15 marzo 2026

    Otras «odiseas» vividas

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    En el transcurso de la vida, no todo es oro lo que reluce. Yo, en varias ocasiones, he sido el artífice de algunas «historias» —siempre en el buen sentido de la palabra— que marcaron un tiempo vivido en mi juventud. Fueron aventuras sin dañar a nadie y que hoy forman parte de mis vivencias. En otros años, quizás hubiera sido un tanto delicado ocuparme de ello con todo detalle. Como son situaciones sin un orden cronológico establecido, las detallaré de manera que el lector, según considere, pueda sacar sus propias conclusiones, sin que con ello se interfiera con persona alguna.

    Era por allá en las décadas de los años cincuenta y sesenta. En ese tiempo, yo me dedicaba a la pesca de la gamba con un arrastrero llamado «Francisco». Cabe decir que los transportistas de las capturas eran los propietarios y armadores del mencionado arrastrero y, al mismo tiempo, dueños de un camión con el que transportaban la pesca a la Lonja de Concentración de Pescado en Palma. Allí se subastaba todo el pescado procedente de diversos puertos de la isla.

    Supongamos que el importe de la venta efectuada era de 125.000 pesetas. Cuando los marineros preguntábamos cómo había ido la venta en la lonja, nos presentaban un papel con varias numeraciones escritas a lápiz, un auténtico «galimatías» que nadie entendía, y nos decían: «Pues la venta ha sido de 100.000 pesetas y 25.000 a la buxaca». No quedaba más remedio que dar crédito a lo que nos decían. Hoy en día, todo ha cambiado radicalmente. Se presenta un albarán en las debidas condiciones y con el membrete oficial de la venta.

    Pero vayamos a lo que interesa, porque yo era el artífice de lo que acontecía. De una forma u otra, veía y suponía que el importe real de lo entregado era superior a la cantidad que nos hacían creer. Ante estas circunstancias, y dado que «la ocasión hace al pecado», decidí obrar en consecuencia.

    Mi ocupación a bordo del pesquero era estar en la bodega preparando la gamba en los cajones, con hielo troceado y una cierta cantidad de ácido bórico, un producto que evitaba que la gamba, con el paso del tiempo, se pusiera negra. En cada arrastrada de la red, recogíamos unos quince cajones de marisco.

    Decidí actuar siguiendo mi conciencia, principalmente los fines de semana. Los sábados, de cada cajón retiraba unos puñados de gambas y cigalas, que depositaba en un cajón aparte. Al llegar a puerto, había apartado unos cuatro o cinco kilos de marisco.

    Tenía un gran amigo, Jaume Pelat (EPD), y le decía:

    —Jaume, dispongo de material suficiente, unos cinco kilos de marisco, para que sobre las 03:00 h de la madrugada celebremos alguna «bauxa» o «garrama». Tú, Jaume, busca a unas mujeres que quieran venir a pasar un rato en agradable compañía. No es necesario que se conozcan; ya haré yo mismo las presentaciones de rigor en el momento oportuno. Como siempre, seremos seis hombres. Tú encárgate de invitar a seis féminas que quieran apuntarse a la fiesta.

    A las 02:30 h, yo ya había reunido a seis amigos. No puedo precisar todos los que éramos, pero recuerdo que quien no fallaba era mi amigo Juan Serrano Socias, aparte de otros. Por supuesto, Jaume había logrado reunir a seis hermosas damas.

    Yo iba a la bodega del «bou» para retirar el marisco que había apartado y nos dirigíamos al «Bar Los Pinos».


    El «Bar Los Pinos»: noches de parrilladas y buena compañía

    El «Bar Los Pinos» marcó una época en Cala Rajada. Allí estaba l’amo Jaume Forn, propietario del establecimiento, ubicado en un pinar, lejos del casco urbano, donde no molestábamos a nadie. En aquel bar, con una «Pick Up» (tocadiscos) que solo tenía la canción de Alberto Cortez, «Las Palmeras», le proponíamos al dueño que nos hiciera una parrillada de gambas para todos los invitados y que, lo que sobrara, se lo podía quedar.

    Montábamos nuestros particulares «saraos», divirtiéndonos en buena compañía y con un comportamiento excepcional, sin faltar al respeto a nadie. Así pasábamos la madrugada hasta las 05:00 h, sin más desenfreno que el propio disfrute de la noche. ¿Borracheras? No entraban en nuestros propósitos. Todos, hombres y mujeres, permanecíamos sobrios, sin perder la compostura ni la educación.

    Sin embargo, en cierta ocasión, un transportista notó que en algunos cajones de gambas faltaba algún kilo. Me preguntó, ya que yo era el responsable de la bodega, si sabía algo del contenido y por qué faltaba marisco en algunos cajones.

    ¿Qué le iba a decir? Pero en mi interior pensé: «Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón».

    Si ellos nos robaban en la factura de la venta, ¿por qué no hacer lo mismo por otra parte? Me hice el «longuis», y el asunto quedó en el aire… hasta que la justicia divina se encargó de todo.

    El 6 de abril de 1959, el armador perdió el arrastrero, y los marineros no sufrimos ni un solo rasguño con el hundimiento del «bou». A partir de ese momento, la atención se desvió a un tema más importante, y nunca más se habló ni de la gamba que faltaba en los cajones ni del pesquero desaparecido.

    A veces me cruzo con Juan Serrano, quien aún me recuerda lo bien que lo pasábamos en aquellas madrugadas. Eran otros tiempos, en los que la diversión se vivía de otra manera, siempre con respeto, sin excesos, sin molestar a nadie. Y algo muy claro: nunca violentamos a nadie en nuestros particulares «saraos».

    Nicolás Nadal

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