Es de justicia hacer constar que en las partidas de gastos de la construcción de la parroquial Iglesia de San Bartolomé de Capdepera, apenas si figuran otros jornales que los del personal técnico, tales como maestros albañiles, carpinteros, maestro de cantera, del horno de cal y arreglos de herramientas y utensilios que empleaban en dichas obras, prueba de que cumplía nuestro pueblo el compromiso que había contraído de prestar su ayuda gratis, como se indicó al hablar del presupuesto.
Es, no obstante, un capítulo relativamente importante el gasto en vino y aguardiente para obsequiar a los trabajadores que figuran a través de la lista, principalmente en los primeros años. El primer gasto fue comprar el terreno en donde debía emplazarse el nuevo Templo, que era de “l’amo En Garau Melis (a) Capet” el cual costó 55 libras, más otra parcela a Miguel Sancho, que probablemente corresponde a lo que es huerto de la casa rectoral, pagándose por él 9 libras.
El coste de las obras, hasta la bendición de toda la Iglesia, ascendió a 2.293 libras, 7 sueldos y 8 dineros, que son unas 7.600 pesetas, de las cuales unas 4.400 se gastaron en jornales y 3.200 en materiales, arreglos de herramientas, en vino y aguardiente, y otros gastos de menor importancia. Hasta final del estucado, año 1850, en que puede considerarse ya terminado el templo, el gasto total ascendió a 3.732 libras, unas 12.440 pesetas, cantidad que puede darse como el coste total de la nueva Iglesia.
Muchos y variados fueron los medios que se arbitraron para recaudar fondos con que atender los gastos de las obras: en primer lugar, las colectas de las misas, siendo la primera que se efectuó la del 28 de mayo de 1829, donde se recaudaron 9 libras, 13 sueldos y 6 dineros, continuando todos los domingos hasta el final. Hacíase anualmente la colecta de los granos a favor de las obras, recogiéndose varias cuarteras de cereales y legumbres, ofrecían también mucho aceite para la lámpara y se vendía el sobrante; organizaban igualmente sorteos de objetos preciosos, como botones de oro, pendientes, medallas y cosas parecidas. El Ayuntamiento cedía parte de los arbitrios municipales, cuyo importe ascendía a 7 y 8 libras mensuales; había donativos de particulares y afluían también, como aportación municipal, las multas que se imponían a los maleantes y contraventores de la ley. No faltaron algunas suscripciones entre los vecinos, principalmente al llegar algún gasto importante, y también se vendían tejas que sobrepasaban las necesidades de la obra, al igual que yeso, alquilándose por un año la alfarería por 30 libras. Merece especial mención la obra de palmito que los afanosos feligreses tejían en favor de la Iglesia, figurando repetidas partidas procedentes de estos trabajos que daban considerables cantidades como 20 y 30 libras por partida. También cedían para el mismo fin los desperdicios o “espussims” viéndose aportaciones de 25, 42, 49 y 72 quintales, que supusieron unas 150 libras a favor de las obras.
Más arriba, en el capítulo VI, se hizo alusión al celo con que trabajaba en favor de la nueva Iglesia, el Rdo. P. Miguel Ferrer, extrinitario, de cuyos donativos se hace mención frecuentemente en el libro de cuentas, lo cual hace suponer que su labor se orientaría a recoger limosnas con que ayudar a los esforzados “gabellins”. Sus donativos son muy variados y, en conjunto, alcanzan cantidades considerables. Más, por su valor moral que por su cuantía material, merecen destacarse las aportaciones de algunas personalidades ilustres, como un legado de 20 libras del M.I. D. Antonio Dameto; otro legado de 12 libras y 10 dineros del Rdmo. Sr. Obispo D. Antonio Pérez; una limosna de 6 libras y 8 sueldos del Director de Telégrafos D. Antonio Roca; otra limosna del Secretario de Ferrerías (Menorca) de una libra y 12 sueldos; del Ilmo. Y Rdmo. D. Miguel Salvá, Obispo, una de 12 libras y del Excmo. Sr. Fiscal del Tribunal Supremo de Gracia y Justicia otra limosna de 2 libras y 17 sueldos.
Estos fueron los medios principales con los que nuestros entusiastas y fervorosos antepasados pusieron en práctica para atender a los gastos de las obras, recayendo sobre ellos el peso principal y su aportación mayor era un trabajo desinteresado y gratuito. Su esfuerzo es digno de nuestra admiración y merece nuestra gratitud que deseo sea unánime y sentida. La parte principal de la Iglesia no es el edificio material, sino la asociación de fieles que unidos al Sumo Pontífice de Roma y a sus legítimos pastores forman la Iglesia militante que peregrina por este mundo camino de la eternidad. Construído el edificio había que fomentar el espíritu de piedad, la vida sobrenatural que nos incorpora a Cristo formando su Cuerpo místico. A esto vinieron las asociaciones piadosas que, mediante el cumplimiento de sus respectivos reglamentos, acrecentarían en sus afiliados la práctica de la virtud. Las que se han erigido, desde entonces, son las siguientes, con sus fechas de fundación:
__ Asociación de Hijas de Maria. 26 de agosto de 1872 / Asociación de Madres Cristia-nas, 20 de noviembre de 1888 / Cofradía de la Doctrina Cristiana, 25 de julio de 1895/ Asociación del Sagrado Corazón de Jesús y Apostolado de la Oración, 13 de febrero de 1896 / Tercera Orden Secular de San Francisco, 24 de febrero de 1946 / Cofradía de Nuestra Señora de la Esperanza, 30 de diciembre de 1947. Las 4 Ramas de Acción Católica y los dos Aspirantados, en los años 1940 a 1944.
