El que fuera, hace medio siglo, un emblemático establecimiento, se recuperará en la plaza de l’Orient, al servicio del público en general
La plaza de l’Orient recuperará el establecimiento dedicado a bar o café que, desde 1919, con la denominación de “La Palmera” estuvo dedicado al público hasta finales del siglo XX, pasando el espacio a dedicarse a entidad bancaria, la cual, a su vez, con la desaparición de Bancos y Cajas en la localidad, dejó vacío el local que confronta con la mentada plaza y la calle Centre.


Las familias de Pere Joan Llabata, Juan Font y Juan Ferragut fueron quienes regentaron, a lo largo de muchos años, el emblemático establecimiento, el cual, por cierto, fue el primero en Capdepera en instalar un televisor en blanco y negro, que congregaba la expectación de los vecinos y convertía aquella casa en animado centro social. Quienes estaban ansiosos de contemplar las imágenes de aquel aparato aguardaban ansiosos frente a él, a la espera de que las interrupciones, interferencias y escasa visibilidad, no entorpecieran el visionado.
El “Diumenge de l’Angel” — cuando éste se celebraba, claro, después del domingo de Pascua – se iniciaba la temporada de verano en la terraza que, enfrente del bar, reunía a jóvenes parejas y matrimonios, degustando la primera y deliciosa “llet freda” veraniega.
El personal de la administración de Correos y Telégrafos que estuvo ubicada en la calle de Segadors Gabellins o, antes, en la misma calle del Centro, ambas distantes escasos metros de “La Palmera”, aguardaba allí la llegada del autocar de “Ca’n Terres” que trasladaba la correspondencia desde la capital. El autocar tuvo dos paradas, a lo largo del tiempo, en “Sa Creu” y en “L’Orient”.


Aunque la estampa bucólica de la zona –, algunos, todavía, lo recordarán – era la presencia, en la misma esquina del café, del carrito de venta de helados de Juan Flaquer y su esposa, en época estival, a los que un inefable periodista local que tenía en el piso superior, sobre el bar, su oficina, les dedicó al matrimonio una especie de “slogan” que se hizo muy popular.
El “café La Palmera”, según cuenta un escrito de fecha 28 de junio de 1919, año de apertura, publicado en un diario de la época, sin firma, guardado por los propietarios del edificio, cuyo contenido — quien servía en el establecimiento, concretamente Juan Font Porret — leía a sus clientes en no pocas ocasiones, produjo la hilaridad de los mismos. Como anécdota, se lo reproducimos:
___”Guerra a las moscas.- Ahora es el mejor tiempo, con la calorcita de principios de verano, con el ambiente todavía primaveral, para que las moscas vayan apareciendo. Si no nos afanamos, ahora, en declararles la guerra corremos el peligro que vayan aumentando en número de mala manera. Leed la estadística de la multiplicación de la mosca: Una mosca, a principios de abril, representa 12.000 moscas a mitad de mayo. A principios de junio, ya son 990.000 que, en agosto, se incrementan hasta los 186 millones”. ¿Quién debía ser la persona, el fenómeno, que podía contarlas con tanta precisión? Pues – continuaba el redactor –, matar una mosca, ahora, representa eliminar 186 millones en agosto. La mosca es una bestezuela que deshonra nuestras calles y profana nuestras casas. Ensucia todo cuánto toca, deja el hogar pringado y a traición; es un estigma indecoroso, un signo de retraso social, es demostración de incultura. Diferentes formas y sistemas han encontrado los hombres que, con ingenio, han hecho la vida imposible a las moscas: con pequeñas palas, abanicos, papel impregnado con pasta, dejarlas a oscuras.. es decir, hacerles el vacío a través de diversos procedimientos. Aunque el mejor sistema para prevenirlo es la limpieza, la limpieza y la limpieza. ¿Qué malograda idea fue la de aquella monjita que pidió a Dios que le mandara alguna cosa que la hiciera sufrir y la molestara, para así poderse ella ganar el Cielo? I, claro, Dios le mandó las moscas..”. Sin más comentarios.
Juntamente con otras imágenes que completan este artículo, acompañamos una fotografía del café “La Palmera”, en 1919, un tanto deteriorada, de autor desconocido, que da fe de cómo era el establecimiento en los comienzos de su trayectoria.
