Julián Parra Ballesta, de 67 años, ha regresado a Capdepera después de casi medio siglo para reencontrarse con los amigos de su infancia. Nacido en Madrid en octubre de 1957, llegó al municipio con tan solo cuatro años y vivió aquí hasta los diecinueve. Hoy, jubilado y con más tiempo, ha decidido volver a pisar las calles y revivir los recuerdos de una época que marcó su vida.
Su anfitrión en este reencuentro ha sido Jeroni Sureda, quien se ha encargado de contactar a los amigos de la infancia de Julián para que la emoción del reencuentro fuera completa.

El deseo de volver a Capdepera
—¿Qué te ha llevado a regresar y reencontrarte con tus amigos gabellins después de casi 50 años?
—Siempre he tenido la ilusión de volver a pasar unos días con ellos, recordar anécdotas y revivir momentos maravillosos de nuestra infancia. Ahora, con la jubilación, tengo más tiempo y he querido aprovechar la ocasión para estar con ellos.
Entre sus amigos de siempre, Jeroni Sureda, Toni Tous y Juan Terrassa (Ruiz) ocupan un lugar especial en su corazón.
Los primeros años en Capdepera
—¿Cómo fue tu llegada al municipio?
—En Capdepera vivía mi tío Boni, hermano de mi padre, que fue uno de los primeros peninsulares en llegar aquí. A través de mi tía Paquita, casada con mi tío José, nos enteramos de que había mucho trabajo en la zona. Mi madre, que pasaba por una situación difícil sola con un hijo, no tuvo problemas en encontrar empleo en la panadería de Can Vila.
La tía Paquita trabajaba de sirvienta en Madrid para una familia que venía de vacaciones a Capdepera. Fue con ellos y su servicio que Julián y su madre llegaron al municipio, sin imaginar que su vida tomaría un rumbo completamente nuevo.

Primera comunión de Juan Antoni hermano de Julián, izquierda derecha, Biel Ferrer, J.M.Otero, JULIAN, Juan Terrassa (Ruiz)
Una nueva familia en Capdepera
En Capdepera, la madre de Julián conoció a Virginio, un hombre viudo que trabajaba en Son Jaumell y Cala Moltó y que era muy querido en el pueblo.
—Le presentaron a mi madre y, con el tiempo, se casaron. Virginio fue mi padrastro, una buena persona muy estimada. Junto a él, la familia creció y hoy somos seis hermanos, cinco de ellos nacidos en Capdepera.
La escuela en S’Alzinar y los primeros trabajos
Julián estudió en S’Alzinar, donde tuvo como maestros a don Miquel Moll, don Juan Llull y don Francisco, de quienes guarda grandes recuerdos.
—Don Miquel llegó a decirles a mis padres que yo era un buen estudiante y que, si podían, me dieran la oportunidad de continuar los estudios. Pero en mi casa no fue posible. Aun así, en S’Alzinar obtuve mi certificado de estudios.
Con la precariedad de la época, pronto tuvo que empezar a trabajar para ayudar en casa.
—A los nueve años trabajé dos meses en la bolera del Búfalo, colocando los bolos. Con el dinero que gané, compramos la primera televisión en blanco y negro para casa. Mis padres estaban contentísimos.
Años después, su maestro don Juan Llull, consciente de la situación de la familia, le ofreció trabajo en su hotel, el Cortijo.
—Gracias a los bocadillos, cruasanes y laccaos que comí allí, pude seguir adelante. Después, trabajé de camarero en verano, primero en el Negresco y luego durante cuatro temporadas en el Hotel Cuevas. En invierno, fui peón de albañil con Pepe Gómez, una buena persona que conocía a mis padres.
El cambio de rumbo: Madrid e Ibiza
En 1975, con dieciocho años, Julián y su familia dejaron Capdepera para mudarse a Madrid, donde su madre tenía un hermano que les animó a empezar una nueva vida allí.
—En Madrid no fue fácil, pero en Ibiza encontré una gran oportunidad. Conseguí trabajo en Iberia, donde, además de trabajar, estudié. Gracias a la compañía pude viajar bastante y obtener el título de enfermería, lo que me permitió conseguir una plaza fija en el Hospital de Ibiza.
El regreso a Madrid y su vocación en enfermería
En 2004, Julián decidió volver a Madrid para cuidar de sus padres, que ya se encontraban en mal estado de salud.
—Todos mis hermanos estaban casados. Yo era el único soltero y sentí que era mi deber hacerlo. Si hubiera estado casado, habría dicho a mis hermanos: «Esto hay que arreglarlo».
Durante su estancia en Madrid, trabajó un año en una residencia de enfermos de alzhéimer, pero la experiencia no fue la mejor.
—Las familias de los enfermos creen que nosotros somos los únicos responsables de su bienestar y no siempre es fácil lidiar con ello.
Más tarde, se presentó a una convocatoria para la Cruz Roja de Madrid y consiguió entrar.
—Gracias a Dios, obtuve un puesto de día. Durante 17 años trabajé como enfermero en un centro de drogodependientes. Allí me di cuenta de que el mundo de las drogas no es lo que nos imaginamos: es una enfermedad como cualquier otra. Participamos en congresos en distintas partes de España y en Ceuta. Finalmente, me jubilé en la Cruz Roja a los 67 años.
El reencuentro con Capdepera y Cala Rajada
—¿Cómo has encontrado Capdepera y Cala Rajada tras casi 50 años?
—Capdepera la he visto muy bien, pero Cala Rajada… ha sido un desastre para mí. No me lo esperaba. Ha crecido y crecido sin control. No entiendo por qué se han construido tantas casas si en Capdepera hay muchas que se están derrumbando.

Comenzando por la izquierda, Biel Ferrer, Lluís Quiscafre, Miquel Flaquer (Recreo), Juan Tous, Miquel Flaquer Colom, Pedro Alzina, Paco Sancho, Julián Parra, Pere Nebot, Jeroni Sureda, Matéu Massanet, Toni Tous, Salvador Vives y Juan Mayol
Un regreso cargado de recuerdos
Julián ha vivido unos días intensos, repletos de recuerdos y emociones. Su memoria sigue intacta, recordando con lucidez cada rincón, cada amigo y cada momento de su infancia.
—Volver a Capdepera ha sido una experiencia inolvidable. Los recuerdos que guardo son tan buenos como la gente que traté en mi estancia en este municipio.
Con su regreso a Madrid, Julián se lleva consigo un sinfín de vivencias y la certeza de que, a pesar del tiempo y la distancia, los lazos de la infancia nunca se rompen del todo.
