Hace aproximadamente un mes publicamos unos artículos sobre la familia March y, por ende, hablábamos de doña Leonor Servera. Algunas voces han llegado a nuestra mesa de redacción: unas para demostrar su asombro sobre una serie de particularidades y hechos que se ignoraban en relación con quienes habitaron el palacio de Sa Torre Cega de Cala Rajada y otras para aplaudir que se hayan aireado diversos conceptos que completan las personalidades de doña Elionor y don Juan March, sobre el qué, por cierto, recientemente, dos compañías teatrales isleñas han personificado al magnate sobre los escenarios, con sus miserias y alabanzas.
Sin embargo – al hablar de Leonor Servera, resulta obvio – de “bien nacidos es ser agradecidos”, por lo que queremos abundar en lo ya vertido en esta páginas, cuyo testimonio nos han hecho llegar avezados lectores de “Faxdepera”.
Leemos, pues, y transcribimos, los contenidos de este testimonio, que explica Cecili Buele Ramis, activista social y diplomado en estudios eclesiásticos, en su libro: “Llorenç Tous, biblista i amic dels pobres”, a quien Buele entrevista, y del que nos permitimos entresacar datos para conocimiento de quienes nos siguen:

“Doña Leonor Servera, esposa de don Juan March – expresa Llorenç Tous a Cecili Buele – era natural de Capdepera , gabellina, de “Ca’n Piricus” de la “Costa d’en Capet”. Su padre era labrador y criaba cerdos. Don Juan se inició como mercader de venta de cerdos y, desde Santa Margarita, venía por Capdepera para comprar ganado porcino. Así conoció a doña Leonor. Años después, don Juan compró “Sa Torre Cega”, en Cala Rajada, y edificó allí un palacio donde vivían cada verano. Doña Leonor conocía mucha gente del pueblo, de la que era amiga de los de su generación y muy generosa. En los años de la postguerra ayudaba a enfermos y pobres que iban a comprar a una farmacia y a una carnicería, donde luego ella pasaba a pagar. También sufragó operaciones quirúrgicas en el sanatorio de “Caubet”, víctimas de la “enfermedad larga: la tuberculosis”, frecuente en aquel tiempo por la falta de alimentos. Subvencionaba fiestas en Capdepera y Cala Rajada por Sant Bartomeu y Sant Roc, respectivamente. Hacía traer comedias y espectáculos, como la Orquesta Sinfónica de Palma, los instrumentos de cuerda dirigidos por Eki Tai Ahn.
En cierta ocasión, promovió una corrida de toros que se celebró en la “platgeta de Cala Rajada” (de la que tomó su nombre la localidad turística). Regaló una capilla a las Religiosas Franciscanas que diseñó el arquitecto Gabriel Alomar, una joya de arquitectura. Ahora las monjas ya no están, las ocuparon unas religiosas alemanas durante el estío. El sagrario de aquella capilla se trasladó a Pina, lugar de noviciado de las franciscanas. En el convento de Cala Rajada, cada año, doña Leonor pagaba unas “Cuarenta Horas (triduo eucarístico)” y sufragaba que, en autocar, desde Capdepera y pueblos vecinos pudieran desplazarse a estos actos muchos fieles. Sacerdotes y predicadores de la Seo de Mallorca dirigían los oficios solemnes . Aquellos sacerdotes, con una comida de langosta “a la bomba” del hotel Ca’s Bombu”, se chupaban los dedos, una vez finalizada la fiesta religiosa.”

“Una monja franciscana – continúa el relato – , Sor Trinidad, estaba todo el día al lado de doña Leonor y, durante mucho tiempo, también el padre Antonio Bauzá, franciscano del convento de Palma.
El colegio de Sant Francesc de Ciutat es obra auspiciada por la señora y el padre Bauzá, el cual había pasado largo tiempo en Estados Unidos. Siendo éste un franciscano pobre de vocación y de espíritu, sabía manejar muy bien el dinero. Años después, estando él en Roma, en el convento que dirigía el padre Antonio Martorell, contó Bauzá que, asistiendo a misa en Nueva York en compañía de don Juan March, viendo éste la gran cantidad de dólares que se recogían en las bacinas, le hizo esta propuesta: “Yo os construiré Iglesias y vosotros me dáis lo que recaudéis en los cepillos”.
Doña Leonor hizo mucho en pro de la parroquia de Cala Rajada, la cual estaba a medio construir y la hizo acabar. A la de Capdepera, le regaló una custodia preciosa, hecha en Madrid, en Casa Granda.
A Juan Pellicer, seminarista de Capdepera, le obsequió con un cáliz para su misa nueva. A unos cuantos enfermos crónicos de Capdepera, durante años, les hacía llegar carne y medicamentos, algo que después de su fallecimiento perduró pocos años más, en vida de su hijo Bartolomé March Servera”.

Finalmente, a pregunta de Cecili Buele, LLorenç Tous concluye: ”Doña Leonor sufragó los daños por humedad de la capilla del Sagrat Cot de la parroquia de Capdepera. El cura-párroco, Melchor Llull, preguntó a la benefactora: ¿De qué sirve arreglar esta capilla si no tenemos sacerdote? ¿Qué quiere Vd. decir?, dijo ella. El rector contestó que, en aquellos momentos, en Capdepera, existía un niño que decía que quería ser sacerdote pero que sus padres no podían pagarle los estudios. Doña Leonor inquirió: ¿Y esto que puede costar?. Mil pesetas cada año. Respondióle la señora: ”Esto no es nada!. Mi marido siempre me dice que yo no sé gastar!.”.
De esta manera, cada año, su administrador le daba esta cantidad a don Melchor, que lo guardaba en una caja fuerte. El rector le enseñó al estudiante de sacerdocio uno de aquellos billetes de mil pesetas, por primera vez, solemnemente, como si se tratara del velo de la Santa Faz, un billete verde que el futuro canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Mallorca – el más joven que tuvo Mallorca- jamás había visto y que le dejó boquiabierto, una escena digna de ser fotografiada. ” Tu serás mi “capellanet”, dijo doña Leonor cuando Llorenç Tous y su familia fueron a agradecerle, al palacio March de Cala Rajada, la ayuda recibida, cosa que parece ser no le hizo mucha gracia ir a aquel ostentoso palacio, al aspirante a sacerdote, ya que empezaba a tener, en el Seminario, una remota idea de que Jesús no solía ir con los ricos, más bien con los pobres, y el ambiente de aquella familia asentada en lo más alto de la colina le abochornaba.

