En el capítulo precedente, dejamos a Jorge Prubí i Camps, (a nuestro protagonista le cambié el nombre y apellidos, como ya saben y conocen los más avezados de mis lectores), en la cueva que él había descubierto y que el resto de mortales parecían desconocer. Lo único que desentonaba algo en aquel lugar, en aquel antro, era la tétrica presencia de una calavera, era un mondado cráneo cuya base o mandíbula inferior descansaba sobre una de las estalagmitas y justo frente al camastro.
Para Jorge Prubí, aquello no tenía nada de macabro, pues le hacía de adorno y compañía, ya que éste era el testimonio de un hermoso e inolvidable recuerdo que le hacía rememorar una dulce y elaborada venganza hacia un ser que tuvo la tremenda osadía, o más bien la desgraciada idea, de burlarse de él…, y en público. Y ésta es la historia:
Fue durante un invierno, y a razón de su deseo de pertenecer al Círculo mencionado del Recreo, en Capdepera. En aquel tiempo asistía a las tertulias que allí se celebraban, con asistencia de las ”fuerzas vivas” del pueblo, donde el entonces veterinario local, hombre mordaz que siempre intentaba, con su verborrea, acaparar la atención de los demás, en cierta ocasión al señor Prubí , que se hallaba sentado cerca de ellos, le dio por meter baza, para contradecirle en una de sus peroratas, y a don Sebastián, el veterinario, no se le ocurrió cosa más nefasta que decirle al catalán:

___” Señor.., o lo que sea. En este entierro creo, por no decir que estoy seguro, carece usted de vela; pero para que no me crea rencoroso por su inoportuna intervención, interrumpiendo, le ofrezco encantado mis servicios. Puede venir a mi consultorio cuando guste que, allí, será atendido como se merece..”.
Aquella invitación del veterinario fue acogida con una de las mayores carcajadas que se recuerdan en el Casino del Recreo, de Capdepera, y Prubí se juró a sí mismo, que le haría pagar aquella afrenta.

Fue un soleado día del mes de enero, en que estaba merodeando cerca de la cueva, y estaba a punto de entrar en ella, cuando vio que se aproximaba un pescador de caña que se disponía a ocupar una de las muchas pesqueras que por aquella bonita costa hay diseminadas. Era el veterinario.
El catalán ya sabía de la afición de aquel por la pesca y esperó, con paciencia, la ocasión que, ahora, le deparaba el destino. Al pasar el veterinario por su lado aparentó con suma hipocresía haber olvidado el bochorno por el que hizo pasar a nuestro protagonista, en el Casino, unos días antes. Lo saludó amablemente y le hizo un comentario sobre el estado del tiempo y hasta le deseó buena pesca. El veterinario correspondió a su saludo, también con amabilidad, y se dirigió hacia la orilla. Al verlo, desde lo alto de aquel macizo rocoso, ya sentado sobre una roca junto al mar, armadas sus cañas y dándole la espalda, Prubí se coló, con la presteza de un conejo, en su agujero.

