12 febrero 2026

    Sa cova de sa Font de sa Cala  ( XII )

    Lewis Th. Gardens

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    Klaus balanceaba un  mero que acababa de ensartar con su arpón y gritó a Erika, que nadaba cerca de la orilla, para llamar su atención y para que lo viera. Debía pesar unos tres kilos y era el pez más grande que había cogido el joven en toda su vida. Erika se acercó, nadando, hasta la boya y, mientras Klaus le pasaba por las agallas el sedal al mero, le dijo a Klaus que no dijera nada a don Gorgue, no fuera cosa que el catalán, al ver el éxito de su alumno, diera por terminadas las clases y le exigiera a la chica el  pago de sus servicios en especie… No le dijo que Prubí ya se había cobrado una pequeña parte retozando con ella. Klaus le preguntó, haciéndose el tonto,  a qué especies se refería y ella, sonriendo, regresó de nuevo, braceando, hacia la orilla. Ambos sabían lo que pretendía el catalán, pero a Erika le divertía el juego de coquetear con los hombres. Lo pasó bien cuando don Gorgue  suplió, hasta que ella consintió, al borrachín del maestro, aunque a Klaus, que lo ignoraba, le hubiera sido indiferente mientras ese juego se limitara a tan sólo toqueteos, un simple divertimento para su querida Erika a la que tenía que aceptar tal como era, si quería conservarla como compañera. Tenía que aflojarle las riendas o…perderla! Donde ella iba era el blanco de las miradas y del deseo de otros hombres. Ser condescendiente, y permitir sus coqueteos, era el precio que tenía que pagar Klaus para conservar su amor.

    En el fondo, la muchacha no era tan casquivana como, superficialmente, aparentaba. Algo, o bastante ligera de cascos, pudiera ser, pues veía la vida y las cosas bajo un prisma especial en el que las cuestiones del sexo las encaraba con despreocupada naturalidad y con una innata e ingenioso picardía, totalmente exenta de maldad. Era esa la opinión que tenía Erika de sí misma y con la que justificaba sus actos. Eso sí, sentía mucho lo que le había ocurrido a don Mario; si ella hubiera sabido que el maestro se la iba a tomar tan en serio no hubiera coqueteado con él, aunque la culpa del accidente, de la caída, no era sólo de ella, pues se había limitado a seguir las instrucciones que le dio Prubí: servirle de cebo para atraer al pez magíster y colmar la venganza de don Gorgue. 

    ___”Don Gorgue era muy malo y yo he sido su “gusano”, se decía a sí misma, mientras pensaba, bajando la cuesta, que allí pasaban cosas raras, o era aquel fuerte sol el que la hacía ver, o sentir, visiones ópticas, o extraños fenómenos ópticos.  Al volver, por el empinado y estrecho sendero, creyó oír música. Tan sólo el silbido de la brisa al pasar entre las ramas de los inclinados pinos, o el suave chapoteo de las olas al acariciar la costa… daban a sus oídos una especie de sinfonía. Desechó sus pensamientos.

    Mientras terminaba de pertrechar y abastecer Jorge Prubí su cueva, a la que se desplazaba desde el pueblo con su motorino, al cual podía esconder fácilmente en la garriga y las matas, no delataba el lugar en el que él mismo podía hallarse. Allí dentro tenía cuánto necesitaba — había discutido con Nuria, su mujer, la cual había insinuado que él, su fiel marido, podría haber tenido algo que ver con los sucesos de los contertulios, y por ello había salido de su casa enfadado —, por lo que contando en su caverna con los útiles que le servían para la espeleología, el “buscametales” y los aparejos o trebejos para pescar, además de la confortabilidad de la que había dotado a la cueva, se desentendió de su problema y puso el “pick-up” en marcha para escuchar la sonata de Bach y relajarse en aquel tranquilo enclave. Era la “tocata y fuga” de Juan Sebasatián Bach, la fuga que le ayudaba a escapar de ese mundo fuera de aquellas rocas. 

    El sol se apagaba y era hora de regresar a casa a pesar de la desgana que ello le producía. Hacía poco que había anochecido cuando Prubí regresó al pueblo. Casi, al llegar a su casa, le pareció ver a alguien apostado bajo el soportal de la misma y supuso, enseguida, que se trataba de un guardia civil. El brillo metálico del mosquetón lo delató y el catalán — que ya sospechaba que podría ocurrir – supuso, también, que el Sargento debía haber dado la orden de busca y captura contra él. Dio un rodeo para entrar por el corral y vió a otro número de la Benemérita apostado, también, junto a la entrada posterior. ¡ La cosa iba muy en serio!, se dijo. 

