Ni mejor ni peor, simplemente diferente.
Los pescadores que, en su mayoría, organizan y mantienen las celebraciones de Nuestra Señora del Carmen, patrona de Cala Rajada, tienen derecho al descanso. Es extenso el programa festivo del mes de julio que ellos promueven y sustentan. Sí, hubo algún día de la primera quincena del mentado mes en que no se celebraron actos en el Moll, y es que las verbenas terminaban muy tarde; había que reorganizar el espacio para tenerlo en condiciones para el siguiente evento.
¡Un bravo enorme para ellos! Y por el feliz desenlace del denso y variado elenco de actividades portuarias. ¡Es que no paran! Entre paellas, calderetas y otras viandas, redondean esos vocacionales hombres de mar las mejores fiestas del estío, en un indeseado escenario debido a órdenes superiores. El pobre suele ser siempre quien pierde…
Y, solamente un «pero…»:
___ «Se desaprovechó la magnífica ocasión —según nos cuenta un devoto feligrés de la Virgen, Juan Sancho— por parte de quien fuera el responsable parroquial, de presentar y, a la vez, felicitar al nuevo provicario general de la Diócesis, mossèn Nadal Bernat Salas, hijo de Cala Rajada y concelebrante del Oficio del Carmen en el Moll. Como buen gabellí, de cuya humanidad y humildad nos sentimos orgullosos, Nadal jamás deja de acudir al evento marinero. En muchos pueblos, con motivo de las fiestas patronales, se concede al sacerdote «hijo de la villa» el honor de presidir los actos… Hace años que aquí, en nuestra zona, no se observa tal distinción (devotum dixit).» ¡Ja ho val!
Un dron para poder disfrutar de «focs artificials»
Más fiestas: Y es que este preámbulo nos iba a servir (a María y a mí) para rememorar antiguas vivencias ya desaparecidas que formaron parte de la programación de festejos veraniegos que se iniciaban en El Carme y terminaban en Sant Bartomeu, pasando por Canyamel y Es Carregador (Santa Catalina Thomàs), Sant Roc y un añadido reciente en Font de Sa Cala.
En Canyamel existe un templo ecuménico para actos de diferentes religiones, inaugurado hace 43 años, dedicado en principio a San Pablo, más tarde a Santiago Apóstol y, finalmente, a la Beateta. Si el jesuita Nicolau Pons levantara la cabeza, seguramente le costaría entender cómo en un mismo municipio existen dos oratorios dedicados a la misma advocación: el de Canyamel (que lo celebra este fin de semana) y el de Es Carregador (el día 1 de agosto)… pero ¡por fiestas que no quede!
Un dron. El primer paso lo ha dado el Ayuntamiento de Lloseta y otros municipios lo vienen secundando. ¿Será Capdepera uno de ellos? Se trata de sustituir los tradicionales fuegos artificiales de las fiestas por drones que provocan el mismo efecto lumínico, pero sin riesgos de provocar incendios por las chispas que puedan producir. Este es un ejemplo de aplicación correcta de las nuevas tecnologías. Algunos ayuntamientos se han sumado a esta iniciativa y otros —¿el de Capdepera?— lo están debatiendo. La idea resulta bastante razonable. Un dron pirotécnico cuesta alrededor de mil euros y por trescientos se puede alquilar. ¡¡No dejen sin «fuegos» a los vecinos de Capdepera, señores políticos, por favor!!
Debemos conservar las tradiciones
¿Alguien se acuerda del «tiro al pichón», del «tiro al plato», de las carreras pedestres, de las «cucañas», de las carreras de cintas, las «ginkanas», las corregudes encalçant el gall o las carreres dins sacs?
Se lo pedimos a l’amo en Pedro de Son Jaumell, portador de un bagaje de años saludables sobre sus espaldas. Y es que Son Jaumell, que fue predio y ahora es hotel, años atrás, muchos años atrás, fue pista de carreras de caballos y escenario de competiciones varias con motivo de las fiestas de Sant Bartomeu.
Y, aunque aseguran que en este 2026 volverían allí las pruebas hípicas que se han celebrado en los últimos años en Es Cavaller, la evidencia, ahora mismo, parece ser otra: ¡se terminaron las carreras por Sant Bartomeu! ¿Qué pensaría de ello el abuelo del regidor de Fiestas y otros amigos suyos, siendo el partido gobernante en el pueblo, precisamente, el garante de conservar las tradiciones?
