Desde el fondo de las aguas, frente al varadero d’en Creus , y a unos cinco o seis metros de profundidad, Prubí observaba como Klaus disparaba a discreción su escopeta. El muy insensato dirigía hacia arriba sus arponazos. Intrigado subió a la superficie e hizo señas al alemán de que hiciera lo mismo. Don Jorge, de un resoplido, sacó el agua del tubo de respirar y se quitó la careta. Preguntó a su sonriente aprendiz qué cojones pretendía pescar…
__ “ Mi hacer pipí y venir peces.. yo tirar!”
__” Ya veo, tú mear y venir lisas, y si hacer caca venir más lisas, y ensartar de tres en tres. ¡Tú, muy inteligente! ¿Pero, no ves, so pedazo de alcornoque, que con un poco de suerte, me vas a enhebrar a algunos de tus paisanos y que, aunque ellos me espantan los peces a mí, son pacíficos nadadores, que vienen a solazarse, y a refrescarse, por estas aguas? ¿ Y que, si me ensartas a uno de ellos, yo como responsable tuyo, seré el primero en tocar las consecuencias?.

__” Mi no comprender…”.
__ “ ¿No sabes, además, que las lisas son unos peces que se alimentan de las porquerías que soltáis en los hoteles y que manan de los caños? ¿ Que su carne es muy basta y que, por aquí, no suelen comerse?.
__”Mi no saber..”.
¡Era por demás! Acabó por decirle el catalán contagiado ya por aquel hablar de Klaus tan plagado de infinitivos:
__ “Tú pescar al fondo, yo cansado, ir a tierra..”
En el estío, y después de recibir los ardientes rayos del sol, durante buena parte del día, el agua del mar suele estar algo tibia. Prubí, observado el fondo, se fue acercando a las rocas donde acababan las guías o calzas del varadero. Y miraba el fondo por dos motivos diferentes: por si antes de salir divisaba un pez, e intentar capturarlo, o para ver donde ponía los pies al tomar tierra ya que el cemento que conformaba el final de las citadas guías, y bajo el agua, estaba tachonado de negros erizos de mar con sus erizadas y amenazantes púas. Aunque llevaba aletas de goma los talones de sus pies quedaban desprotegidos. No quería pasarse la mañana quitándose los pinchos de aquellos jodidos equinodermos.