    Después de coger, nuevamente, el motorino se volvió, tomándolo por el manillar y sin ponerlo en marcha, por donde había venido. Si lograba llegar a la cueva, sin ser capturado, estaría a salvo de momento. A la salida del pueblo puso el motorino en marcha y tomó por el camina de “Sa Taulera” , el cual conduce al caserío de Sa Pedruscada ya que supuso que éste no estaría tan vigilado como la carretera que pasa por delante del Cementerio y que baja directo hasta Font de Sa Cala. Pero Prubí – que era más listo que el hambre – decidió dejar su exiguo vehículo  entre unos arbustos y muy cerca de la playa llamada “ dels Tamarells”, o sea, tamarindos. A pie, bordeando el litoral y subiendo para acortar camino, sobre el montículo de  “Es racó d’es manyo”, no tardó en plantarse justo enfrente de la entrada de su cueva. Desde allí, se dominaba, allá al fondo, las farolas de la playa y el complejo turístico de “Ca’n Miquelet” , completamente iluminado. Se oían las olas al romper suaves sobre la costa y la música que procedía del “ Camping” . Los rayos de la luna, a través de unas nubes negras y amenazadoras, se reflejaban cabrielando sobre la tersa superficie de la bahía. 

    Levantó la pesada losa y se introdujo en su agujero. Después de taparlo, encendió una pequeña linterna y enfocó la pequeña laguna. Oyó el estallido de un trueno y encendió los dos quinqués que tenía colgados en la gruta. Ésta se iluminó y Prubí, ya más seguro, y sopesando la situación, se dispuso, tumbado en su catre, a estudiar una serie de estrategias para salir lo mejor librado, Y, también, la forma de seguir vengándose de los elementos que formaban aquel grupo de odiosos seres, envanecidos del pueblo,  y que tanto le habían despreciado. Y de la calentona de Erika, que tanto le había hecho sufrir. Claro estaba que tanto el veterinario como el maestro se habían accidentado sin que nadie pudiera tener prueba alguna del hecho; lo de las fotografías expandidas por el pueblo de don Mario pegado a Erika, aunque la mano del catalán pensaban si estaría detrás, tampoco podía probarse. Lo que más le dolía a nuestro protagonista fue haberle fallado la intención de penetrar en la vivienda del Sargento de la Guardia Civil y sorprenderle dormido, aplicarle un soporífero inhalador cuando dormía y al disponerse a afeitarle el pelo del bigote, tuvo que retroceder al oír ruido que provenía de los ronquidos de la mujer del Sargento que dormía en habitación separada. Aun así, consiguió acortar  ambos lados del bigote y éste se convirtió en un hilillo gris, desapareciendo de la casa.   Estupefacto quedóse el guardia al levantarse, contemplándose su careto en el espejo con cara de sorpresa… y de ¡mil demonios!. 

    No tardó, Prubí,  en oír el tintineo de la lluvia al caer en el exterior de la caverna. La oscilante luz de los quinqués formaban sobre la lagunilla una serie de formas fantásticas por las que, como un halo tenebroso, asomada el cráneo del myotragus qué, le hacía suspirar,  podría haber sido el  de alguno de sus enemigos. Prubí estaba contento de cómo le habían salido las cosas. Así pondría a prueba la utilidad de aquel perfecto y arcano escondrijo, el de su cueva, que con tanto celo había procurado ocultar. 

    Mientras en el exterior llovía, Jorge Prubí sacaba de un recodo de la cueva, donde permanecían fresquitas, una de las botellas de cava que allí reposaban, y destapan-dola, brindó por don Sebastián –que se había perdido entre las bravas aguas del mar–; por don Mario – vilipendiado por el vecindario por mor de las vergonzosas imágenes fotográficas y su posterior descenso por los peñascos del “Puig d’en Rabassó” del que todavía no estaba repuesto, ni mucho menos; o, finalmente, por la irrisoria estética de los bigotes del Sargento que tuvo que ponerse pintura negra ( o, tal vez, una cinta de ese color) para disimular la falta de pelo… motivos más que justificados para que, vaso tras vaso de cava, lo celebrase hasta llegar al máximo sopor. 

    Continuará …//    

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