No tardó en salir de él con una pequeña cesta y, bajando por el declive de la ladera, se dirigió hacia donde se hallaba el veterinario. Éste, en vista de que los peces no picaban, ya plegaba sus aparejos dispuesto a abandonar el lugar. Cuando vio a Prubí cerca de él se extrañó…
__ “¿No pican? , preguntó don Jorge.
__”Ni por asomo, ha cambiado el tiempo y viene el aire de la parte de Son Servera. Mal asunto para la pesca. He decidido dejarlo”, respondió el veterinario ocupado en recoger sus bártulos, sin fijarse en la mirada de don Jorge.
__” ¿No sabe el “dicho”? – continuó don Sebastián – Vent serverí, ni peix ni coní. Y, usted, ¿no pesca hoy?”.
___”Por la misma razón he abandonado”.
___ “Y ¿esta cesta que lleva, don Jorge, contiene algo interesante?”
___ “¡Bah..!, son bagatelas, pequeñas cosas que encuentro en mis excavaciones. ¿Quiere verlas?. Don Jorge se las mostró, una por una. Eran pequeñas figuritas de bronce, representando guerreros de otras épocas.
___ “¿Bagatelas, ha dicho? ¡Pero, si esto tiene un valor incalculable! En cualquier museo, seguro que le darían un dineral por ellas. Y, si no es mucha indiscreción, ¿dónde las ha encontrado?”.
___”Ahora mismo le puedo enseñar uno de los sitios, si es que me promete total discreción y no revelárselo a nadie en absoluto. Compréndalo, don Sebastián, es un secreto que nunca he compartido con nadie. No lo sabe ni la buena de la Núria, mi mujer..”
Y así fue como el taimado don Jorge Prubí i Camps logró que aquel odiado veterinario traspasara el estrecho y oscuro umbral de su escondrijo.
__”¡¡ Pero si esto es maravilloso!!.
Fueron las últimas palabras que pronunció el invitado, que puso un pie en falso al descender a la caverna, con tan mala fortuna que fue a caer en el precipicio marino que, enfrente de la oquedad, de la boca lateral de la cueva, existía, siendo arrastrado, inconsciente debido al golpe sufrido, hacia la inmensidad del mar, desapareciendo por in secula seculorum….
Por mucho que se rastreara, peinara o se batiera la zona de Capdepera, y su término municipal, por la Policía Local y patrullas de la Guardia Civil, no se pudo hallar ni el más mínimo rastro del pobre don Sebastián que desapareció tan misteriosamente del pueblo, y para siempre. Estuvo su plaza vacante durante mucho tiempo, a la espera de que, algún día, apareciera. Vana esperanza…
Prubí decía por la villa — y también lo comentó en una comida en el hotel Son Moll, con motivo de una celebración de una fiesta de submarinistas a la que él pertenecía— que no creía que el veterinario regresara y, desde luego, él en su fuero interno, tenía buenas razones, una mejor base, para creer lo que decía, y que los demás no comprendían. Entonces.. ¿ de quién debía ser aquella calavera, que en su pelado cráneo, apuntaba unos pequeños cuernos que hacían dudar de pertenencia a persona humana, existente en la cueva? Con el tiempo, transcurridos muchos años, un personaje femenino proveniente de lejanas tierras, desentrañaría el misterio. Aunque el señor Prubí ya no pudo conocer este hecho.
Aparte de lo que, con anterioridad, se ha expuesto, no era raro que Prubí se sintiera muy orgulloso como espeleólogo al saberse poseedor de aquella joya que él, y sólo él, había descubierto: Su Cueva. Y se sentía feliz, por muchos otros motivos de satisfacción que ello le producía. Era su segunda casa… Echado sobre su catre tenía tiempo para rumiar su venganza. Pensaba que existen muchas maneras por la que pueda fenecer una bella mariposa:
La primera, por lo efímero de su vida; la segunda por imprudencia, al acercarse demasiado a los objetos luminosos, o candentes, como puedan ser una bombilla, velas o un quinqué. O, también, a un ardiente individuo como él mismo, de cálido y fogoso temperamento, como hizo Erika.
Y siguiendo con sus pensamientos: O bien por ser cazada, y el cazador poder ser un mero coleccionista de lepidópteros o un (valga la redundancia) mero pescador de meros, o un depredador como la hormigaleón, o una paciente araña. Prubí se consideraba como una mezcla de todos ellos juntos. No tenía red pero tenía una hermosa trampa: su Cueva. Se le daría muy bien hacer de viuda negra, tan negra ( valga, otra vez, la redundancia) como sus negras intenciones. Don Jorge Prubí i Camps no perdonaba…

Encendió uno de los quinqués, se quitó el meyba y se sentó dentro de aquel lago. El agua allí estaba deliciosamente fresca, había cabotes y cangrejillos que no se acercaban a él. Escondidos, por miedo a la presencia humana, se encontraban multitud de artrópodos y de los llamados zapateros, peludos ellos. Salió del lago, aliviado física y anímicamente por las frescas aguas y desde dentro de una vieja maleta de cartón sacó una toalla para secarse y mirando hacia el agua, cual espejo, se atusó sus escasos cabellos. Una vez vestido, tomando la cesta de los trebejos, salió de la gruta. Hacía tres días que no veía a Nuria, su esposa; ella estaba ausente cuando se marchó para ir a reunirse con los Litmann, aquel matrimonio de reciente y desagradable recuerdo. Había dejado una nota en la mesa de su casa para que Nuria la leyera con la excusa de ir a cerrar un negocio sobre una colección de objetos antiguos. Continuará… //
