12 febrero 2026

    Per Sant Roc, a Sa Torre

    CRISTÒFOL CARRIÓ

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    En tiempos pasados, tanto para los jóvenes como para los mayores, las fiestas se vivían como la oportunidad de romper con la monótona existencia a la que estaban condenadas sus vidas. Meses antes de celebrarse ya se hablaba sobre cuáles orquestas animarían las verbenas. Cuando faltaban ocho días, el repique de campanas y la colocación de banderas sobre el campanario, acababan de llenar de gozo aquellas vidas tan confusas que anhelaban explayarse en sus espíritus.

    Aunque suele pasar con todas las cosas, todo lo que es bueno pronto se acaba, y las fiestas patronales no son ninguna excepción. La fiesta es poder hablar sobre ella. En la plaza Nueva, solamente quedaban las barreras amontonadas en un recodo y trozos de paperines y residuos de “llepolies” esparcidas por doquier…. Era el momento, mientras que los calores de agosto se volvían casi insoportables, un gran número de vecinos interpretaban las fiestas como un pórtico que daba entrada a unos días de divertimiento a la orilla del mar. Eso de poder estar una o un par de semanas sin hacer nada suponía un hecho extraordinario, puesto que eso de “vacaciones” era cosa desconocida.

    De esta manera, el lunes de fiestas, de buena mañana para no sufrir los fuertes rayos del sol y también por ser de los primeros en encontrar un buen lugar donde asentar “la barraqueta”, mucha gente hacía camino hacia Sa Torre. El cansancio por los excesos cometidos durante las fiestas no era ninguna excusa y, con un caballo o una “somera”, transportaban todo clase de utensilios: ollas, paellas, platos, vasos, cestas y bolsas, llenas de comestibles y sobrante de comida de las fiestas, no fuese cuestión de desperdiciar nada. Todo a punto y “¡Au, erri, cap a Sa Torre s’ha dit”.

    Por doquier, llegaban saludos y comentarios rutinarios, al mismo tiempo que risas frescas que se escuchaban al fondo de la expedición. Madres, suegras, hermanos, nueras, cuñados y todo aquel que se apuntaba, al lado de “s’abeurador d’es Cós”, comenzaba la desfilada, unos tras otros. La simbólica cruz de piedra de na Bernarda, que parecía marcar el punto de partida, el que indicaba, a la derecha, tristeza y morada de los antepasados, y a la izquierda el camino de la diversión sin preocupaciones de ninguna clase y ¡a vivir, que son dos días! 

    Tira, tira, sin prisas, se pasaba por el Campet y por Ses Terres, Son Ullastre, Son na Sopa… ¡sin apenas darse cuenta ya estaban en Son Primer, desde donde se divisaba el castell de Capdepera!, enfrente, la gran torre que da la bienvenida patriarcal al único lugar donde el mar de la ribera se puede contemplar desde la Almudaina de Artá.

    Al llegar, niños y no tan niños invadían la blanca arena que flameaba y se refrescan en aquella mar verde y azul tan singular, siempre bajo la mirada esbelta del cabo Cap Vermell.

    Mientras, los hombres, montaban las barracas, o últimamente la caseta de madera, con ramas, botes, sacos, cuerdas, mantas, velas, sábanas, y hasta el mismo carromato hacía de pared. La madona, con las mejillas más enrojecidas que un “lluquet”, preparaba el fuego y en un fogón hecho con tres piedras, ponía “sa greixonera”. Normalmente era plato único: arroz, pollo y conejo. Y si alguien se quedaba con apetito, pan y sobrasada o queso.

    Al siguiente día, la cosa cambiaba ya que podían contar con pescado fresco, recién cogido en el embarcadero del Rey o en la cueva de los Alverdans. Agua fresca con regusto a jarra que iban a Ca’n Cruia a buscar,o a Ca’n Simoneta. Tras la comida, agotados de tanto trajín, siesta asegurada ombligo “p’arriba”. Además de los ronquidos de quienes reposaban, también se oía el hablar alto de las mujeres, las canciones de “La Violetera” o los tangos de Gardel. La arena, entremezclada con la hojarasca de los pinos, hormigas, enjambres de moscas y mosquitos que venían del torrente de S’Estany.

    Habían quienes aprovechaban para hacer su agosto y ponían a la venta cualquier cosa: Miquel Barraca, los servicios de los pescadores o el hermano del fotógrafo, Jaume Lluiset, que debajo de una tela negra inmortalizaba aquel ambiente.

    Cuando muchos, todavía, no acababan de instalarse, la humareda que salía de aquellos improvisados hogares, ya era hora de preparar el regreso a la villa. Empezaba nuevamente el peregrinaje de aquella generación de veraneantes que cada año hacían el mismo trayecto. Se apagaba el “xivarri” y Sa Torre recobraba la calma, rehaciéndose aquel mágico escenario donde el mar y la guerra dan la bienvenida a Melesigeni, que llegaba a la costa con la visión puesta en las Cuevas y en la montaña de S’Heretat, que forman parte del Llevant con sierra y llanuras que penetran en el mar. ¡Adiós, que el próximo año podamos volver allí!

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