Era en la década de los años cincuenta cuando empecé a trabajar en el arrastrero Águila Folio 220 – 3ª. Mi padre era el capitán, o lo que se denomina el «patrón», con siete tripulantes. Yo me había enrolado hacía poco tiempo, pero un marinero del referido «bou», Gabriel Flaquer Gil (EPD), había pasado a ser el maquinista de la lancha de la Casa March, llamada Julema, una lancha no muy grande y de color amarillo, que había sustituido a una embarcación tipo «llaud» denominada Dolly. Hubo unas desavenencias entre los marineros, por lo que la familia March Cencillo se deshizo de ella, adquiriendo la mencionada Julema.
Los escasos «bous» arrastreros, Águila y Rafelet, salían del puerto sobre las 17:00 h. Una vez localizadas las señas terrestres, se tiraba la red al mar, haciendo arrastres de una hora y media, y así una tirada tras otra. Si la captura era buena, regresábamos a Cala Ratjada, desde donde el pescado era transportado a la Lonja de Concentración de Pescado en Palma. En una de estas tiradas, presencié la captura de 100 cajones de caramelo «xerret», por lo que tuvimos que regresar al puerto por falta de cajones.
El Águila contaba con un gran cocinero, Eustaquio Fernández. El mejor pescado que se capturaba en la noche se destinaba a preparar un arroz marinero que se degustaba a bordo. Una vez en el puerto y acabadas las faenas, el arroz estaba en su punto.
Una mañana, sobre las 08:00 h, aguardaba en el puerto el maquinista de la lancha, Gabriel Flaquer Gil, esperando la llegada de don Bartolomé March Servera. El maquinista le pidió al cocinero que preparara una ración más de arroz, ya que don Bartolomé lo degustaría. Al llegar, Gabriel le comentó que iba a probar un arroz «que no se come todos los días», cocinado con el mejor pescado capturado con el arrastre y con un excelente cocinero.
Don Bartolomé entabló conversación con los marineros, interesándose por la pesca de arrastre en un «bou». Preguntó a mi padre cómo se guiaba pescando de noche sin ver la costa. Mi padre le explicó que todo era a base de brújula y reloj. Al atardecer, observaba la coincidencia de dos puntos, como el Faro de Capdepera y Es Coll des Vidrier. No existía el GPS ni nada similar. Comió con la dotación del Águila como un marinero más, y tras la charla y el excelente arroz marinero, le pidió a Eustaquio que le revelara la receta.
Eustaquio, muy serio, le respondió:
«Es lo más fácil que se pueda imaginar. Pones a hervir agua de mar, y cuando hierva por diez minutos, echas el arroz. ¡Nada de ingredientes, ni crustáceos, ni pescado! El agua de mar ya lleva todo lo necesario, incluso la sal».
No sé si don Bartolomé se lo creyó, pero repetía: «¿Será verdad que el agua de mar ya lleva todo lo necesario para hacer un manjar como este?»
Un tiempo después, el famoso buceador Antonio Mayrata (EPD), mientras buceaba para don Bartolomé, localizó el cepo de un ancla ¿romana? cerca del Faro de Capdepera. La Julema no podía sacarla, por lo que, a petición de don Bartolomé, el Águila la extrajo con su maquinilla. Nunca más se supo del cepo del ancla.
Pasando a otra vivencia, recuerdo aquellos días de lluvia que no paraban en toda la semana, conocidos como «días de puerto y cueva». Los chubasqueros de la época eran de muy baja calidad. Recuerdo a mi padre, que tenía que estar toda la noche pendiente de los cables por si la red se enganchaba en alguna roca. Se compró una lona y mandó hacer una chaqueta y unos pantalones, y luego impermeabilizó la tela untándola con aceite de linaza. Así, «a trancas y barrancas», hacía frente a las adversidades meteorológicas.
Durante los años que trabajé en la pesca de arrastre sucedieron muchas cosas, algunas desagradables y otras no tanto, pero todas forman parte de mis vivencias. No detallaré el suceso del 6 de abril de 1959, lunes a las 18:15 horas, del cual ya he hablado en diversas ocasiones en Faxdepera.
