11 febrero 2026

    UN PASEO (a mi tío Gabriel)

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    ¡Qué tarde más hermosa aquélla! ¡Parecía que era primavera, y eso que estábamos a mediados de agosto, muy cerca de San Bartolomé! El día antes había llovido mucho, con truenos y relámpagos atronadores… y al día siguiente – ¡cosas del verano! – amaneció el día claro, la atmósfera limpia y transparente. No hacía nada de calor, el cielo era azul, sin una nube que lo manchara, y corría una airecillo fresco y risueño capaz de hacer saltar de gozo a las mismas piedras.

    Había que aprovechar aquella tarde, y Toni y yo estábamos dispuestos a ello. Debíamos ir al Carregador, a ver al capellán Serra y reír un rato, que bien se puede estar con él riendo un rato…y mucho más que un rato. D. Rafael Serra es un sacerdote de unos treinta años, pequeño, morenito y nada feo; eso sí, bueno como el pan, pero listo como el hambre; al abrir la boca hace que todos los que le oyen estallen en sonrisas; no he conocido persona más ocurrente que él, y siempre está bromeando. Salimos del pueblo a eso de las cinco, y aún no habíamos recorrido ni la mitad del camino, cuando le vimos acercarse por la subida del cementerio.

    – ¡Buenas tardes tenga usted, D. Rafael! -le dijimos cuando nos encontramos-. ¿Qué hace por aquí? ¿Va al pueblo, tal vez? 

    -No, he pensado que con un día tan bonito vendríais vosotros, y os he salido al paso. ¿Sabéis lo que podemos hacer? ¿Tenéis algo que hacer en el Carregador?

    – ¡Qué va!

    -Pues tomemos el camino hacia Na Guayt y, con suerte, no encontraremos a nadie.

    -Buena idea -respondió Toni-. Nadie nos molestará y podremos ir a nuestro aire. ¿Hay alguna novedad por ahí abajo?

    – ¡Ay, hijos! Tenemos a Andrés Vaquer por allí; se presentó el otro día en Ca´n Cardaix y no se lo han podido quitar de encima. Cuando le insinúan algo de marcharse, rápidamente responde: “Jugaré con Anita (la niña pequeña), jugaré con Anita…”

    -El pobre es un bobo, no hay que hacerle caso -dije yo-.

    – ¡Un bobo! -respondió D. Rafael-. Un bobo muy pícaro, en todo caso. ¿Sabes lo que le dijo a Mateu Mariner el año pasado? “Dicen que zoy bobo; no ez verdad, no; zoy muy listo…Zé interpretar to los papelez… Cuando he de zer beato, venga golpez de pecho, y cuando me interesa zé soltar una blazfemia; por ezo puedo ir por todo, y ziempre me dizen: Andresito, ¿quierez desayunar? Andresito, ¿quierez vino? Y venga Andresito arriba y abajo…

    – ¡Esta sí que es buena! -exclamamos los dos, rompiendo a reír.

    -Y su padre –continuó Toni- ¿Le tira de las orejas? ¡Que le obligue a trabajar, que ya va siendo hora! Pronto se incorporará a su quinta [ llamada anua del Servicio Militar].

    -Su padre, y todos los de su casa, están muy disgustados y claro que le dan en la cresta, sobre todo su hermano mayor, el que ya ha regresado del Servicio [Militar].

    Hablando, hablando, sin darnos cuenta, nos encontramos casi sobre los guijarros de la playa. Subimos a lo alto de un promontorio cercano, lleno de pinos jóvenes, menos en la cumbre, desde donde se disfruta una deliciosa vista.

