Quizás disculparán mis lectores que, nuevamente, les hable de barcos. Cuando, en las anteriores ediciones, traté del pailebote “Miquel Caldentey” o de “El Golea”, nunca creí contar con la resonancia que dichos artículos tuvieron. Sin embargo, ahora no se trata de añadir otra historia semejante, pero debo hacerlo, ya que coincide esta semana con una efeméride náutica que paso a relatarles:
El 25 de octubre de 1969, aproximadamente a las 22 horas, el barco mercante con pabellón de Chipre, denominado “Albatros”, encalló, embarrancando muy cerca de donde “El Golea” lo había hecho en 1931, en los peñascos denominados “Es Riu de Sa Fusta”, cercanos a Cala Mesquida (Capdepera).
Se trataba de un barco de 1.500 toneladas, con una tripulación de 21 personas, que zozobró mientras transportaba un cargamento de 350 toneladas de electrodomésticos, neumáticos, baterías eléctricas y 42 compartimentos que contenían mercurio, con destino al puerto de Constanza (Rumanía), procedente de Barcelona. En la zona de las Islas Baleares se produjo un fuerte temporal que provocó una avería en el “Albatros”, dejándolo a la deriva hasta topar con la costa del litoral de Capdepera.
En Cala Mesquida existía un cuartel de la Guardia Civil (hoy desaparecido), desde donde se dio aviso al escucharse la sirena del buque pidiendo socorro, activándose las alarmas. Los agentes allí de guardia, juntamente con personal del Camping de Cala Mesquida y turistas, se personaron, junto con sanitarios, en el escabroso punto donde se encontraba el barco siniestrado, que por los embates del fuerte viento chocaba contra las rocas.
A pesar del temporal, que empujaba al “Albatros” hacia un lugar del acantilado donde era practicable el auxilio, se consiguió rescatar a los marineros (tres de ellos resultaron heridos), siendo atendidos en la enfermería del Camping, suministrándoles ropa y comida.
El “Albatros” fue a morir casi al lado de donde lo había hecho, casi 40 años antes, “El Golea”. En las semanas siguientes al 25 de octubre de 1969, espectadores llegados de poblaciones vecinas y de muchas partes de Mallorca pudieron presenciar la agonía de la desafortunada nave, que lentamente iba desapareciendo bajo las aguas.
La tripulación fue repatriada a sus respectivos países de origen, ya que había sudamericanos, cubanos, hondureños, rumanos, nigerianos y chipriotas, en un total de 21. Se especuló sobre la posibilidad de que el capitán del viejo “Albatros”, Ellias Xiridakis, tuviera el encargo de la empresa naviera, de su propiedad, de hacer naufragar el barco. La tripulación había provocado varios conflictos. En Barcelona no pudieron pagar los derechos de amarre, permaneciendo en la bocana del puerto. El maquinista que había llevado el barco a Barcelona se negó a poner en marcha las máquinas a menos que se garantizara el sueldo a los trabajadores. El segundo jefe de máquinas, enviado por la fletadora, se vio incapaz de hacer arrancar el buque dado el mal estado de la maquinaria. Una vez garantizado el pago de los haberes del personal, se inició la salida hacia Rumanía, su destino. Al cabo de tres días, por una nueva avería, tuvieron que cobijarse en Tarragona. Arregladas las calderas deterioradas, se reinició el viaje, pero no llegaron a su destino final, sino que naufragaron en Cala Mesquida, donde ya nadie pudo salvar el barco, pues el temporal acabó con el “Albatros”.
El capitán, en sus declaraciones, manifestó y demostró que las máquinas no se averiaron: «No fueron los motores, fue el oleaje lo que nos venció», dijo. «La hélice no cogía agua y no había forma humana de dominar el barco. Estuve agarrado al timón junto con tres marineros desde las cuatro de la tarde hasta el final. Yo fui el último en abandonar el barco junto con Carlos Lizárraga, mexicano».
Otros marineros no parecían muy afectados, cantaban «En la mar la vida es más sabrosa…» sin saber lo que se avecinaba. Una vez en Cala Mesquida, parecía que el suceso no había dejado huella en aquellos hombres, salvo en un grupo que mostraba poca disposición para el diálogo. Es increíble la historia que contaba a los periodistas el marroquí Hassan Thami, quien llevaba solo tres semanas embarcado en el “Albatros” y fue uno de los que más se distinguió en dar “vivas a España” y a la Guardia Civil durante la operación de salvamento. Hassan decía que no le temía a la vida, que había estado dos veces en peligro en las dos últimas semanas y había salido ileso. «Ocupaba una habitación en una pensión de Barcelona», relataba Hassan, «que una mañana se vino abajo. Murieron siete huéspedes y la dueña de la pensión. Fue ella quien me cambió de habitación, de la 15 a la 1. De la que antes ocupaba no quedó nada en pie. No me di cuenta de lo ocurrido hasta que los bomberos la emprendieron a hachazos contra mi puerta».
Hassan era boxeador. No le quedaba ni una mísera perra en el bolsillo y aceptó el ofrecimiento de entrar a formar parte de la tripulación del “Albatros”, pero después de lo ocurrido pensó que lo mejor sería volver a probar suerte en el boxeo.
Al primer maquinista se le declaró inocente en el juicio celebrado en Barcelona. Xiridakis, el capitán, fue deportado. Ocho meses después, se reflotó el barco hundido y se procedió a su desguace. Algunos submarinistas de la zona realizaron prospecciones bajo el mar en busca de restos. Hemos encontrado una fotografía de un submarinista local que adjuntamos.
