16 febrero 2026

    Miércoles, mercado. Tertulias de verano con sabores a cual mejor

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    El compañero, Rafa, de la tertulia de verano en Kikinda, cuenta que, cuando era jovencito, la leche sabía a leche, y además daba nata.  Ponías un litro a hervir, y al enfriarse un poco, había una capa de color amarillento suave, que luego, puesta sobre una tostada y con algo de azúcar, se convertía en uno de los más deliciosos bocados que jamás probó. Lo mismo pasaba con las rebanadas de pan con manteca de cerdo recién sacrificado, sazonado con azúcar e, incluso, con sal. ”Los críos – dice – salíamos a jugar a la puerta de casa con nuestra tostada de nata, que te dejaba una marca blanca en torno al labio superior. Recuerdo aquel sabor tibio y dulce en mi boca como añoro aquellas rebanadas de pan”.

    Manuel, otro contertulio, habla de las manzanas que sabía a eso, a manzana, y que comían con cuidado, cortando el pedacito donde había algún gusanito para dejarlo aparte y disfrutando del resto. Las cerezas, rojas o no, que sabían a cerezas, y al romperse en la boca te llenaban de un líquido dulce y agradable, que se mezclaba con el frescor del agua en que las habías lavado. Y peras, con cicatrices en la piel, pero dulces y sabrosas. Y tomates que veías crecer en las cañas de las tomateras, o sandías magníficas cuyas cortezas y pepitas quedaban luego flotando en la suave resaca de la orilla del mar, y que asocia – Manuel – con los pies desnudos bañados al tiempo que merendaban bajo la brisa del pinar cercano a la playa.

    Jose – aplicando el acento en la “o” y no en la “é”—más rechoncho él que el resto de los reunidos, ataca por el lado de la carne, que antes tenía grasa, con aquellos filetes que echabas en la sartén. Y en vez de encogerse a la mitad con un sospechoso humeo de agua hervida, chisporroteaban alegremente sin apenas necesidad de aceite, y cuyas vetas blancas los mayores no te dejaban separar con el cuchillo y dejar en el borde del plato, porque, decían, la grasa también alimenta. 

    Tertulias

    Actualmente, ni la leche tiene nata, ni la carne tiene grasa; y las cerezas, las sandías y los tomates saben igual: a pepino. Y ya no se compran en tiendas  donde escuchabas el chasquido del hacha del carnicero, ni en fruterías llenas de aromas singulares, sino empaquetados en plástico, filetes de carne sospechosamente blanca y sin una sola veta de grasa, fruta reluciente y perfecta  como si acabara de ser encerada, enormes peras y manzanas sin mácula en la piel.  Pero, si de probar todo eso con los ojos vendados se tratara, nos veríamos en serias dificultades para diferenciar un sabor de otro.

    Los proveedores no hacen, — supone Macià – sino satisfacer los gustos del personal, en eso como en muchas otras cosas. A fin de cuentas,  nadie cría terneras o recolecta peras por filantropía, sino para ganarse la vida, y a ser posible conseguir mucha pasta. A saber cómo lo consiguen, se pregunta mirando hacia los tenderetes de frutas y verduras y otros extendidos a lo largo de la plaza de l’Orient, un miércoles, día de mercado semanal. “Al final – sentencia –prefieres no saber nada y comer de lo que hay, sin meterte en intríngulis. Hay excesos de conocimiento que cortan la digestión”.

    Porque, ¡oigan!. Queremos leche pasteurizada, desnatada y aséptica. Preferimos fruta gorda, reluciente y encerada, filetes sin  grasa y cosas así. ¡Pues bueno!  Ahí están, y que aprovechen.  A fin de cuentas, eso debe ir aparejado con los tiempos y con los propios consumidores; pues con la gente pasa lo mismo. El mundo está lleno de individuos relucientes como una de tales manzanas, que tampoco saben a nada, tienen el mismo sabor, anodino e irreconocible. Quizás eso sea el progreso: una tentadora sandía de corteza encerada y pulpa roja que sabe a pepino… 

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