    – ¡Qué hermoso es todo esto! -exclamó D. Rafael cuando llegamos, contemplando la vista, embelesado- ¡Qué bien se ve Ciudadela! hasta se ven las casas y la catedral ¡Cuántas barquitas en el mar! Allá al fondo hay un barco de vapor ¿Veis el humo? He encontrado muchas vistas más espaciosas, ahora bien, tan variadas y alegres…

    -Fíjese en la costa -le interrumpió Toni- ¡qué deleitosa! A la derecha, el Carregador, salpicado aquí y allá de casitas blancas y de manchas verdosas, casi negras, de pinos; más lejos, la Font de se Cale, lugar de nuestras meriendas, y encerrándola por esta parte, las rojizas montañas de las Cuevas; a la izquierda, Cala Retjada, que parece un pueblo, el Faro con sus imponentes acantilados, el Empelat y las demás colinas del Colldós, el arenal de la Agulla… Le digo que merece la pena contemplarla.

    – Las vistas de Artá no son tan bonitas, ¡qué va! –añadí yo, dirigiéndome en broma a nuestro amigo, que era natural de allí. -Si no, mire cómo desfilan hacia aquí todos ustedes cuando llega el verano.

    – ¿Qué dices? – me respondió en el mismo tono- ¿No te acuerdas de la ermita? ¡Haz memoria!

    -Es lo único bueno que tienen, y no tiene comparación.

    – ¡Lo único bueno que tenemos! Y la Colonia, y todo Artá, que es un paraíso. Vosotros sólo tenéis al Murta (1)

    – ¡El Murta! – dije, echándome a reír-. ¿No piensa venir a ver cómo baila con la botella sobre la cabeza durante la fiesta del pueblo?

    – ¡Claro que iré! Os lo prometí.

    -Y este año sí que hará cosas -dijo Toni-. Sentémonos sobre estas piedras y se lo contaré: tienen que saber que el farmacéutico joven ha escrito una carta a “’Ultima hora”, y lo menciona, así, con estas palabras: “Dirige la fiesta el conocido maestro de baile Manuel Fernández, el Murta”. Enseña el periódico a todo el mundo y dice que se tiene que hablar de nuestra fiesta; el otro día se topó con el Vicario y le soltó que, si el Ayuntamiento no quiere correr con los gastos, él mismo los pagaría, aunque ascendieran a cien duros.

    -Se nota que tiene ascendencia andaluza-añadió D. Rafael, riéndose de buena gana-. El año pasado, durante la fiesta de Reyes, se puso a hacer juegos de manos en el Colegio, a contar chascarrillos de los espiritistas y protestantes y a gritar: “Viva el Vicario, viva la Virgen de la Esperanza, viva esto, muera aquello…y cuando se cansó de gritar lo remató con un “Viva el Murta.” No me había reído nunca tanto; creía que me desternillaba de risa.

    -No, claro, como que, para mí, usted no sabe reírse …-dije en broma.

    -Hijos míos, no puedo evitarlo – respondió muy seriamente-. No sé qué me pasa. Las noches en que no duermo, no puedo por menos que echarme a reír yo solo en la cama.

    Con esta, tanto Toni como yo soltamos de buena gana una carcajada.

    ¡Qué ocurrencias tiene! -dijo Toni-. Yo creo que se reiría hasta del demonio del cuernecito verde.

    -Y aunque tuviese el cuerno en espiral, sabes que poco miedo que me da este tunante. Bueno, ¿en qué estamos pensando si ya casi se ha hecho de noche? ¡Hala chicos! Cada uno a su casa.

    – ¡Es verdad! ¡Qué dirá mi madre que me dijo que volviera de día!

    Cuando Toni y yo llegamos al pueblo hacía ya un buen rato que habían tocado las Avemarías, y las estrellas resplandecían en el cielo. 

    (1) En Mallorca los campesinos apenas conocen a nadie por su apellido; todos tienen un apodo, y por él se les conoce. (En cursiva). [ Esta nota fue colocada por error junto al apellido del sacerdote en el texto impreso]

    Joan Alsina i Melis [ Juan Alzina y Melis]

    Mallorca, Abril de 1901

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