De unos años a esta parte venían perpetrándose robos durante las fiestas de la Villa. Es decir, los robos se cometían en Cala Rajada y cuando eran sus fiestas patronales, los hurtos se cometían en Capdepera. Una explicación fácil, no carente de lógica. Cuando los festejos de San Bartolomé, patrón del pueblo, los habitantes del puerto, que distaba algo más de dos kilómetros, subían en carros, bicis o coches para disfrutarlas, dejando prácticamente vacía la localidad marinera y, al revés, Capdepera se volcaba en Cala Rajada cuando era festejado su patrón San Roque.
Quien más sabía sobre ello era Antonio “Coret” (del que les hablábamos en anteriores narraciones), el cual aprovechaba tal coyuntura para hacer su agosto (y nunca mejor dicho), ya que ambos acontecimientos coincidían en este mes. Con su pequeño “llaut” salía de la isla de Menorca y regresaba cargado, con su rapiña o botín, desde Mallorca. Dos veces, ida y vuelta, cada año. Ello le producía pingües beneficios que añadidos a su gran afición a la pesca, y a la conquista de jóvenes extranjeras en las hermosas playas del litoral, le bastaban para bien vivir; es decir, sin excesivo trabajo y convirtiendo esas ocupaciones en puro placer.
Toni había sido uno más de tantos seminaristas de oportuna vocación, aprovechaba esa adquirida cultura, acompañada de un buen físico, para hacer de Don Juan, seduciendo extranjeras con ganas de ser embaucadas, y que solían ser las más descocadas.

También, para asegurar el buen éxito de su no menor afición por lo ajeno, se hacía valer de los servicios de un pariente que tenía en el mismo pueblo de Capdepera, el cual trabajaba en una agencia de transportes. Montado en su bici, este pariente, entregaba cartas y paquetes por el pueblo y la colonia veraniega… Nadie mejor para tener informado a Toni “Coret” en lo concerniente a allanarle el camino en su delictivo quehacer. Conocía, por su frecuente trato, las casas y chalets de gente pudiente; los nombres de sus propietarios; la forma de acceder a ellas; el servicio doméstico que poseían; si tenían alarma, perro o no, etc. cuando abandonaban sus temporales hogares para irse, o cuando regresaban a ellos.
Tià (Sebastián), que así se llamaba su primo, podía hasta dibujar un plano de la casa, o jardín de la misma, a fin de que Toni estudiara el más fácil acceso a su interior.


Aquel primo, más que primo era todo un primor, una joya inapreciable y, nuestro hombre, generoso, se lo demostraba con dádivas crematísticas, o con buenos regalos, si el botín conseguido era importante. Sebastià, que aunque pobre era un “snob”, podía lucir sobre su delgado cuerpo camisas a medida y de buen paño, gracias a una vecina que se dedicaba a confeccionar esas prendas para gente con menos pretensiones que él, como eran los payeses. Además, usaba acampanados pantalones, tan de moda en aquel tiempo. Presumía, asimismo, de un reloj en la muñeca, y podía permitirse algún que otro capricho más. Saludaba amablemente a las mujeres que tomaban el fresco, en esta época de verano, en los soportales del carrer Fondo, u otros.


Su exiguo bigote se elevaba al sonreir creyendo, envanecido, causar una gran sensación con el aleteo que le daba, al caminar, a los mentados pantalones o, cuando al mirar la esfera de su reloj elevaba las cejas de forma ostensible y presuntuosa. Un bicho raro, en una palabra, pero muy útil para Toni “Coret”; o, por lo menos, éste así lo creía…
