso y una parte muy importante de quién soy”, explica. Esa conexión con el municipio no es solo emocional, sino también familiar: buena parte de sus raíces siguen aquí, y cada regreso se convierte en una vuelta a casa, también para sus hijos, que —como cuenta— viven cada visita “con muchísima ilusión”.

    Esa dualidad entre estar fuera y, al mismo tiempo, seguir profundamente vinculada al pueblo, también atraviesa su proyecto. Porque Quino y el valor de las palabras no es solo un cuento: es una forma de entender la infancia desde la calma, la escucha y el respeto por los tiempos de cada niño.

    La idea nace de algo que Cristina ha observado durante años. Como docente y como madre, ha convivido con una realidad que se repite más de lo que parece: niños que sienten mucho, pero no encuentran la forma de decirlo. “Muchas veces pensamos que no hablan porque no quieren o porque son tímidos, pero detrás hay miedo, inseguridad o bloqueo emocional”, explica.

    En ese contexto aparece Quino, el protagonista. Un niño que quiere hablar, pero no puede. Un personaje que, lejos de ser una excepción, representa a muchos otros. Porque, como señala la autora, el cuento no habla solo del miedo a hablar, sino de otros muchos miedos: a equivocarse, a no encajar, a no sentirse suficiente.

    Hay, además, una experiencia personal que marca el punto de inflexión del proyecto. Tras la pandemia, uno de sus hijos vivió una situación muy similar a la de Quino: en el colegio se bloqueaba y apenas hablaba, mientras que fuera se expresaba con total normalidad. Fue entonces cuando Cristina comprendió, desde dentro, lo que sienten muchos niños que atraviesan situaciones como el mutismo selectivo o los llamados “miedos invisibles”.

    A partir de ahí, el cuento toma forma con una intención clara: acompañar, no presionar. “Los niños no necesitan que les obliguemos a superar el miedo rápido, sino sentirse seguros y comprendidos”, defiende.

    Este enfoque se traslada también al formato del libro, que no se queda únicamente en la lectura. Incluye recursos prácticos —a través de un código QR— para trabajar las emociones tanto en casa como en el aula, convirtiéndose en una herramienta útil para familias y docentes. A ello se suma la reciente publicación de su versión en inglés y un cuaderno complementario con actividades que refuerzan la autoestima y la expresión emocional de forma lúdica.

    Más allá del contenido, el mensaje de fondo es claro: vivimos en una sociedad que exige rapidez, pero los niños necesitan tiempo. “Cada vez vemos más inseguridades y dificultades para gestionar emociones. Y muchas veces esperamos respuestas inmediatas cuando lo que necesitan es justo lo contrario”, reflexiona.

    En ese proceso, el papel de los adultos es determinante. Padres y docentes no solo acompañan, sino que condicionan la manera en que los niños viven sus propios miedos. Y ahí, según Cristina, está una de las claves: entender que acompañar no es empujar, sino estar presente.

    Presentar este proyecto en Capdepera tiene, por tanto, un valor especial. No es solo dar a conocer un libro, sino cerrar un círculo. “Es volver a casa también a través de este cuento”, afirma.

    Y quizá ahí está el verdadero sentido de esta historia: en ese viaje de ida y vuelta entre la infancia, la experiencia y el lugar de origen. Porque, al final, Quino y el valor de las palabras no solo habla de niños que buscan su voz, sino también de adultos que aprenden a escucharla.

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