Pero en Son Jaumell, en un fortín habilitado al efecto, a lo largo de los últimos años de la dictadura —y en presencia de la hija del caudillo Franco y su marido, el marqués de Villaverde, junto con su, ahora, famosa hija, además de los próceres locales, la familia March al completo con sus vástagos— tuvieron lugar competiciones de tiro al plato de alto standing. También de tiro al pichón, con el palomo como víctima, modalidad ya desterrada.
El tiro al plato, con cazadores venidos de todas partes, tuvo, sin embargo, continuidad entre Son Moll y Sa Pedruscada, en un mirador sobre un escar que cierto funcionario municipal hizo construir subrepticiamente y que congregaba a multitudes de toda la comarca. Aún existe el lugar, acondicionado con bancos para el descanso y el solaz, en cuyo subsuelo una galería conduce desde un gran casal hasta las dependencias del escar, actualmente controlado por la Demarcación de Costas.
Rodelles. Antes de que existieran los fuegos artificiales, las gentes gabellinas, en la víspera de Sant Bartomeu, acudían a un acto religioso denominado Completes, tras el cual, en procesión, salían los sacerdotes —que eran más de uno en aquellas cosechas de seminaristas de antaño— y los monaguillos, vestidos con sotanas negras unos y rojas otros, según el servicio que prestaban a la parroquia, rodeando la plaza del templo.
A continuación se encendía una rodella —vistoso fuego de artificio de colores que daba vueltas colgado de un palo— y se disparaba una pequeña traca. Después de este acto cívico-religioso, los vecinos se trasladaban a la plaza del Sitjar, donde la Banda de Música interpretaba un largo concierto sobre el catafalco o escenario instalado al efecto.
Allí seguían disparándose cohetes, rodelles y tracas, alternándolos con la interpretación de las diferentes piezas musicales por parte de la Banda. Desde Es Sitjar, al finalizar el concierto, el público se desplazaba a lo que hoy es la calle Sanç I, donde, en el antiguo Teatro del Recreo, numerosas personas, con máquinas manuales de madera accionadas mediante una manivela, elaboraban sabrosos helados que se repartían entre los asistentes.
En la plaza de l’Orient había verbena con varias orquestas. Y, la noche del día del patrón, representación de teatro regional, con un joven Xesc Forteza que, cada año, acudía a la cita con una nueva obra cómica y su elenco de actrices y actores, entre los que se encontraba el recordado gabellí Joan Maria Melis.
Incendio. Y sí, desde S’Alzinar —conocido el lugar como «S’Escola Nova», aún sin terminar—, rodeado de abundante vegetación, como en la actualidad, un gran castillo de fuegos artificiales coronaba el final de las fiestas.
Hubo un año, en 1961, coincidiendo con los festejos y con los paperines ya colocados, en que, desde Son Bessó hasta Sa Cala, toda la cordillera de Sa Cova Negra, Ses Penyes y el Puig Seguer sufrió un descomunal incendio que se inició cuando un labriego limpiaba carrizo en su huerto y no pudo controlar el fuego a causa del viento. Aquel pobre hombre jamás volvió a ser el mismo y falleció al poco tiempo.
Para controlar los desastrosos efectos del incendio se desplazó hasta Capdepera un contingente de Artillería y otro de Infantería —nadie hablaba entonces de bomberos— y, con la ayuda de los vecinos, consiguieron, al cabo de dos días, que el fuego no llegara hasta Sa Cala.
Afortunadamente, en este sector todavía no había casas, chalets ni propiedades de valor, y las escasas que existían fueron protegidas de inmediato. Los festejos se suspendieron —prácticamente estaban finalizados— y los vecinos pudieron respirar aliviados.
Imagínense contemplar, desde la plaza de l’Orient, las enormes llamaradas que recorrían la montaña de Ses Penyes, con el consiguiente peligro que suponían las piñas de aquel vasto pinar saliendo despedidas hacia el pueblo, que tuvo que retirar de sus terrazas las enramadas de leña que protegían las viviendas del sol y del calor. Lástima no poder contar con instantáneas de aquel suceso.
Mi abuelo (el de Pep Maria), cuando le leí lo que acabo de redactar, me confirmó lo escrito. Él vivía en la calle del Puerto, muy cerca de l’Orient. Un servidor, su nieto, apenas recuerda haber estado en mi niñez en aquella casa que, actualmente, es un pequeño hotel y que perteneció a mis bisabuelos, donde, por curiosidad, María y un servidor nos hemos alojado cuatro días.
Disculpen el desvío que hemos efectuado hablando de fiestas, aunque ese devastador incendio también forma parte de la historia de los días dedicados a Sant Bartomeu. Verlo para poder contarlo, como lo pudo ver, y así nos lo relató, l’amo en Pedro de Son Jaumell.
¡Gracias!






