De niña, y durante unos años, fui “gabellina” de adopción; esto hace ya mucho tiempo, entre los años 60/70 del pasado siglo. Entre muchos otros recuerdos, guardo el de un hombre, su hermana y un lugar. Este recuerdo ha aparecido con motivo de una exposición de pintura y el fallecimiento de la mujer, de la hermana de aquel hombre, autor de la exposición: Jaume y Antonia Mercant Melis.
A él lo recuerdo con un cubrepolvo de color beige, una boina negra y un lápiz colocado sobre la oreja. Era carpintero. Su carpintería estaba situada detrás de su casa, en la calle del Puerto de Capdepera, en la parte baja. En la carpintería se entraba a través de un pasadizo, en cuya parte derecha había un jardín. El pasadizo confluía con la fachada del Teatro Principal, que era un cine de fin de semana, y el jardincito daba a una pared que separaba la casa de la vivienda de las hermanas conocidas como “Ses Climentones”.

En alguna ocasión, iba a jugar a este jardín de la familia de “Ca’s mestre Enrique”, padre de los hermanos Mercant, con una sobrina o prima, Francisca “Climenta” (de apodo). En este jardín conocí la flor y el perfume de la “herballuisa” y cada vez que allí iba cogía un ramito de aquella pequeña mata, colocada al fondo del pequeño cuadrado. El hombre del cubrepolvo nos miraba con cara de buena persona y jamás nos reñía y – pienso ahora – que alguna vez debíamos ser para él más estorbo que compañía. Jaume pintaba pequeños dibujos sobre trozos de madera que sobraban de sus faenas profesionales de ebanistería.
Jaume Mercant no tenía hijos, aunque parecía sentir cierta nostalgia. Una vez, con mucha ternura, pasó su mano callosa sobre mi mejilla derecha. Recuerdo, también, su mirada como la de un hombre de actitud humilde y carácter muy reposado. Le conocía como Jaume “Enrique” (este apodo era el nombre de su progenitor), y así lo nombraba mi abuela cuando se refería a él.
Cierto día, mi padre me habló de un pintor de Capdepera con el que él había hablado (cuando nosotros ya vivíamos en Palma), y que el pintor dijo que de mí se acordaba. Mi padre me decía su nombre y apellido y yo no lo relacionaba con Mercant. Tras comentarlo un buen rato, entendí que aquel pintor del que me hablaba era aquel hombre del cubrepolvo con boina y lápiz sobre la oreja que yo conocía como Jaume “Enrique”, el cual se trataba de Jaume Mercat, a la sazón conserje del Colegio de Arquitectos de la capital.

Un pintor que resultó ser muy famoso en España y Europa, ni más ni menos…
Una servidora pensaba que los artistas eran, aparte de especialmente sensibles, excéntricos y, con frecuencia, cargados de soberbia. Lo que mi padre me contó hizo que me propusiera yo misma no tener más prejuicios, ni generales ni individuales. Jaume “Enrique” o Mercant es un pintor de extraordinaria cualidad, según se desprendió de los parlamentos que las autoridades y la comisaria de la exposición realizada en Cala Rajada expresaron, en cuya inauguración estuve presente, y en la que solamente reconocí a uns cuantos amigos/as de la infancia. Jaume Mercant, poseedor de una excelente calidad humana, por lo que le recuerdo, no siempre van unidos la humildad de carácter y la sabiduría.
Mi amiga de la infancia, Francisca, me informó de que el pasado primero de marzo, había fallecido a los 95 años, la hermana de Jaume, a la que siempre encontraba en el jardín mentado de su casa, la cual, desde muy joven padecía de una cierta sordera.
Mi amiga me contó que en una edición del Mercat Medieval, que anualmente se celebra el mes de mayo en Capdepera, Antonia Mercant, asimismo excelente pintora, como su hermano, había realizado, con sus 88 años a cuestas – o sea que debió ser en el Mercat de 2016 – una exposición en su pueblo natal con veinte cuadros representativos de paisajes de Mallorca, muchos de ellos sobre Capdepera y su Castillo, dentro de su estilo enmarcado en corrientes figurativas de la segunda mitad del siglo pasado, en los que los pintores o artistas marcan sus obras en un entorno necesario para que el espectador pueda situar el lugar aunque la interpretación del tema sea subjetivo y que Antonia Mercant realizó, por última vez, baja el título de “Creacions de Mallorca”.

Mi padre fue cliente de la carpintería de “Ca’l mestre Enrique”. Encontré una factura con el membrete del pintor Mercant, firmada por él mismo y con letra de su puño, que adjunto al presente artículo, juntamente con una monedas de tiempos de la República, además de unos sellos de correos de la “Quinta del pintor Goya” y de la conmemoración del descubrimiento de América, por Cristóbal Colón, además de un timbre de pago del “Impuesto de guerra” de 1874, de 10 céntimos. Estos últimos los guardaba el padrino de Antonia Mercant, Sebastián Melis, como oro en paño, tras regalárselos al mestre “Enrique” , el padre de los Mercant, puesto que Sebastián había trabajado en dicha carpintería durante largo tiempo.