Resoplando, se subió a la superficie y, una vez sobre las rocas, se giró hacia donde, supuestamente, se encontraba buceando Klaus. Y orinó… ___¡Ya te daré lisas!. Después dirigió su vista hacia el varadero donde, sobre su liso techo, estaba tumbada Erika, tomando el sol y con el busto al aire. Era toda una tentación subir a verla, aunque sólo fuera con la excusa de decirle que su Klaus era un completo imbécil. Pero se abstuvo, sabía lo que le pasaría si la viera desnuda: alargar su orquitis.
Esperaría un par de días más o, quizás, fuera antes a Palma a que lo viera un médico. Puede, también, que en la farmacia del vecino pueblo o en la de Son Servera, le pudiera dar algo, un remedio, aunque fuera momentáneo; un bálsamo a sus males, y para ir aguantando… ¡Más le valía no pensar más en ella!.
Se despidió de Klaus y quedaron para al cabo de unos días. Introdujo la escopeta y demás pertrechos en la cesta y, sacando de ella unas sandalias de goma se fue caminando, o saltando, de roca en roca, por toda la orilla, hasta llegar a la punta izquierda que conformaba la amplia rada de Sa Font de Sa Cala, al pie del Puig d’en Rabassó. Y es que don Jorge Prubí i Camps tenía un secreto, el cual desconocía todo el mundo y que él guardaba celosamente desde cuando llegó a la isla.
Era un lugar escondido, insólito, y de un gran valor para él. Se trataba de una cueva muy cerca del escar o varadero que acababa de dejar. Y hacia esa cueva, que le hacía las veces de refugio, se dirigió. Cuando la descubrió por primera vez, fue por casualidad, rastreando minerales y objetos metálicos o de cierto interés arrojados allí por el vaivén de las olas del mar, y otros que detectaba con un aparato exprofeso que se había traído desde Barcelona.
Esa caverna carecía de una entrada como las que se describen en las novelas de aventuras, en forma de arco, pues el acceso a ella era un boquete a ras de tierra, como tienen ciertas minas. La encontró bajo una mata sobre las ocres rocas, en un pedregoso montículo, cerca del mar. Tan sólo él, Prubí, conocía la forma de penetrar en ella y, para conservar ese privilegio, colocó una piedra grande sobre el agujero, respetando el matorral que servía para disimular aquel trozo de roca plana que ahora hacía de simple tapadera a la oquedad de su entrada. Cuando quería introducirse en la gruta, separaba la mata y movía aquella especie de pétrea losa que volvía a colocar, desde dentro, en su sitio habitual. El interior, al entrar, era oscuro; más a medida que los ojos iban acostumbrándose a la oscuridad, ésta menguaba pudiéndose ver en una laguna interior – especie de vaso comunicante con el cercano mar – unas luces sobre su fondo que procedían del exterior, y que bailaban, cual peces, reflejándose, en las finas arenas de su lecho. Era una claridad tenue, difusa, la que penetraba en la caverna, pero suficiente como para poder admirar la belleza que encerraba su arcano interior. Estalactitas y estalagmitas, a veces unidas entre sí como mágicas columnas esculpidas por la propia naturaleza, colgaban de su bóveda, y se diseminaban, a capricho entre aquella y el pétreo suelo de la gruta. Algunas se sumergían, también, vislumbrándose en aquel pequeño lago de diáfanas aguas sobre un lecho de blanca arena y rocas pulidas por la constante subida y bajada de las mareas, en aquél minúsculo cachito de mar interior.
En los días de bonanza se podía recoger, de su tersa superficie, agua dulce que manaba de las entrañas de la tierra. Cuando la luz natural que allí entraba no era suficiente para alumbrar el interior de la cueva, también colgaban de un par de aquellas columnas cinceladas por los siglos, sendos quinqués. Con el tiempo, Prubí llegó a tener aquella gruta muy bien acondicionada. Incluso tenía un camastro plegable en lo más profundo de élla, el cual le servía para descansar, en caso de que tuviera necesidad de ello. O por el mero placer de relajarse y desconectar del resto del mundo, o de Nuria, su media costilla, que también desconocía su secreto. Hasta allí no llegaban los ruidos del exterior a no ser el clamor o contínuo murmullo del siempre inquieto mar. Ni tampoco hasta su camastro podía llegar el agua del diminuto lago aunque hiciera mal tiempo, o un gran temporal… En tal caso, la laguna subía y bajaba de nivel, según el flujo y reflujo de las aguas, a veces con gran estruendo pero sin peligro de que se inundara la cueva.

Prubí había conseguido acumular en la caverna una considerable provisión de víveres. Tenía allí un pequeño hornillo de petróleo donde podía calentarse un café, o cocinar los pescados que capturaba con su escopeta, y también los mariscos recogidos en la orilla. Tenía petróleo, leña y agua suficientes para subsistir una buena temporada allí dentro. Más, así y todo, lo que temía era la crudeza del invierno debido a la humedad, aunque ésta podía paliarse encendiendo una fogata allí dentro. Hasta tenía libros y novelas para mitigar su posible soledad.
Sí, al catalán le gustaba leer y la buena música, o escuchar el sonoro fluctuar de las olas. Era, a su manera, un romántico, pero con muy “mala milk” , A lo Poe, pero sin poesía, más bien a lo bestia … Quizás algún día se mudara a vivir allí, aunque por el momento aquella idea no pasaba de ser un anhelado sueño para él…
Continuará ,,,/
